(Por Atilio A.
Boron)  ¡Dilma se entregó sin luchar! Con
su lamentable decisión de entregar a los banqueros los resortes fundamentales
del estado se vino abajo toda la mistificación del “posneoliberalismo”
construida a lo largo de estos años por los publicistas del PT. ¿Tenía opciones
Dilma? ¡Claro que sí! En momentos como éste es más que nunca necesario no ceder
ante el chantaje tecnocrático y antipolítico de los resignados del PT y sus
partidos aliados que, parafraseando lo que decía Margaret Thatcher, aseguran
que “no había alternativas”, que esto es doloroso pero “era lo único que
podíamos hacer”.

Dilma, detenida y torturada por la dictadura militar
Si
en vísperas del balotaje propuse, en contra de quienes propiciaban el voto en
blanco o nulo, votar por Dilma era por dos razones: primero, porque era
imprescindible cerrarle el paso a Aecio, representante de la derecha neoliberal
dura, neocolonial hasta la médula y sin el menor compromiso con ninguna causa o
estructura popular, cosa que el PT tuvo y decidió arrojar por la borda; segundo,
porque me parecía razonable apostar a que, ante el horror del abismo, Dilma y
los petistas tendrían todavía una mínima capacidad de reacción y lucidez para,
por lo menos, tratar de pasar a los anales de la historia con algo de dignidad.
Reconozco haber sobreestimado la capacidad de Dilma y los petistas para
conservar ese reflejo elemental sin el cual la vida política se convierte en un
interminable calvario. Pero aún así sigo sosteniendo que la apuesta era válida;
que el desperdicio de una oportunidad única no significa que ésta no existiera;
y que de haber triunfado Aecio estaríamos ante una situación todavía peor que
la que hoy debemos enfrentar.
Lula, dirigente metalúrgico detenido por la dictadura militar
Mi
planteamiento se sustentaba, desde el punto de vista tanto epistemológico como
práctico, en la tesis que  afirma que los
procesos históricos no obedecen a un patrón determinista. Si así fuera el sólo
desarrollo de las fuerzas productivas conduciría ineluctablemente a la
revolución y a la abolición del capitalismo, cosa que todos los marxistas
-desde Marx y Engels hasta nuestros días, pasando por supuesto por Lenin,
Gramsci y Fidel- se encargaron de refutar por ser una creencia equivocada que alentaba
la desmovilización y el quietismo de las clases y capas explotadas y desembocaba,
en el mejor de los casos, en el tibio reformismo socialdemócrata. Como lo
señaló cientos de veces Lenin, el capitalismo no caerá si no se lo hace caer, y
para se requiere de un componente esencial: la voluntad política. Esto es, la
firme decisión de combatir en todos los frentes de la lucha de clases, organizar
al campo popular, promover la concientización y la batalla de ideas y, por
supuesto, adoptar la estrategia general y la táctica puntual más apropiada para
intervenir en la coyuntura sorteando los riesgos siempre presentes y simétricos
del voluntarismo, que ignora los condicionamientos histórico-estructurales, y
el triunfalismo fatalista que confía en que las ciegas fuerzas de la historia
nos conducirán a la victoria final. Quienes adhieren al determinismo histórico no
son los marxistas sino los economistas y gobernantes burgueses, siempre prestos
a disimular sus opciones políticas como resultado de inexorables imperativos
técnicos. Si para abatir la inflación se congelan los salarios, y no se controla
la formación de los precios, es por un razonamiento despojado de todo vestigio
de política e ideología, tan puro en su abstracción como un teorema de la
geometría. Si para mejorar las cuentas fiscales se recortan los presupuestos de
salud, educación y cultura en lugar de hacer una reforma tributaria para que
las empresas y las grandes fortunas paguen lo que les corresponde, se dice que
aquella alternativa es la que brota de un análisis puramente técnico de los
ingresos y egresos del estado. ¡Otra impostura!

Fue
producto del rechazo a cualquier concepción fatalista o determinista que llegué
a la conclusión, que ratifico el día de hoy, de que pese al fortalecimiento de
la derecha  Dilma y el PT aún tenían una
oportunidad; que les quedaba una bala en la recámara y que si tenían la lucidez
y la voluntad de avanzar por izquierda todavía podrían salvar algo del proceso
iniciado con la fundación del PT (y que tantas esperanzas había suscitado) y
evitar un retroceso brutal que significara, para el movimiento popular
brasileño, tener que subir una difícil cuesta para relanzar su proyecto
emancipatorio.  Por eso me permito
reproducir lo que escribí  después de la
pírrica victoria de Dilma (y ahora sí se entiende porque fue pírrica, porque el
triunfo hizo más daño al vencedor que al vencido, a Dilma y al PT que a Aecio).
Decía en esa nota lo siguiente:
 
“Para no sucumbir ante
estos grandes factores de poder se requiere, en primer lugar, la urgente
reconstrucción del movimiento popular desmovilizado, desorganizado y
desmoralizado por el PT, algo que no podrá hacerlo sin una reorientación del
rumbo gubernamental que redefina el modelo económico, recorte los irritantes
privilegios del capital y haga que las clases y capas populares sientan que el
gobierno quiere ir más allá de un programa asistencialista y se propone
modificar de raíz la injusta estructura económica y social del Brasil. En
segundo término, luchar para llevar a cabo una auténtica reforma política que
empodere de verdad a las masas populares y abra el camino largamente demorado
de una profunda democratización.  … Pero
para que el pueblo asuma su protagonismo y florezcan los movimientos sociales y
las fuerzas políticas que motoricen el cambio –que ciertamente no vendrá ‘desde
arriba’- se requerirá tomar decisiones que efectivamente los empoderen. Ergo,
una reforma política es una necesidad vital para la gobernabilidad del nuevo
período, introduciendo institutos tales como la iniciativa popular y el
referendo revocatorio que permitirán, si es que el pueblo se organiza y
concientiza, poner coto a la dictadura de caciques y coroneles que hacen del
Congreso un baluarte de la reacción. ¿Será este el curso de acción en que se
embarcará Dilma? Parece poco probable, salvo que la irrupción de una renovada
dinámica de masas precipitada por el agravamiento de la crisis general del
capitalismo y como respuesta ante la recargada ofensiva de la derecha (discreta
pero resueltamente apoyada por Washington) altere profundamente la propensión
del estado brasileño a gestionar los asuntos públicos de espalda a su pueblo. …
 Nada podría ser más necesario para
garantizar la gobernabilidad de este nuevo turno del PT que el vigoroso
surgimiento de lo que Álvaro García Linera denominara como ‘la potencia
plebeya’, aletargada por décadas sin que el petismo se atreviera a despertarla.
Sin ese macizo protagonismo de las masas en el estado éste quedará prisionero
de los poderes fácticos tradicionales que han venido rigiendo los destinos de
Brasil desde tiempos inmemoriales.”

Lula y Bush Jr  durante la reunión en Brasil, al firmar acuerdo para aumentar la producción de etanol y biodiesel y reducir los precios del petróleo

       Al
anunciar la designación de Joaquim Levy como Ministro de Hacienda, un ‘Chicago
boy’ y hombre de la banca brasileña e internacional, Dilma y el PT capitulan
cobardemente de su responsabilidad histórica. En los Cuadernos de la Cárcel
hay una nota titulada “La fábula del castor” en la cual Gramsci dice lo
siguiente a propósito de la incapacidad de las fuerzas de izquierda para
resistir eficazmente al ascenso del fascismo: “El castor, perseguido por los
cazadores que quieren arrancarle los testículos de los cuales se extraen
sustancias medicinales, para salvar su vida se arranca por sí mismo los
testículos. ¿Por qué no ha habido defensa? ¿Poco sentido de la dignidad humana
y de la dignidad política de los partidos? Pero estos elementos no son dones
naturales … son ‘hechos históricos’ que se explican con la historia pasada y
con las condiciones sociales presentes.” 
Al invitar a Levy y sus tenebrosos doctores de la ‘terapia del shock’ -Naomi
Klein dixit– a tomar por asalto al
estado (y especular con la posibilidad de que se le ofrezca a la senadora Katia
Abreu, acérrima enemiga del Movimiento Sin Tierra y líder de la Confederación
Nacional de la Agricultura, el lobby del agronegocios, el Ministerio de
Agricultura) el gobierno petista obró como el castor de la fábula: se castró a
sí mismo y traicionó el mandato popular, que había repudiado la propuesta de
Aecio, al servirle el poder en bandeja a sus declarados enemigos perpetrando una
gigantesca estafa postelectoral sin precedentes en la historia del Brasil. Esto
explica el júbilo de los grandes capitalistas y sus representantes políticos y
mediáticos, que celebraron este gesto de ‘sensatez’ de Dilma como una
extraordinaria victoria. En efecto, perdieron en las elecciones porque el voto
popular no los favoreció, pero la burguesía no sólo mide sus fuerzas y disputa
el poder en el terreno electoral. Sería un alarde de cretinismo electoralista pensar
de esa manera. Para corregir las erróneas decisiones del electorado están los
‘golpes de mercado’ y su fiel escudero: el ‘terrorismo mediático’ ejercido
impunemente en Brasil en la reciente coyuntura electoral. Triunfadora en las
urnas y derrotada y humillada fuera de ellas, Dilma asume como propio el
paquete económico de sus enemigos, que ha hundido a Europa en su peor crisis
desde la Gran Depresión y que tantos estragos ocasionó en América Latina. ¿Había
alternativas? Claro: en línea con lo que observaba Gramsci, ¿por qué Dilma (y
Lula) no denunciaron la maniobra de la burguesía y le dijeron al pueblo que se
estaba a punto de cometer un verdadero desfalco de la voluntad popular?, ¿por
qué no se convocó a los sectores populares a ocupar fábricas, parar los
transportes, bloquear bancos, comercios, oficinas públicas y los medios de
comunicación para detener el “golpe blando” en ciernes? En una palabra, ¿por
qué tanta pasividad, tanta resignación? ¿Cómo explicar una derrota ideológica y
política de esta magnitud?

Dilma y Obama, antes de descubrirse el espionaje
Lo
que se viene ahora es la vieja receta para seducir a los mercados: ajuste
fiscal ortodoxo; estímulos para acrecentar la rentabilidad empresarial, sobre
todo del sector financiero; recorte de la inversión social (peyorativamente
considerada como un ‘gasto’), todo para restaurar la confianza de los mercados
lo que equivale a una imposible tarea de Sísifo porque estos jamás confían en
otra cosa que no sea el crecimiento de sus ganancias. Pruebas al canto: jamás
en la historia brasileña los bancos ganaron tanto dinero como durante la
gestión de los gobiernos del PT. ¿Se apaciguaron por ello? Todo lo contrario.
Se cebaron aún más, quieren más, quieren gobernar directamente sin el estorbo
de una mediación política. Su adicción a la ganancia es incontrolable, y se
comportan como adictos. La medicina que sin contrapeso alguno en el sistema
político aplicaran estos hechiceros de las finanzas es un cocktail explosivo
que no servirá para promover el crecimiento económico de Brasil pero que, sin
dudas, potenciará el conflicto social hasta niveles pocas veces visto en ese
país. La feroz respuesta represiva que tuvo lugar cuando las grandes
movilizaciones desencadenadas por el aumento de la tarifa del transporte
público en junio del 2013 puede ser un juego de niños por comparación a lo que
podría suceder en el futuro inmediato una vez que Levy y los banqueros
comiencen a aplicar sus políticas.

Si
miramos el gráfico precedente veremos que al sector financiero no le basta con
apropiarse nada menos que del 42.04 % del presupuesto federal de Brasil del año
2014 en concepto de intereses y amortizaciones de la deuda pública, contra el
4.11 % en salud, 3.49 % en educación y poco más del 1 % en Bolsa Familia. Para
mejorar aún más su rentabilidad Levy trabajará con tesón para perpetuar la
dependencia del estado de los préstamos de los banqueros, subir aún más las
exorbitantes tasas de interés percibidas por éstos y aumentar su participación
leonina en el presupuesto, todo esto dejando intacta la regresiva estructura
tributaria y los privilegios y prerrogativas que el capital ha gozado en los
últimos tiempos. Pero sería un error suponer que las andanzas de Levy y los
suyos tienen como único objetivo acrecentar la riqueza de los capitalistas. El
objetivo que se han impuesto las clases dominantes en Brasil -y que no encontró
resistencia en el gobierno del PT- es fortalecer la posición del gran capital no
sólo en el seno de los mercados sino también en la sociedad y la política,
consolidando una correlación de fuerzas en la cual los movimientos  populares queden definitivamente supeditados
al dominio de aquel. Se trata, en suma, de un proyecto refundacional del
capitalismo brasileño montado sobre el fracaso del reformismo light del PT y en donde, como en el Chile
refundado por la dictadura pinochetista, la alianza burguesa ejercerá el
dominio político directo, sin la molesta intermediación de la vocinglera
partidocracia que sólo produce ruidos que perturban la paz y la serenidad que
necesitan los mercados. Con esta medida adoptada por el gobierno del PT, Brasil
culmina un penoso tránsito desde una democracia de baja intensidad hacia una
desvergonzada plutocracia que nada bueno podrá ofrecerle a su pueblo y, por
extensión, a América Latina, acongojada y entristecida al ver a su ‘hermano
mayor’ rendirse ante los capitalistas sin ofrecer la menor resistencia.
Confiamos en que las fuerzas populares brasileñas más temprano que tarde
iniciarán un proceso de recomposición para aventar la barbarie que se cierne
sobre ellas.