Buenos Aires, 20.11.2018
Comparto dos reflexiones sobre el pensamiento crítico a propósito del Foro reunido en estos días en Buenos Aires.

I.                  
Pensamiento crítico recargado
en Buenos Aires, y las tareas necesarias para pasar a la contraofensiva.

Muchos pensaron que
con el triunfo de Mauricio Macri y la elección de Jair Bolsonaro el pensamiento
de Nuestra América caería una vez más en los nefandos extravíos del
neofascismo, de la xenofobia, la misoginia, la homofobia, el racismo. Es decir,
en el pensamiento reaccionario en todas sus variantes, y que el pensamiento
crítico había llegado a su ocaso. Pero la extraordinaria convocatoria del
Primer Foro Mundial del  Pensamiento Crítico
convocado por CLACSO en Buenos Aires pone seriamente en cuestión esa
expectativa largamente acariciada por la derecha. No sólo por la gran cantidad
de intelectuales y políticos de todo el mundo que acudieron a la cita sino por
el clima que se palpaba en la multitudinaria concurrencia y la receptividad
demostrada ante diversas intervenciones que no sólo cuestionaban el saber
convencional de las ciencias sociales, comenzando por la Economía, sino que
expresaban la profunda convicción de que el camino neoliberal por el cual
algunos gobiernos están llevando a nuestros países conduce inexorablemente a un
holocausto social y ecológico de inéditas proporciones.  
Ante esa amenaza es necesario construir una
alternativa política, y esa requiere el aporte imprescindible del pensamiento
crítico que permita trazar una hoja de ruta para evitar el derrumbe
catastrófico de la vida civilizada. Hay que hacer un análisis concreto de
nuestras dolorosas realidades y un profundo trabajo de organización en el
fragmentado y atomizado campo popular que permita enfrentar a los
hiper-organizados (en Davos, en el Grupo de Bildelberg, en el G-7, etcétera) enemigos
de clase. Hacer también un no menos crucial trabajo de concientización para
exponer el lento genocidio que perpetran las clases dominantes del capitalismo
mundial (contra los adultos mayores, los jóvenes, las mujeres, los pueblos
originarios, los afrodescendientes, entre tantos otros) y para que todas y
todos perciban que otro mundo es posible, que eso no es una quimera sino un
“principio esperanza” como decía Ernst Bloch o una utopía realizable, como en
su momento fue la jornada de ocho horas. Por lo tanto: organización, unidad en
la lucha, concientización y una sofisticada estrategia política de construcción
de poder popular que no debe, bajo ninguna circunstancia, reducirse al sólo
momento electoral. La clase dominante, el gran empresariado y sus aliados,
luchan a diario por sus intereses y jamás detienen sus empeños para ajustarse
al calendario electoral. Como dijo una vez el magnate húngaro-norteamericano
George Soros, “los mercados votan todos los días”,  y a nosotros nos llaman a votar cada dos o
cuatro años. Debemos hacer lo mismo y luchar a diario son independencia del
calendario electoral. Y tomando nota, además, de los profundos cambios
registrados en la subjetividad de las clases y capas populares que empuja a
algunos de sus sectores a votar por sus verdugos. Cambios que son consecuencia
del fabuloso desarrollo de la informática y los medios de comunicación que
permite llegar hasta las capas más profundas del inconsciente y, desde allí,
manipular la conducta política de la población. Lo ocurrido en Brasil con la
elección de Bolsonaro es una lección que no puede ser olvidada Para esta larga
y difícil batalla se requiere mucha inteligencia, mucha fuerza y mucha pasión
sin las cuales nada podrá construirse. Ante algunos apasionados  cantitos de la enfervorizada concurrencia al
Foro, entre ellos el famoso “hit del verano”,  la ex presidenta Cristina Fernández lanzó una
oportuna recomendación: “no gritemos ni insultemos porque perdemos tiempo para
pensar lo importante.” De eso se trata: de no distraernos y pensar lo
importante, es decir, de cómo retornar al gobierno y desde ahí, y con el pueblo
en las calles, movilizado y organizado, conquistar el poder. Lo demás es pura
catarsis, que tranquiliza algunos espíritus pero que condena a la impotencia
política a quienes la cultivan.
Mesa redonda en homenaje a los 60 años de la Revolución Cubana y a los 5 héroes luchadores antiterrotistas. En la foto con Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Isabel Allende y Ana Sánchez Collazo.

II.              
Pensamiento crítico
recargado.2, o sobre la continuada vigencia de la distinción entre derecha e
izquierda.
En su presentación
del lunes en el 1º Foro Mundial del Pensamiento Crítico la ex presidenta
Cristina Fernández afirmó que la distinción entre izquierda y derecha era un
anacronismo. Surgida de la forma en que se distribuían los diversos grupos
políticos en la Asamblea Nacional de Francia luego de la Revolución el paso del
tiempo había terminado por confirmar la irrelevancia de aquella diferenciación.
Sin embargo cuando en el día de ayer Juan C. Monedero y Álvaro García Linera
retomaron la cuestión sus conclusiones fueron muy diferentes. Después de
manifestar que “la izquierda siempre está allí, aunque no se la mencione” el
español se preguntó “¿si la izquierda está muerta, dónde están los cadáveres de
sus sujetos: los obreros, los campesinos, los originarios, las mujeres, los
jóvenes, los explotados?” ¿Es que han desaparecido? No, de ninguna manera.
Están allí, retorciéndose de dolor ante tanta opresión, explotación,
humillación. Y, prosigo con mi reflexión:  mientras sobreviva el capitalismo y sus
víctimas sigan creciendo en proporción geométrica la izquierda estará más viva
y será más necesaria que nunca. Un solo ejemplo: jamás en la historia de la
humanidad hubo un 1 por ciento que detentara tanta riqueza como el 99 por
ciento de la población mundial. Por eso hay 99 razones para creer que la
distinción entre derecha e izquierda es más válida hoy que en tiempos de la
Revolución Francesa.
            A
su turno, García Linera expresó  que la
vigencia de la dicotomía derecha-izquierda se certifica cuando se observa que mientras
los gobiernos progresistas y de izquierda del siglo veintiuno sacaron de la
pobreza a 72 millones de personas en América Latina los de la derecha sumieron
en ella a 22 millones; y que mientras los primeros reducían la desigualdad los
segundos lo aumentaban. Pero no sólo eso: el vicepresidente boliviano también
colocó en el haber de la izquierda el empoderamiento de vastos sectores
sociales anteriormente privados de los derechos más elementales y la
reafirmación de la soberanía económica, política y militar de los países
gobernados por la izquierda por contraposición a la profundización de la
subordinación económica, política y militar impulsada por los regímenes
derechistas.
            La
supuesta extinción de la diferencia entre izquierda y derecha fue exacerbada en
los noventas cuando se decía que la historia había llegado a su fin (Francis
Fukuyama dixit) y con él la lucha de
clases y los proyectos de izquierda. Pero las resistencias populares dieron al
traste con esas rosadas expectativas  y
el neoliberalismo se vino abajo con Ménem-De la Rúa, Fujimori, F. H. Cardoso,
Sánchez de Lozada y otros por el estilo. Y vinieron nuevos gobiernos, a partir
del ascenso a la presidencia de Venezuela de Hugo Chávez en 1999, que marcaron
una clara diferencia con sus predecesores, la misma que hoy se comprueba entre
los gobiernos de Cristina Fernández y Mauricio Macri; o entre Dilma Rousseff y
Michel Temer; y, seguramente, entre Enrique Peña Nieto y Andrés M. López
Obrador, o la que podría haber habido entre Fernando Haddad y Jair Bolsonaro. ¿Significa
todo esto negar que haya variantes de la izquierda que han ido absorbiendo
algunos contenidos y valores propios de la derecha? De ninguna manera: una cosa
es la izquierda que se expresa en la Revolución Cubana; otra en los gobiernos
“bolivarianos” y otra muy distinta en las versiones más moderadas de Argentina,
Brasil o Uruguay. Pero todas sin excepción fueron blanco de feroces ataques del
imperialismo norteamericano como guardián planetario del capitalismo. Y si éste
lo hizo fue porque sabía que, aún en su moderación, allí había un potencial de
izquierda que debía ser tronchado sin miramientos.

Parte del público asistente a las deliberaciones.
                      Termino
con una reflexión de uno de los más grandes filósofos políticos del siglo
veinte: Norberto Bobbio. En un hermoso pequeño libro llamado Derecha e Izquierda este “socialista
liberal”, como se autocalificaba, plasmó una bella metáfora que demuestra la
vigencia de aquella distinción. Decía que “entre el blanco y el negro puede
haber un gris; entre el día y la noche está el crepúsculo. Pero el gris no
anula la diferencia entre el blanco y el negro ni el crepúsculo hace lo mismo
con la diferencia entre la noche y el día.” Suficiente para validar la
permanente actualidad de aquella clásica distinción. Podrá haber grises y
crepúsculos, pero la izquierda siempre estará allí.