La dominación imperialista en Latinoamérica y Europa:
notas para una discusión.
Atilio A. Boron [1]


Juan Guaidó, Iván Duke y Mike Pence, cuando pensaban que hacia fines de febrero del 2019 el «presindente encargado» estaría confortablemente instalado en el despacho presidencial de Miraflores.  




La
desorbitada beligerancia del imperio

Una pregunta que no dejan de hacerse
víctimas y testigos de la creciente agresividad del imperialismo refiere a la
inexistencia, o en todo caso debilidad, 
de las fuerzas y actores internacionales que deberían impedir o por lo
menos tratar de limitar los alcances de la intensificación de la ofensiva
lanzada contra Venezuela, Cuba y Nicaragua por parte de la Administración Trump.[2] La
historia de los imperios demuestra sobradamente que en su fase de declinación
éstos se tornan más violentos y sanguinarios, y que sus líderes tienden a ser
más toscos y brutales.  No sólo ellos,
como lo demuestra con claridad Donald Trump. También su entorno de asesores y
consejeros refleja similar involución, llegando a constituir algo semejante a
lo que Harold Laski, refiriéndose a los dirigentes del fascismo europeo, denominaba
“elites de forajidos”.  [3] No hace
falta remitirse al profeta Moisés y las Tablas de la Ley para concluir que torvos
personajes como John Bolton, Elliot Abrams, Mike Pompeo, Juan Cruz, Marco Rubio
y la directora de la CIA, Gina Haspel, son una pandilla de hampones que sólo
como producto de la acelerada descomposición moral y política del imperio
trasiegan por las oficinas de la Casa Blanca cuando el sitio apropiado para sus
afanes debería ser una cárcel de máxima seguridad en el desierto de Nevada. No
hay entre ellos un solo estadista o un intelectual capaz de ofrecer una visión
realista y sofisticada de la realidad contemporánea. Ninguno resistiría diez
minutos de debate con Vladimir Putin o Serguéi Lavrov, eventualmente con Xi
Jiping, porque serían intelectualmente destrozados de manera fulminante.
¿Hampones? Sí, pero también algo más. En
una entrevista relativamente reciente Madelein Albright sentenció que “un
fascista es un matón con ejército”, definición que calza como anillo al dedo
para definir a la actual dirigencia estadounidense.[4] Son  fascistas que dirigen un ejército de alcance
planetario. No sorprende que el diagnóstico sobre la situación internacional de
estos personajes sea de un espeluznante simplismo, a la Hollywood. Están los
buenos y los malos, los primeros son ellos, los estadounidenses, y los demás,
los malos que se subdividen en dos tipos. Una tropa de cobardes poco dispuestos
a pagar por su defensa  (como los
europeos, según el círculo áulico de Trump) y un enorme conglomerado de
holgazanes, ladrones, narcotraficantes, asesinos y violadores que seríamos
todos los restantes habitantes del planeta. Este desaforado maniqueísmo lo
expresó de manera rotunda otra eminente mediocridad que ocupó la Oficina Oval
de la Casa Blanca: George W. Bush  quien,
al lanzar su campaña “antiterrorista” después del 11-S  advirtió a los pueblos del mundo que “quien
no esté con nosotros estará contra nosotros”. Con nosotros, los buenos, o los
malos redimidos; contra nosotros, y ateniéndose a las consecuencias, todos  los demás.
            Por
consiguiente, la actual escalada belicista instrumentada mediante la aplicación
de todos los capítulos de la Ley Helms-Burton en contra de Cuba y un torrente
de sanciones económicas en contra de Venezuela, Nicaragua y, allende del
Atlántico, Rusia y Corea del Norte, es expresión de la  tambaleante situación que atraviesa el
imperio americano, cuyos más lúcidos analistas y estrategas coinciden en
señalar que los días del apogeo imperial ya quedaron definitivamente atrás. De
ahí que Trump y sus secuaces hayan arrojado por la borda las sutilezas y los delicados
pasos de minué propios del juego diplomático (ejemplificado al reducir el
presupuesto y funciones del Departamento de Estado y designar a un “hombre de
acción” como Mike Pompeo como su Secretario) y exaltado el papel de la coerción
y la violencia como instrumentos para reconstruir aquel orden mundial con que
muchos se ilusionaron: el “nuevo siglo americano”, infantil espejismo con que
se entretuvieron muchos académicos y analistas tras el derrumbe de la Unión
Soviética pensando que este siglo veintiuno sería el del predominio absoluto e
incontestable de Estados Unidos. Se equivocaron de medio a medio, y a la
inicial frustración derivada del incumplimiento de tan rosados designios siguió
una apuesta tan tenebrosa como temeraria por la violencia.

Una caricatura que vale por mil palabras


Una
vieja obsesión y la guerra de quinta generación
            Sería
injusto decir que todo esto sobreviene, como un rayo en un día sereno, de la
mano de Trump. Tiene orígenes lejanos. Como lo hemos demostrado en nuestro América Latina en la Geopolítica del
Imperialismo
[5]
la opción guerrerista estaba ya firmemente instalada en los planes de la
Administración Clinton y Madelein Albright fue una de sus más elocuentes
voceras cuando advertía a propios y ajenos que para Washington la opción por el
multilateralismo sería respetada “cuando fuera posible”; en caso contrario “el
unilateralismo seguiría siendo necesario”. Traducción: negociación
diplomática multilateral enel marco de la ONU en la medida que sea posible -y
conveniente-  para los intereses de EEUU;
si esto no funciona el músculo militar deberá aplicarse cada vez que sea
necesario. No podemos olvidar que fue el presidente Barack Obama quien en el
2015 abrió las puertas a la violencia desatada por Trump contra Venezuela
cuando emitió una infame orden ejecutiva declarando que la situación del país
sudamericano obligaba a la Casa Blanca a declarar una “emergencia nacional” por
la “amenaza inusual y extraordinaria” que la patria de Bolívar y Chávez representaba
para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos.[6]
El razonamiento anterior permite
comprender las razones por las que ante el evidente fracaso diplomático de EEUU
para lograr un consenso a favor de su criminal bloqueo a Cuba –repudiado masivamente
año tras año en la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas- o de
hacer que la “comunidad internacional” se encuadre tras las directivas
golpistas de Washington para designar a un fantoche impresentable como
“presidente encargado” de Venezuela la respuesta del gobierno estadounidense
haya sido recurrir a las nuevas armas de la guerra, esas que constituyen lo que
algunos analistas denominan como “guerra de quinta generación.” Ya de poco o
nada sirven los tratados de control de armas de la época de la Guerra Fría
porque hoy las guerras se libran cada vez con mayor frecuencia con artefactos distintos
de los convencionales: ataques informáticos, pulsos electromagnéticos
teledirigidos, propaganda, terrorismo mediático, sanciones económicas,
presiones diplomáticas, nanotecnología y robótica aplicadas al campo militar.
No es que las armas tradicionales hayan caído en desuso sino que las tareas de
“ablande” de la resistencia ante el agresor imperialista, que antaño realizaban
los bombardeos y los ataques convencionales con helicópteros artillados o
misiles lanzados desde navíos de guerra, hoy esas tareas se llevan a cabo apelando
a una propaganda que sataniza al enemigo, promueve el caos y la desintegración
social a la vez que lanza formidables agresiones económicas (bloqueos
comerciales, confiscaciones de activos, amenazas a proveedores de insumos
básicos o compradores de lo producido por una economía, etcétera)y ataques
informáticos a centros neurálgicos de un país -una usina hidroeléctrica, por
ejemplo- como lo demuestra el caso de Venezuela en estos días. Nuevas armas para
un nuevo tipo de guerra  que sin disparar
un solo tiro pueden ocasionar inmensos daños a la infraestructura de un país al
privarlo de energía eléctrica -y, por ende, de iluminación, agua, gasolina,
transporte, internet, etcétera -y causar enormes sufrimientos a su población. En
el caso del país bolivariano la apuesta del imperio es que ante tamañas
penurias y sufrimientos se produzca un incontenible levantamiento popular que
ponga fin a la revolución bolivariana y al gobierno de Nicolás Maduro.
Fracasaron, y seguirán fracasando porque subestiman la capacidad de resistencia
de venezolanas y venezolanos; y porque los ataques de Estados Unidos han
consolidado aún más la vocación antiimperialista del pueblo venezolano al paso
que la oposición –por su cipayismo, su falta de patriotismo, su desprecio por
la historia nacional y por la autodeterminación popular- ha quedado reducida a
casi nada. Carente por completo de capacidad de liderazgo. Guaidó se desdibuja
como una figura fantasmal en acelerado proceso de evaporación, sostenido a
duras penas por la canalla mediática y los gobiernos tributarios de la Casa
Blanca que se desviven por satisfacer las órdenes del nuevo Calígula, el más
monstruoso de los emperadores romanos según el historiador Suetonio.[7]
La agresión económica, hoy perfeccionada
como un puntal del nuevo tipo de guerra, ya fue ensayada sin éxito con Cuba
desde hace más de sesenta años. En un memorando elocuentemente titulado (con
una enorme dosis de wishful thinking)
“La declinación y caída de Castro”, fechado el 6 de Abril de 1960 y dirigido al
Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, Roy R. Rubottom Jr.se
reconocía que la mayoría de los cubanos apoyaban al gobierno revolucionario y
que, como hoy en Venezuela, no existía oposición efectiva, ante lo cual lo se concluía
que el “único medio previsible para alienar el apoyo interno a Castro era el
desencanto y ladesafección basados en la insatisfacción y las penurias
económicas.” Era responsabilidad de Washington, por lo tanto, desatar toda
clase de iniciativas tendientes a producir, precisamente, los  sufrimientos y privaciones que encenderían la
chispa de la rebelión.[8]
La incentivación de este tipo de
conducta es lo que, con las renovadas presiones económicas y financieras, está
en los planes actuales de Washington en relación no sólo a Venezuela sino
también Cuba y Nicaragua. Al principio de esta nota nos preguntábamos por la
ausencia, o al menos notoria debilidad, de fuerzas compensatorias en el marco
internacional que pudieran atenuar, cuando no neutralizar, los letales efectos
de la brutal contraofensiva norteamericana encaminada a recuperar el control
absoluto de Nuestra América. Es
indiscutible que en el emergente mundo policéntrico o
multipolar estas fuerzas compensatorias existen y, hasta ahora, han tenido una
cierta eficacia en impedir que Estados Unidos apelara, como lo hiciera
rutinariamente a lo largo de todo el siglo veinte, a la “opción militar”, que
al decir de los personeros de Washington “está siempre sobre la mesa.” Basta
con recordar lo ocurrido en Santo Domingo en 1965, Granada en 1983 y Panamá en
1989 para constatar lo mucho que ha cambiado el mundo y la declinante capacidad
de Estados Unidos para apelar unilateralmente a la intervención militar para
deshacerse de gobiernos desobedientes. Hoy es muy poco probable que lo vuelva a
intentar, y esto es de por sí una gran noticia. Claro que si
esa alternativa parece descartada se debe menos a
los escrúpulos morales de la dirigencia norteamericana que a los límites que
impone una correlación internacional de fuerzas en donde países como Rusia y
China se han manifestado, de modo rotundo, en contra de la misma con
declaraciones de una inusual dureza. Pero la neutralización de una guerra
económica, o de una pertinaz propaganda satanizadora de gobiernos
revolucionarios, o del terrorismo mediático para ni hablar de los ataques
informáticos es algo mucho más difícil de concretar.

Europa
y el imperialismo norteamericano
Lo anterior obedece, en buena medida, a
la lamentable deserción de los gobiernos europeos de sus responsabilidades en
el mantenimiento del orden y la legalidad 
internacionales. Un efectivo contrapeso a las sanciones económicas
arbitrariamente impuestas por Washington a los países que, en su parecer,
representan una amenaza a la paz mundial o a la seguridad nacional de Estados
Unidos sólo puede ser interpuesto por gobiernos que cuenten con una cierta
gravitación internacional. No es algo que esté al alcance de la enorme mayoría
de los países de la periferia mundial del capitalismo, carentes de los recursos
económicos, intelectuales y tecnológicos para neutralizar los dispositivos de
la guerra de quinta generación que ha lanzado Estados Unidos. Pero sí es algo
que las viejas potencias coloniales pueden hacer y desgraciadamente no hacen. Países
como Francia, Italia, Reino Unido, Alemania, España, Portugal, Holanda y
Bélgica, amén de algunos otros, podrían rechazar de plano la antidemocrática e
ilegal “extraterritorialidad” de las leyes dictadas por el Congreso de Estados
Unidos, y sin embargo no lo hacen. Al contrario, aceptan sin chistar este
humillante avasallamiento de la soberanía nacional. Las leyes de los países
europeos carecen de aplicación en Estados Unidos, pero las de éste se imponen,
como corresponde a un imperio, en casi todo el mundo. Un ejemplo extremo, pero
no por ello único, es lo ocurrido con el principal banco de Francia, el BNP
Paribas que en Junio de 2014 fue condenado a  pagar una multa de 8.834 millones de dólares
(unos 6.450 millones de euros) por desobedecer las sanciones económicas
impuestas contra SudánIrán y Cuba. No sólo eso: por órdenes del
Departamento del Tesoro de EEUU el BNP Paribas tuvo también que despedir a 13
funcionarios involucrados en esas operaciones y al jefe de operaciones
internacionales del banco. Y ante tamaño atropello las autoridades francesas no
tuvieron las agallas para rechazar de plano la insolente injerencia
estadounidense en su propio país limitándose a refunfuñar que aquella decisión
“no era razonable” (el canciller Laurent Fabius dixit); o que le parecía “desproporcionada” (el presidente François
Hollande) mientras el General Charles de Gaulle se revolvía asqueado en su
tumba. [9]
Lo antes dicho confirma que la apuesta
de la Casa Blanca para construir un imperio mundial encuentra en la casi
totalidad de los gobiernos europeos vasallos dispuestos a convalidar dicha pretensión,
convencidos, en su estúpida ingenuidad, que en algún momento podrán recoger las
migajas de esa aventura y ser copartícipes en un ilusorio “condominio
imperial”. La realidad es muy diferente y lo que queda en evidencia es que esos
países se encuentran sometidos a una relación de subordinación tan asfixiante
como la que caracteriza a las naciones de América Latina y el Caribe. 

El 26 de Enero de 2019 el presidente del gobierno español Pedro Sánchez emitió un ultimátum exigiéndole al presidente Nicolás Maduro el inmediato abandono de su cargo. Parece que las noticias no llegaron a Caracas …¡Papelonazo!


Tres
dimensiones de la autonomía nacional-estatal
¿Europa sometida, al igual que
Latinoamérica, a la dominación imperialista? Algunos podrán fruncir el ceño
ante semejante afirmación. Pero si examinamos detalladamente el asunto veremos
que no hay exageración alguna. Un examen sobrio de la relación entre el
imperialismo norteamericano y los países europeos revela que éstos se
encuentran sometidos a aquél con lazos tan asfixiantes como los que encontramos
en Latinoamérica. En las tres dimensiones críticas de la actividad
gubernamental: la gestión de la economía, la defensa y la política exterior la
sumisión de los países de la Unión Europea a las directivas emanadas de la Casa
Blanca es inocultable. En efecto, basta con recordar que ningún presupuesto de
los países que pertenecen a la UE puede ser sometido al parlamento sin contar
primero con el visto bueno del Banco Central Europeo. La firma de su presidente
-Mario Draghi, italiano, ex director ejecutivo nada menos que de Goldman Sachs
en Europa y del Banco Mundial- es la que establece cuánto se puede gastar, cómo
y de qué modos financiar el gasto público. 
A los devaluados “representantes del pueblo”, democráticamente electos,
les resta la ingrata tarea de adecuar sus promesas electorales a las duras
realidades impuestas por el capital financiero global a través del BCE. Va de
suyo que éste funciona en línea con el FMI y desempeña, en el ámbito europeo,
las mismas funciones que la institución basada en Washington realiza en
Latinoamérica. A lo anterior hay que agregar otro dato muy significativo: la mayoría
de los países de la Unión Europea pertenecen también a la Zona Euro lo cual, en
la práctica significa que sus gobiernos no disponen de un instrumento
fundamental de gobernanza macroeconómica: la política monetaria, que permite a
un país establecer un tipo de cambio, administrar la tasa de interés y devaluar
o sobrevaluar su moneda en función de las cambiantes realidades de los mercados
mundiales y del comercio internacional. La dictadura del Euro responde en
realidad a las necesidades de la economía alemana (y en muchísimo menor medida
a las economías más débiles de Europa), estando aquella íntimamente articulada
con el capital financiero internacional que encuentra su expresión
institucional en el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y
el Banco Mundial y su expresión informal, pero de enorme gravitación, en Wall
Street y en menor medida en la City londinense. Por consiguiente, la autonomía
nacional en una materia tan sensitiva como la política monetaria es igual a
cero en los países integrados a la Zona Euro, lo que refuerza su subordinación
y su dependencia de los Estados Unidos. [10] Tomando
en cuenta todas estas consideraciones la soberanía popular definitoria de la
democracia en temas como el presupuesto -la “ley de leyes”, como suele decirse-
queda al igual que en los países del Sur global reducida a un mero  simulacro. La infortunada experiencia de
Grecia en donde la voluntad popular expresada en las urnas fue desestimada por
la troika que maneja la economía de la UE 
-el BCE, la Comisión Europea y Alemania a través de la Canciller Angela Merkel-  es un triste recordatorio de la subordinación
de la democracia a los imperativos del capital financiero y los mercados.
¿Qué decir de las políticas de defensa?
Si en materia económica la dictadura del BCE es humillante no lo es menos a la
hora de hablar de la defensa “nacional”. Esta sólo existe en los papeles y en
las encendidas declaraciones oficiales porque esta política -la que establece
una hipótesis de conflicto, define quién es el enemigo y como defenderse de él
o la forma de atacarlo- la decide la OTAN y 
no los gobiernos europeos. Sus ministerios de defensa son museos en
donde se exhiben uniformes militares y armas del pasado pero sin que allí se
tome decisión alguna acerca de cómo defender la soberanía nacional y la
integridad territorial. No sorprende, porque hace ya bastante tiempo que los
gobernantes europeos han arrojado por la borda cualquier pretensión de sostener
la una y la otra, consideradas como molestas antiguallas en la era de la
globalización en donde, según se dice, los estados nacionales son reliquias
reducidas a una vida apenas espectral. Y el nervio y el corazón de la OTAN, tal
como lo reafirman continuamente los expertos, no es otro que el Pentágono. [11] De ahí
se deduce que los enemigos de los europeos no pueden ser otros que los rivales
de Estados Unidos. Esto no es una novedad de los últimos años sino una realidad
con una historia de casi tres cuartos de siglo que se desprende de la Segunda
Guerra Mundial, el orden bipolar instaurado a partir de su finalización y el
desarrollo de la alianza atlántica anti-soviética cristalizada en el Plan
Marshall y la creación de la OTAN.  Y las
guerras que se libren tendrán lugar, apropiadamente, en territorio europeo
(recordar la ex Yugoslavia) o en sus cercanías (Cercano Oriente), y serán los
europeos quienes tendrán que recibir a los millones de refugiados, como ha
venido ocurriendo luego de los ataques a Siria, a Afganistán, a Libia, a Irak,
mientras que ninguno de ellos se arriesgaría a atravesar en una patera o un
bote de goma el Atlántico Norte para llegar a la Ellis Island y ser recibidos
por la Estatua de la Libertad.  Influjo
descontrolado de refugiados que, sabemos, suele alimentar las reacciones más
racistas y xenofóbicas en amplios sectores de la población y proyectar a primer
plano a fuerzas de la derecha radical antaño reducidas a expresiones marginales
en la vida política europea. En suma: en este terreno la subordinación de los
países europeos a las prioridades militares y de defensa de Washington no sólo
no es menor que la que tienen los países latinoamericanos (con algunas
conocidas excepciones) sino mucho mayor, dado que Europa y la cuenca del
Mediterráneo son el escenario principal de la confrontación geopolítica global.
Los enemigos de Estados Unidos se convierten, automáticamente y en contra del
interés nacional y de seguridad de los europeos, en los enemigos de Europa.  
Tercero, la política exterior. Un país
independiente debe definirla en función de sus intereses nacionales. El imperio
es muy claro en este tema: John Quincy Adams, el sexto presidente de Estados
Unidos sentenció que “Estados Unidos no tiene amistades permanentes sino
intereses permanentes.”  Y éstos no
pueden ser otros  que consolidar y
expandir hasta donde sea posible los confines del imperio, batallar en contra
de sus adversarios y enemigos y unificar la tropa de sus amigos y aliados. Pero
como los gobiernos europeos han abdicado de toda pretensión de afianzar su
autodeterminación y dado que desde la época de la Guerra Fría y el Plan
Marshall optaron por asumir como propios los dictados de la política exterior
de Estados Unidos en su competencia con la Unión Soviética y como, luego de
desintegrada ésta, se entregaron a la estrategia de Washington que definió a
Rusia como el rival a vencer (¡y posteriormente a China!) las capitales
europeas se plegaron a las posturas más reaccionarias de la Casa Blanca en
América Latina y el Caribe. Acompañaron durante más de medio siglo el criminal
bloqueo contra Cuba. Más recientemente, fueron cómplices de la bufonesca
maniobra de Juan Guaidó en Venezuela, estruendosamente fracasada. Esto
demuestra como gobiernos de países que en su época de esplendor (que
ciertamente no es la actual) dieron origen a algunas de las doctrinas y teorías
que ensalzaban el estado de derecho, la legalidad internacional y el respeto a
la autodeterminación de las naciones cayeron en la más abyecta sumisión al
reconocer al autoproclamado “presidente encargado” de Venezuela ungido como tal
por el mandamás de la Casa Blanca. Pocas veces la historia vio un espectáculo
tan bochornoso como ese, cuyas consecuencias no serán fácilmente olvidadas. Por
consiguiente, los gobiernos europeos renunciaron a elaborar una política
exterior propia para una región que es un imperio formidable de bienes comunes
y recursos naturales de todo tipo, desde agua a biodiversidad; desde petróleo a
gas y energía hidroeléctrica; desde alimentos a minerales estratégicos, y  asumen como propia la política exterior de
saqueo y pillaje que los gobernantes estadounidenses tienen reservada desde los
tiempos de la Doctrina Monroe (1823) para Nuestra América.
Resumiendo: al abstenerse de elaborar
una política exterior independiente de Washington –no sólo en relación a
América Latina y el Caribe sino en general, en referencia al conjunto de países
que conforman la comunidad internacional- los gobiernos europeos actúan en desmedro
de sus propios intereses. Si durante el apogeo del poderío soviético y con una
Europa absorbida por las tareas de su reconstrucción de posguerra aquella era
una opción inescapable, en la situación actual signada por el debilitamiento de
la hegemonía estadounidense y la reconfiguración del tablero geopolítico
mundial este curso de acción conduce a los pueblos de Europa hacia un peligroso
atolladero. Entre otras cosas, aparte del riesgo de un enfrentamiento bélico en
las puertas –cuando no al interior mismo- de Europa porque la  aplicación integral de la Ley Helms-Burton perjudicará
a Cuba y otro tanto a Venezuela y Nicaragua pero también afectará a numerosas
empresas europeas –sólo en Cuba más de 200- que verán menoscabados, cuando no
arruinados, sus negocios en estos países. Sordas protestas se dejan oír en
varias capitales europeas y mismo la alta representante de la UE para Asuntos
Exteriores y Política de Seguridad, Federica Mogherini alertó -en un comunicado
conjunto también firmado por la comisaria de Comercio de la UE, Cecilia
Malmström- a la Casa Blanca que su organización acudiría a la Organización
Mundial del Comercio (OMC) para impugnar la decisión de aplicar con todo rigor
la ley Helms-Burton y en especial su título III. Para Trump y sus hampones la
intensificación de los padecimientos económicos de la población cubana,
recomendada en el memorándum de 1960 que citáramos más arriba, es un arma de la
guerra de quinta generación que no sólo afectará a la Isla rebelde sino también
a los países europeos, que Washington los prefiere debilitados para que corran
en busca de la protección que pudiera ofrecerle con sus armas convencionales.
Claro que una política de este tipo podría, bajo ciertas condiciones, provocar
un cambio en la conciencia de las dirigencias europeas y convencerlas que
tienen poco o nada que ganar siendo furgón de cola de un imperio en decadencia
y mucho que ganar estableciendo relaciones de respeto mutuo y cooperación con
los dos grandes rivales de Estados Unidos, que no son sus rivales sino posibles
socios de un proyecto que beneficie a todos por igual. Difícil, porque
significa nada menos que revertir los férreos lazos forjados con Estados Unidos
en la segunda posguerra. Pero no sería la primera vez en la historia europea en
donde alianzas aparentemente inconmovibles son puestas en cuestión o viejos
antagonismos dan nacimiento a nuevos acuerdos y coaliciones.

El
antiimperialismo y las tareas del momento actual
De 
lo anterior se desprenden tres tareas urgentes. Primero, lograr un pronunciamiento
a escala europea de los movimientos sociales, fuerzas políticos y de ser
posible de los gobiernos y organismos regionales europeos en contra de la
pretensión de Washington de profundizar la agresión económica en contra de
Cuba, Venezuela y Nicaragua. En este sentido la reciente creación del Frente
Antiimperialista Internacionalista en el Estado Español es un alentador paso
hacia adelante. Deberá también denunciarse el descarado intervencionismo de Estados
Unidos en los asuntos internos de terceros países, ninguno de los cuales es una
provincia de Estados Unidos, como lo manifestara en un duro comunicado la
cancillería rusa. Y subrayar, además, que la aplicación del Título III de la
Ley Helms-Burton no sólo afectaría a los países latinoamericanos sino que haría
lo propio con los europeos.
Segundo, concientizar a las poblaciones
europeas de que ellas también están sometidas a los rigores de la dominación
imperialista, que ésta no sólo se ejerce sobre los países de la periferia, y
que, por esa causa, si en su locura Washington decidiera escalar su
confrontación con Rusia y China y lanzar un ataque militar contra esas
potencias las réplicas que éstas dispongan afectarían gravemente a los países
europeos, sedes de innumerables bases militares estadounidenses que se
convertirían en blancos inmediatos de la represalia afectando no sólo las
instalaciones del Pentágono sino también a las poblaciones aledañas. No existe
conciencia de este peligro en Europa, y es urgente e impostergable que este
tema sea objeto de un muy informado debate.
Será preciso, además, acometer una tercera
tarea porque no basta con la concientización: habrá que movilizar y organizar a
las masas populares europeas para poner fin de su sumisión al dominio
imperialista. El antiimperialismo es una lucha tan decisiva en Latinoamérica
como lo es en Europa y la coordinación internacional de estas luchas es un
imperativo categórico de la hora actual. Esto requiere exigir la disolución de
OTAN –creada para “contener” a un enemigo, la Unión Soviética, que desapareció
hace casi treinta años- y, tras cartón, clausurar las bases militares que
Estados Unidos tiene en Europa que solo servirán para atraer la represalia de
los países agredidos por el imperio. No es un dato menor para demostrar el
sometimiento el imperialismo de los gobiernos europeos recordar el elevado
número de bases militares estadounidenses asentadas en Europa, superior en
cantidad y calidad a las estacionadas en Latinoamérica y el Caribe. En todos
los casos poniendo en gravísimo riesgo a las poblaciones civiles que rodean a
las bases, algo que, va de suyo, no despierta la menor preocupación a los
estrategas del Pentágono curtidos en centenares de operaciones en donde los
“daños colaterales” son cosas de todos los días.
A modo de conclusión: es imprescindible
librar una batalla para que los pueblos de Europa tomen conciencia de que están
tan sometidos a la dominación imperialista como sus contrapartes allende el
Atlántico. Si por los latinoamericanos el imperio manifiesta sin tapujos su
desprecio, en su relacionamiento con Europa prevalece un simulado respeto en lo
formal que no alcanza para ocultar el vasallaje real que imponen sobre todos
sus gobiernos sin excepción. Será necesario crear las condiciones para que los
pueblos de Europa puedan romper el pesado velo de la ignorancia, producto de su
errónea creencia en la amistad y la admiración que supuestamente les prodiga la
clase dominante de Estados Unidos. Falsa conciencia cultivada con esmero por la
ideología dominante y sus vehículos de divulgación y que impide que caigan en
la cuenta que los principales problemas que hoy afectan a Europa: el crecimiento
de la derecha radical; la xenofobia; la ruptura de la integración social; la
hegemonía del capital financiero y sus efectos recesivos: el paro, la
precarización laboral y la concentración de la riqueza; el incontenible flujo
de refugiados por las guerras en Cercano Oriente o emigrados por la crisis
económica en África así como el vaciamiento de los procesos democráticos tienen
su origen en el imperialismo y las políticas que impone gracias al
colaboracionismo de las decadentes burguesías europeas y sus representantes
políticos. Concientizarlos también que los pueblos de Europa están en peligro
porque si llegara a producirse una escalada en la rivalidad entre Washington
con Moscú y Beijing Europa se convertiría ipso
facto
en el principal teatro de operaciones bélicas y los europeos en rehenes
de ambas partes en conflicto, con las catastróficas consecuencias que es fácil
de imaginar. A lo anterior hay que añadir la reaparición del terrorismo yihadista
como respuesta a la abominable islamofobia del imperio y sus criminales políticas
en Cercano Oriente. Batalla de ideas, por supuesto, pero combate organizacional
también, porque la correlación de fuerzas existente no se podrá cambiar
apelando tan sólo a discursos y argumentos teóricos. Si los pueblos no se
organizan y ganan la calle el imperio seguirá perpetrando sus tropelías. Como
lo está haciendo ahora en Venezuela, Cuba y Nicaragua y más pronto que tarde
también, de nueva cuenta, volverá a hacerlo en Europa.
Sólo una eficaz resistencia popular antiimperialista, articulada
internacionalmente, podrá erigir límites infranqueables a su criminal accionar.


[1] Programa Latinoamericano de Educación a Distancia, Centro Cultural de
la Cooperación Floreal Gorini. Director del Ciclo de Complementación Curricular
de la Licenciatura en Historia del Departamento de Humanidades y Artes de la
Universidad Nacional de Avellaneda. Investigador del IEALC, Instituto de
Estudios de América Latina y el Caribe, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad
de Buenos Aires
[2] Quiero agradecer los
comentarios y sugerencias formulados a una versión preliminar de este trabajo
por Ángeles Diez Rodríguez y Txema Sánchez. Quedan eximidos de toda
responsabilidad por los yerros o deficiencias que puedan subsistir en el
presente escrito, producto exclusivo del empecinamiento de su autor.
[3]  Harold Laski, Reflexiones
sobre la revolución de nuestro tiempo
(Buenos Aires: Editorial Abril,
1945), pp. 117 y ss.
[5] Ediciones en varios
países. Original en Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2012.
[7] Cf. sus Vidas
de los Doce Césares
, ediciones varias.
[10] Pertenecen a la zona
Euro: Alemania, AustriaBélgicaChipreEslovaquiaEslovenia, España, EstoniaFinlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, LetoniaLituania, Luxemburgo, MaltaPaíses Bajos y Portugal. 
Por fuera de dicha zona se encuentran Bulgaria, Croacia, Dinamarca,
Hungría, Polonia, Reino Unido, República Checa, Rumania y Suecia.
 
[11] Sobre esto ver Mahdi
Darius Nazemroaya, OTAN. La globalización del terror (Prefacio de Miguel d’Escoto
y Prólogo de Atilio A. Boron) Managua: PAVSA, 2015.