31.7.2012
Derrota del imperio: Venezuela
ingresó al Mercosur
por Atilio A. Boron

      En el día
de ayer se ratificó en Brasilia el ingreso de Venezuela al Mercosur. De este
modo el bloque comercial sudamericano se refuerza tanto cuantitativa como
cualitativamente. Lo primero, porque agrega a un nuevo socio con un producto
bruto estimado -por el World Economic
Outlook
del FMI en paridad de poder adquisitivo- en
397.000 millones de dólares. Es decir, se agrega una economía de un tamaño ligeramente superior a
la de Suecia. El Mercosur agrandado cuenta ahora con un producto interno bruto
total de 3.635.000 millones de dólares, lo que lo convierte en la quinta
economía del mundo, sólo superado por Estados Unidos, China, India y Japón, y
claramente por encima de la locomotora europea, Alemania.[1]
Cualitativamente hablando la incorporación de Venezuela significa integrar a un
país que, según el último anuario de la OPEP, dispone de las mayores reservas
certificadas de petróleo del mundo, habiendo desplazado de ese sitial a quien
lo ocupara por varias décadas: Arabia Saudita.[2]
Además, desde el punto de vista de la complementación económica de sus partes
el Mercosur luce como un espacio económico mucho más armónico y equilibrado que
la Unión Europea, cuya fragilidad energética constituye su  insanable talón de Aquiles y una fuente
permanente de dependencia externa. Comienza, por lo tanto, una nueva y decisiva
etapa, en donde a un conjunto de países sudamericanos grandes productores de
alimentos -y, en los casos de Argentina y Brasil, poseedores de una importante
base industrial y significativas riquezas mineras- se le agrega la mayor
potencia petrolera del planeta. En un contexto de crisis mundial como el actual
y ante las políticas proteccionistas que cada vez con más fuerza adoptan  los gobiernos del centro capitalista, la
integración de los países del Mercosur es la única salvaguarda que les permitirá
resistir los embates de la crisis mundial del capitalismo o al menos amortiguar
su impacto.
  No hace falta demasiado esfuerzo para
comprobar las proyecciones que puede llegar a tener este Mercosur “recargado.”
Si los gobiernos de la región diseñan mecanismos flexibles y eficaces para
sacar partido de esta enorme potencialidad económica y si, al mismo tiempo, se resuelven
las asignaturas pendientes de los acuerdos que originaran al Mercosur –la Declaración
de Foz de Iguazú firmada por Raúl Alfonsín y José Sarney en 1985 y, años
después, el Tratado de Asunción, fechado en 1991- y que reflejaran la hegemonía
ideológica del neoliberalismo en aquellos años, el futuro económico de nuestros
países puede ser muy promisorio. Un componente fundamental de esta nueva etapa
debe ser, sin duda, el fortalecimiento de los “otros mercosures”: el social, el
laboral, el educativo, para no mencionar sino aquellos que han suscitado,
precisamente por su ausencia, los mayores y más sostenidos reclamos. Esto le
otorgará a los movimientos sociales y las fuerzas políticas populares una
oportunidad inmejorable para hacer oír sus demandas y presionar efectivamente a
los gobiernos para que adopten sin más dilaciones las políticas necesarias para
que el Mercosur deje de ser un acuerdo pensado para ampliar los mercados y
reducir los costos operativos de las grandes empresas y se convierta en un
proyecto de integración al servicio de los pueblos.
   Pese a la importancia de las
anteriores consideraciones la significación fundamental del ingreso de
Venezuela al Mercosur radica en otra parte. El aislamiento de ese país y su conversión
en un estado paria era el objetivo estratégico número uno de Estados Unidos
luego de la derrota del ALCA en Mar del Plata. La campaña para asegurar el
logro de esa meta no reparó en escrúpulo alguno, y toda la artillería
mediática, política y económica del imperialismo se descargó sobre la república
bolivariana con el propósito de construir la imagen de un Chávez dictatorial,
pese a que como correctamente lo señala Ignacio Ramonet,  se sometió trece veces al veredicto de las
urnas, ganando en doce ocasiones por amplio margen y perdiendo tan sólo una
vez, por menos del 0.5 % en el referéndum del 2 de Diciembre de 2007 sobre un complejo
proyecto de reforma constitucional. Derrota que fue de inmediato reconocida por
Chávez y que como en todas las demás elecciones contó con la presencia de “misiones
de observadores enviadas por las instituciones internacionales más exigentes
(ONU, Unión Europea, Centro Carter, etc.)” que avalaron con su presencia la
legitimidad y legalidad del proceso electoral.[3]
Como si lo anterior fuera poco hay que decir también que con Chávez se
incorpora al núcleo de los gobernantes del Mercosur al principal estratega y
“mariscal de campo” de la lucha antimperialista en Latinoamérica. El otro, que
no puede hacerlo por razones obvias, es Fidel. 
El senado paraguayo se había prestado a ese juego, a cambio de una
jugosa recompensa para sus tribunos, pero el golpe de estado perpetrado entre
gallos y medianoche contra Fernando Lugo desbarató, para estupefacción de Washington,
los planes del imperio. La Casa Blanca no tomó nota que las épocas en que sus
deseos eran órdenes había sido definitivamente superada y jamás pensó que los
gobernantes de Argentina, Brasil y Uruguay iban a tener la osadía de aprovechar
la suspensión de Paraguay ocasionada por la violación de la cláusula democrática
del Mercosur para poner fin a una absurda espera de seis años. Desde el punto
de vista geopolítico la inclusión de Venezuela en el Mercosur es, y conviene
reparar en esto,  la mayor derrota
sufrida por la diplomacia estadounidense desde el descalabro del ALCA. Tal como
lo recordara hace pocos días Samuel Pinheiro Guimaraes, quien hasta hace un mes
se desempeñara como Alto Representante del Mercosur, las inesperadas
consecuencias del golpe en Paraguay tendrán perdurables e importantes efectos. [4]
En primer lugar, porque de aquí en más será mucho más difícil y costoso
orquestar un golpe de estado contra un Chávez protegido institucionalmente por la
normativa del Mercosur, entre ellas la cláusula democrática recientemente violada
en Asunción. Será también mucho más complicado para un país como Estados
Unidos, insaciable consumidor de petróleo, tratar de  apropiarse de la riqueza hidrocarburífera
venezolana a la vez que mucho más atractivo para los demás países sudamericanos
integrarse cuanto antes a un rico espacio económico que se extiende sin
discontinuidades desde Tierra del Fuego hasta el Mar Caribe. Por último, será mucho
más difícil para Washington tratar de rearmar el esquema de “libre comercio” desechado
con la derrota del ALCA. En suma, hay fundados motivos para el regocijo: ayer,
en la futurista Brasilia, los sueños integracionistas de Bolívar, Artigas y San
Martín dieron un gran paso hacia adelante.

[1] FMI , World
Economic Outlook
,
Abril del 2012.
[2] OPEP, Annual Statistical Bulletin
2010-2011 (Viena: OPEP), 2011, p. 22.
[3] Ignacio
Ramonet, “Chávez en Campaña”, Le Monde Diplomatique en Español,
Agosto 2012, pg. 1.
[4] Samuel Pinheiro Guimaraes, “Estados Unidos,
Venezuela y Paraguay”, en América Latina en Movimiento, 17 de
Julio de 2012.
http://www.alainet.org/active/56566