29 Diciembre 2014


Ya a punto de concluir el año, comparto esta nota que acaba de ser recogida por varios periódicos digitales sobre lo que se puede esperar de los anuncios de Barack Obama en relación a Cuba.

Ilustración del diario Página/12 (Buenos Aires) dando cuenta de los anuncios del 17 de Diciembre
 (Por Atilio A.
Boron) Escribimos estas líneas con la inmensa alegría que nos produjo la
exitosa culminación de la campaña que el pueblo y el gobierno de Cuba lanzaron
para repatriar a los cinco luchadores antiterroristas injustamente encarcelados
por la “justicia” de los Estados Unidos, que jamás se preocupó por enjuiciar a
connotados y confesos terroristas como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles o a
un financista  y ejecutor de atentados
terroristas como Jorge Mas Canosa. Refiriéndose a “Los 5” Fidel dijo en su momento
“volverán” y volvieron; como antes, en el incidente del niño Elián González,
cuando también aseguró que Elián volvería a Cuba, y volvió. Dicho esto quisiéramos
compartir una reflexión sobre las razones que explican el cambio en la política
exterior de Estados Unidos en 
relación a Cuba y lo que esto podría significar
para la Isla y
América Latina y el Caribe.

El absoluto
fracaso de más de medio siglo de bloqueo y agresiones es uno de los factores
más evidentes que originaron el viraje de Washington. La Revolución Cubana
resistió a pie firme, dignamente y sin concesiones, tamaña agresión y al final
del día el Goliat del planeta tuvo que reconocer su derrota, algo que muy rara
vez hace  la siempre arrogante
superpotencia. Lo hizo el presidente Barack Obama en su discurso y de modo
todavía más enfático su Secretario de Estado, John Kerry, cuando al pronunciar
el suyo, un par de horas más tarde, dijo que “durante medio siglo aplicamos una
política para aislar a Cuba y los que terminamos aislados fuimos nosotros.” Claro
está que otros factores también jugaron un papel: la intervención del Papa
Francisco fue mucho más allá de una piadosa exhortación o una “gestión de
buenos oficios”, tal como convencionalmente se la entiende. Fue una mediación
en donde la influencia papal para arribar a un acuerdo parece haber sido
más  gravitante que lo normal en este
tipo de mediaciones. El tiempo permitirá calibrar con precisión las
características de esa gestión. Además, el reiterado repudio que la política
del bloqueo cosechaba año tras año en la Asamblea General
de las Naciones Unidas, e inclusive en el seno de la OEA, fue debilitando la
firmeza de la política anticubana. Otro factor fue la honrosa insistencia de
los países latinoamericanos y caribeños sin excepción para exigir el fin del
bloqueo y la liberación de “Los 5”.
El papel de la UNASUR
y la CELAC
también fue de importancia para precipitar esta reorientación de la política de
la Casa Blanca.
Pero lo que a nuestro juicio fue decisivo para producir este viraje fue el
cálculo geopolítico realizado por los estrategas del imperio, que recomendaba
acabar con una política que no sólo era inefectiva -como las torturas de la CIA, según el reciente Informe
del Senado- sino que además era contraproducente para garantizar la seguridad
nacional estadounidense en momentos tan críticos como el que actualmente
atraviesa el sistema internacional. En las páginas que siguen trataremos de desarrollar
en cierto detalle este argumento.

La
Transición
Geopolítica
Mundial y sus Desafíos para la Estabilidad del
Imperio

Estados Unidos se
enfrenta a un deteriorado cuadro geopolítico mundial que suscita una enorme
preocupación en su clase dominante, sus representantes políticos e ideológicos,
el Pentágono y sus agencias de inteligencia. En 1997, pocos años después del
derrumbe de la Unión
Soviética, uno de los más lúcidos (y cínicos) intelectuales
orgánicos del imperio, Zbigniew Brzezinski, escribió un libro que resumía  la visión estratégica dominante en ese momento
y proponía un conjunto de recomendaciones para encarar con realismo –en lugar
de las autocomplacientes ensoñaciones de los miembros del Proyecto para el
Nuevo Siglo Americano, gran parte de los cuales integraron las filas del
gobierno de George W. Bush- los desafíos de los años venideros.[1]
En El
Gran Tablero
Mundial su autor descartaba la
posibilidad de un debilitamiento del poderío global de Estados Unidos dado que
su país aparecía, una vez desintegrada la Unión Soviética,
como “la única e, indudablemente, como la primera potencia realmente global” en
la historia del planeta. A partir de esta premisa el objetivo que se trazó fue
formular una geoestrategia global e integral para preservar el papel central de
Estados Unidos como “arbitro político” en todo el mundo, pero prestando
especial atención a Eurasia ya que es ese y no otro “el tablero en el que la
lucha por la primacía global” seguirá jugándose. Un continente fundamental que
contaba para 1997 con el 75% de la población y el 60% del PNB mundiales, y las
¾ partes de los recursos estratégicos conocidos. Para ser exitosa dicha
estrategia debía basarse en la construcción de “una comunidad global basada en
las relaciones de cooperación”.[2]
No obstante, a Brzezinski no se le escapaban las acechanzas que podían
originarse como consecuencia de potenciales “contingencias relacionadas con los
futuros alineamientos políticos (…) que intenten empujar [a los Estados Unidos]
fuera de Eurasia”.

En ese escrito
Brzezinski identificaba tres escenarios que podrían plantear tales retos a lo
largo del siglo veintiuno: el primero era un acuerdo entre Rusia y los
principales países europeos, que debilitaría los vínculos entre Estados Unidos
y Europa y mellarían la fortaleza de la Alianza Atlántica
y en particular de la OTAN.
Pero tranquilizaba a sus lectores diciendo que la
probabilidad de esa contingencia era “bastante remota” (si bien no totalmente descartable),
no habiendo por lo tanto razones para alarmarse. La segunda amenaza era un
posible acuerdo entre China y Japón, por entonces la segunda economía del mundo
y puntal de la presencia estadounidense en el Pacífico y en el mundo asiático.
Probabilidad: también muy baja, porque los históricos conflictos que separaban
a ambas naciones serían un obstáculo muy difícil de remontar. Había que
monitorear los movimientos, los gestos y las iniciativas de esos dos países
pero sin perder la serenidad. El tercer escenario, “el potencialmente más
peligroso sería el de una gran coalición entre China, Rusia y quizás Irán, una
coalición ‘antihegemónica unida no por una ideología sino por agravios
complementarios’.” [3]
 Sin embargo, las probabilidades de que
esta amalgama política pudiera cristalizarse eran, según Brzezinski, remotas. Ahora
bien: los pronósticos de este consejero áulico del imperio fueron
impiadosamente refutados por la historia ya que ese escenario -el menos
deseado, el más temido y el más improbable- fue el que en estos últimos años irrumpió
con fuerza en el sistema  internacional.
A mediados del 2014 Rusia y China firmaron importantísimos acuerdos
–económicos, políticos y militares- de largo plazo, a los cuales se unió poco
después Irán. En Septiembre la India
solicitó formalmente su adhesión al Acuerdo de Cooperación de Shanghai y a
finales de este mismo año Rusia selló un muy importante acuerdo con Turquía,
cerrando de este modo una alianza que cambia radicalmente la correlación de
fuerzas en el tablero de la geopolítica mundial en perjuicio de Estados Unidos,
sus aliados europeos y Japón. Con la integración de la India y Turquía el panorama
geopolítico euroasiático no podría ser más desventajoso para lo que Brzezinski
denomina “Occidente.”

En el año 2012,
es decir, poco antes de que emergiera esta nueva coalición y quince años
después de la publicación del Gran Tablero Mundial , Brzezinski dio
a conocer su más reciente obra:  Strategic
Vision
.
[4]
En ella el tono general del análisis se sitúa en las antípodas de su por
momentos triunfalista texto de 1997. Ahora la preocupación es otra. En la
primera parte de ese libro propone una sorprendente y muy significativa
exploración histórica en torno a la “declinante longevidad de los imperios”,
una reflexión insólita en relación al supuesto fundamental de la obra: Estados
Unidos no es un imperio sino una potencia, la única potencia global. No
obstante, este inesperado comienzo revela que en su fuero íntimo Brzezinski no
se engaña, ni engaña a sus jefes y patrones, y sabe que Estados Unidos es la
cabeza de un vasto sistema imperial y que, además, la lógica que decretó la
declinación de todos los imperios anteriores, sin excepción, difícilmente
exceptúe al americano.  Como estudioso
que es sabe muy bien que este no podrá ser eterno y duda de que siquiera pueda mantenerse
más allá de unas pocas décadas. De ahí que las cuatro preguntas fundamentales
que plantea en las páginas iniciales del libro sean las siguientes:

1) ¿Qué
implicancias tienen la cambiante distribución del poder global desde Occidente
hacia Oriente y el despertar político de la humanidad?
2) ¿Por qué
decayó el atractivo de los EEUU, cuáles son los síntomas de su declinación
doméstica e internacional y por qué se desperdició una oportunidad tan excepcional
como el desenlace pacífico de la Guerra Fría?
3) ¿Qué
consecuencias geopolíticas tendrían lugar si Estados Unidos perdiera su
primacía en el ámbito del poder global? ¿Podría China ocupar su lugar en el
2025?
4) ¿Cómo debería
EEUU redefinir sus objetivos geopolíticos a largo plazo, y cómo atraer,
apoyándose en sus aliados europeos, a Rusia y Turquía a los efectos de
construir un “Occidente” más inclusivo y vigoroso?

En resumen, el
autor se formula interrogantes impensables una década atrás. Lo que antes se
asumía como una verdad inconmovible, la primacía internacional de Estados
Unidos, ahora es objeto de múltiples conjeturas, y por lo tanto las opciones
estratégicas diseñadas en el pasado deben ser radicalmente re-examinadas.

Un
mundo convulsionado

En este impensado
escenario, en donde los rivales de Washington unen fuerzas, y los antiguos
aliados –fervientes, como Turquía, o tibios, como la India- se pasan al otro
bando, la rápida degradación de la situación internacional plantea enormes
desafíos al imperio. La agenda exterior de la Casa Blanca  se enfrenta con numerosos “puntos calientes”
en los cuáles Estados Unidos está fuertemente involucrado, tiene muchos
intereses en juego y se ve forzado a hacer apuestas cada vez más riesgosas y de
incierto desenlace. En Oriente Medio la situación está fuera de control:
después de haber avivado la hoguera del fundamentalismo sunita como ariete para
hostigar a Irán y Siria, el trágico resultado de esa política fue la aparición
del Estado Islámico, una organización criminal que dispone de los enormes
recursos financieros derivados de su control sobre las zonas petroleras de
Siria e Irak, y dispuesto a afianzar su dominio apelando a cuantas atrocidades sean
imaginables. Originalmente formado por mercenarios reclutados por Estados
Unidos y Arabia Saudita, financiado y armado por estos dos países, el genio se
salió de la botella (como antes Osama bin Laden y Saddam Hussein) y,
previsiblemente, comenzó a desarrollar una política propia que no es precisamente
la que mejor favorece los intereses de Washington en la región. A la explosiva
situación de esa parte del mundo, hundida en un interminable baño de sangre,
hay que agregar la acelerada fascistización de Israel, que ha convertido a su
estado en un engendro neonazi en donde el genocidio de los palestinos pasó a
ser una práctica habitual ejercida con total impunidad e indiferente ante la
repulsa casi universal que suscitan sus acciones. Más hacia el Oriente, en Asia
Central, área donde se anuda una densa red de oleoductos y gasoductos de vital
importancia para el mercado mundial de energéticos, la permanente inestabilidad
de una zona surcada por ancestrales rivalidades y conflictos étnicos,
religiosos y económicos de todo tipo se combina con periódicos estallidos de
violencia que frustran de raíz cualquier posibilidad de establecer proyectos
económicos de cierta envergadura para el aprovechamiento de sus enormes
riquezas gasíferas y petroleras.[5]
Más hacia el Este, al llegar al extremo del continente, la persistente disputa
entre China y Japón por la delimitación jurisdiccional del Mar del Sur de la
China agrega un condimento explosivo en el límite oriental de la antigua, y hoy
altamente revalorizada, “Ruta de la Seda”.[6]
¿Es todo? De
ninguna manera. La situación del África Subsahariana es motivo de intensa
preocupación, sobre todo por el arraigo que en algunos países proveedores de
petróleo, como Nigeria, parece haber conseguido el islamismo radical. Pero, más
al norte es donde se encuentra la fuente más importante y a la vez urgente de
preocupaciones. En Europa hay una guerra en ciernes entre los países de la OTAN
y Rusia. Las sucesivas sanciones económicas decretadas por Washington (y
replicadas con deshonrosa obediencia por sus compinches europeos) junto al deliberado
derrumbe de los precios del petróleo configuran, en términos prácticos, una
declaración de guerra, y así lo ha entendido no sólo Moscú sino buena parte de
la dirigencia política estadounidense. No sorprende, en consecuencia,  que Rusia haya anunciado el 26 de Diciembre
un significativo cambio de su doctrina estratégica, orientada ahora por la
necesidad de contener las amenazas que se ciernen, desde Europa: la OTAN y el
despliegue balístico norteamericano en ese continente, sobre su seguridad
nacional. [7]

El dramático
empeoramiento de la situación en Ucrania reconoce dos causas fundamentales:
una, la expansión hacia el Este de las fronteras de la OTAN, en abierta
violación de las promesas formuladas a los gobernantes rusos por sucesivos
presidentes de los Estados Unidos y los jefes de estado europeos. La otra: la
insistencia de la Unión Europea en incorporar a Ucrania y, de ese modo,
penetrar por la puerta trasera en Rusia. Ambas iniciativas propiciaron la
fulminante resurrección de la Guerra Fría, que se está recalentando
aceleradamente. Un académico conservador norteamericano, John Mearsheimer
, profesor de la Universidad de Chicago, culpó a
Occidente por esta degradación del clima internacional. Era sabido, escribió,
que  Moscú jamás podía aceptar de brazos
cruzados que la OTAN se extendiera hasta sus fronteras, y para colmo consentido
por un gobierno impuesto en Kiev por un golpe de estado impulsado y financiado
por Estados Unidos y sus aliados.[8]
Esta irresponsable provocación es tan inadmisible para Rusia como lo hubiera
sido para Estados Unidos si, en los años ochentas,  Moscú y los países del Pacto de Varsovia
hubiesen orquestado un golpe de estado en México e instalado sus tropas en la
frontera con Estados Unidos. El desencadenamiento de la crisis en Ucrania
desató como respuesta la reintegración al territorio ruso de la península de
Crimea (anexada con el apoyo de sus habitantes) y alentó el separatismo de la
población rusoparlante que reside en el este ucraniano. Las sanciones
económicas aplicadas a Rusia por los países de la Alianza Atlántica tensaron la
cuerda a grado tal que tiene escasos precedentes en la historia contemporánea.
Moscú denunció estas maniobras y dijo que ellas son parte de una  estrategia general cuyo objetivo es nada menos
que precipitar el “cambio de régimen” en Rusia, ante lo cual Vladimir Putin ha
dicho que su país no permanecerá indiferente ante esos designios y responderá
con cuanto tenga a su alcance. Hay que recordar que Rusia dispone del segundo
arsenal atómico mundial y que cuenta con unas fuerzas armadas muy bien
equipadas. Como decíamos más arriba, si la OTAN llegara a lanzar un ataque con
armas de destrucción masiva Moscú no vacilará en recurrir a su arsenal nuclear,
lo que abre una atroz perspectiva para el futuro de la humanidad.[9]

Trascendente papel de América Latina y el Caribe
En innumerables ocasiones Fidel y
el Che afirmaron que Nuestra América es la retaguardia estratégica del imperio.
Cuando Estados Unidos enfrenta graves desafíos en el frente internacional -como
en los años setenta en el Sudeste asiático y muy especialmente en Vietnam- se
vuelve sobre los países del área para desde allí tomar aliento y lanzar su
arremetida. En aquella oportunidad lo que hizo fue sembrar dictaduras por toda
la región, en donde salvo México, Colombia y Costa Rica, el resto de los países
padecieron la instauración de regímenes cívico-militares que hicieron del
terrorismo de estado una práctica cotidiana de ejercicio del poder, para lo
cual contaron con el auspicio, colaboración, protección y financiamiento de
Washington.

En la actualidad la Casa Blanca
continúa actuando bajo los lineamientos de la misma premisa, procurando acabar
con la Revolución Cubana, liquidar a los gobiernos bolivarianos, terminar de
domesticar a los de la “centro-izquierda” del Cono Sur y reforzar, vía la
Alianza del Pacífico, a los regímenes neocoloniales y conservadores del
área.  Téngase en cuenta que en el turbulento
tablero geopolítico internacional Nuestra América brilla como una  envidiable, y única, zona de paz. Lo único
que perturba este panorama es el conflicto interno en Colombia y la desestabilización
de México, pero ambas son situaciones que se constituyen en el ámbito doméstico.[10]
 Sólo Colombia podría, si fracasaran las
negociaciones de paz en curso en La Habana, alterar significativamente los
equilibrios internacionales del área. No obstante, en el caso de México no
habría que descartar que si se acelerara y profundizara la descomposición de la
situación interna debido a la explosiva combinación entre el creciente poderío
del narco -que podría llegar a someter a su arbitrio a las diversas ramas del
aparato estatal- y una repotenciada protesta social los Estados Unidos podrían,
en tal eventualidad, considerar muy seriamente la posibilidad de invadir y
ocupar una parte de la frontera norte mexicana con el pretexto de preservar la
“seguridad nacional” estadounidense amenazada por el caos al sur del Rio
Grande. Lo hicieron en el pasado y nada autoriza a pensar que no volverían a
hacerlo una vez más si lo considerasen conveniente. Hipótesis extrema, pero que
en función de las enseñanzas de la historia sería sumamente imprudente
descartar. Va de suyo que una movida de ese tipo tendría enormes repercusiones
internacionales, que reverberarían mucho más allá del hemisferio americano. [11]

Es a causa de todo lo anterior que
Washington está poniendo cada vez más empeño en “reordenar” una región que
desde el triunfo de Chávez en las elecciones presidenciales de 1998 ha ido
progresivamente emancipándose de la pegajosa tutela y control que Estados
Unidos ejerció sobre lo que con indisimulado desprecio se llama, en los círculos
oficiales de ese país, su “patio trasero”. La oleada bolivariana desencadenada
por Chávez facilitó la supervivencia de la acosada Cuba y tuvo reflejos
concéntricos en el mundo andino: Bolivia y Ecuador se plegaron a la misma y, en
el litoral atlántico, surgieron gobiernos más moderados en Argentina, Brasil y
Uruguay pero que, pese a la tibieza de algunas de sus iniciativas, en el
terreno internacional aportaron un apoyo decisivo para, entre otras cosas,
hacer naufragar el proyecto más importante que el imperio tenía reservado para
América Latina y el Caribe: el ALCA, sepultado en Mar del Plata en Noviembre
del 2005.

El cambio de política hacia Cuba
tiene por objetivo neutralizar un permanente factor de perturbación de las
relaciones hemisféricas y abrir el paso a una política más eficaz para
recuperar el control las díscolas naciones del sur. El objetivo es claro:
garantizar la estabilidad y la complicidad de la retaguardia imperial para que
Washington pueda actuar en los “puntos calientes” arriba señalados sin temor a
que su distracción en lejanos teatros de operaciones desate una radicalización tan
indeseable como incontenible en los países de América Latina y el Caribe. Para
enfrentar con éxito esta  tercera guerra
mundial en gestación es esencial retomar el control de Venezuela, donde al día
de hoy se alojan las mayores reservas comprobadas del mundo. Pero dicho
objetivo no se alcanzará manteniendo la vieja y fracasada política hacia Cuba,
que provoca la repulsa del resto de las naciones del hemisferio. Por eso el
presidente Barack Obama dió el primer paso para “normalizar” las relaciones con
la Isla pero al día siguiente redobló su ataque a la República Bolivariana promulgando
un proyecto de ley, impulsado nada menos que por el Senador Bob Menéndez (conocido
por sus estrechas vinculaciones con la mafia anticastrista de Miami)[12]
que establece sanciones económicas a gobernantes y políticos venezolanos
“responsables por violaciones de los derechos humanos de manifestantes
antigubernamentales” que entre Febrero y Abril del 2014 tomaron las calles y
mediante violentas manifestaciones exigían la renuncia del presidente Nicolás
Maduro. Ni a este impresentable senador ni a Obama les importó que los autores
o instigadores de actividades violentas –incluyendo asesinatos, robos,
incendios, destrucción de edificios y bienes públicos, etcétera- que busquen
alterar el orden constitucional o remover autoridades apelando a la violencia
serían acusados del delito de sedición en Estados Unidos (y en casi todo el
mundo) y pasibles de ser sancionados con durísimas penalidades que, en este
país, incluirían la prisión perpetua. Pero como se trata de recuperar a la
Venezuela Bolivariana de cualquier forma, los autores intelectuales y
apologistas de esos actos de salvaje vandalismo, como Leopoldo López y María
Corina Machado, lejos de ser acusados por esos delitos  son exaltados como figuras ejemplares,
síntesis de los valores republicanos y libertarios, y elevados a la categoría
de “combatientes por la libertad”. Poco importa que la mayor parte de las
víctimas de aquel intento sedicioso fuesen miembros de los servicios de
seguridad del estado y militantes chavistas, tal como ha sido reconocido por
organizaciones independientes de derechos humanos radicadas en Venezuela. Para
no hablar del doble rasero que significa sancionar a miembros del gobierno
venezolano por preservar el orden constitucional del asalto de los sediciosos  y no proceder de igual modo, por ejemplo, con
las autoridades colombianas cuando  informes inapelables certifican que el
ejército ejecutó al menos a 5.763 civiles inocentes entre 2000 y 2010; o con las
autoridades hondureñas, en donde después del golpe de estado de 2009 los
asesinatos extrajudiciales se realizan con total impunidad; o con las de
México, en donde es sabido que
la desaparición de los 43 estudiantes normalistas
en Ayotzinapa fue orquestada y ejecutada con la participación -o al menos la
abierta complicidad- de autoridades civiles y militares de la Federación y del
estado de Guerrero?
[13]

La
espina cubana

La “normalización” de las relaciones
con Cuba tiene pues una tenebrosa contrapartida: liberar las manos del imperio
para abalanzarse con fuerza para doblegar al gobierno chavista y recuperar el
petróleo venezolano.[14] Además responde a
una necesidad geoestratégica insoslayable, y ante la cual tanto la ruptura de
relaciones diplomáticas como el bloqueo se convirtieron en molestos estorbos
para Washington.  Lo que se logró con
ambas políticas fue facilitar la
penetración de China y Rusia en la mayor
de las Antillas y, por extensión, en la “tercera frontera” de Estados Unidos:
el Mar Caribe. Todos los textos e informes recientes sobre la seguridad
nacional norteamericana señalan una y otra vez que aquellos dos países son
“enemigos” que es preciso vigilar, controlar y, de ser posible, someter o
derrotar, toda vez que la recomendación de Brzezinski en el sentido de “atraer
y seducir” a ambos países demostró ser un rotundo fracaso. Máxime cuando, en el
Mare Nostrum norteamericano China ha
emprendido sin consultar ni mucho menos pedir permiso a Washington un
megaproyecto llamado a ejercer una extraordinaria influencia no sólo en el
comercio internacional: un nuevo canal interoceánico a través de Nicaragua,
obra para la cual el nuevo puerto cubano de Mariel asume una importancia
estratégica. Rusia, por su parte, ha dado a conocer sus planes de impulsar la
proyección global de su armada, lo que contempla, entre otras cosas, una mayor
presencia en aguas caribeñas. Lo que estos dos países hacen en Cuba, y están
haciendo en la zona del Gran Caribe, es un misterio para las agencias de
inteligencia y las fuerzas armadas estadounidenses. ¿Hay proyectos militares en
juego que subyacen  a los crecientes
relacionamientos económicos que China y Rusia desarrollaron en el área? De ser
así, ¿cuáles son, donde están localizados y qué implicaciones tienen para la
seguridad nacional de los Estados Unidos? ¿Cómo podrían ser neutralizados?
¿Cuál es el estado de la “sociedad civil” en Cuba? ¿Cuál debería ser la hoja de
ruta para preparar el tan anhelado “cambio de régimen” que ponga fin a la
Revolución Cubana? ¿Qué modelo aplicar: la “revolución de terciopelo”, al
estilo checo, o hay condiciones para ensayar una fórmula más rápida y violenta,
al estilo de los “cambios de régimen” practicados en Libia o Ucrania? Todas
estas son cuestiones de enorme importancia que no pueden ser confiadas a “amateurs”
como Alan Gross. Por el contrario, hay que desplegar en la isla un número
suficientemente grande de agentes para obtener información sensible y
confiable, para lo cual se precisa la cobertura de una embajada dotada de un
numeroso personal que, bajo el paraguas diplomático, pueda realizar esas
actividades de inteligencia.

La política seguida a lo largo de
más de medio siglo demostró ser, como decíamos más arriba, no sólo inefectiva
sino contraproducente. Y Obama quiere  corregir eso, pronto. Claro que la plena
normalización diplomática exigirá que el Congreso levante el bloqueo, de lo
contrario la iniciativa anunciada el 17 de Diciembre  quedaría a mitad de camino, no sólo por la
incoherencia que significa pretender “normalizar” las relaciones entre Cuba y
Estados Unidos y, simultáneamente, mantener el bloqueo. Se dice que los
sectores más reaccionarios del espectro político norteamericano en el Congreso
se opondrán a esa iniciativa. Seguramente será así, pero no sería raro que
junto a poderosos intereses comerciales -deseosos de establecer vínculos con
Cuba- el lobby del Pentágono y la CIA convenza a los más recalcitrantes que la
seguridad nacional norteamericana exige votar el fin del bloqueo, algo que
hasta apenas ayer parecía imposible y que el propio gobierno de Estados Unidos promoverá
no por razones de respeto a la legalidad internacional o solidaridad con el
pueblo cubano sino exclusivamente en función de sus intereses estratégicos
globales. Tanto Obama como Kerry lo dijeron con todas las letras: Washington no
abandona su propósito de fomentar las fuerzas que dentro de Cuba pudieran precipitar
un “cambio de régimen”, fomentar el activismo y la participación de la
“sociedad civil”, y  promover una “prensa
libre” y el pluralismo político, preocupaciones estas que desaparecen como por
arte de magia cuando el falaz régimen norteamericano habla de Arabia Saudita,
país sin sociedad civil, sin prensa libre y en donde los partidos políticos
están prohibidos. Sería inútil exigirle coherencia doctrinaria a un imperio
cuyo objetivo excluyente es saquear los bienes comunes de nuestro planeta para
mantener un patrón de consumo absolutamente irracional e insostenible, no ya en
el largo plazo sino en la actualidad y mediante la militarización de las
relaciones internacionales. Lo cierto es que, pese a toda la verborragia, el
objetivo estratégico de Estados Unidos sigue siendo el mismo; lo que cambia es
la táctica. Ahora se recurrirá al “poder blando”, eufemismo que significa
tratar de apelar a los recursos derivados del supuesto atractivo de la sociedad
norteamericana, sus también presuntos valores de igualdad, justicia, libertad,
convenientemente manufacturados por la industria cultural basada en Hollywood
pero desmentidos día a día por la realidad, para convencer a los cubanos
mediante un intenso bombardeo propagandístico que una sociedad que mata
afrodescendientes a destajo, que deja grandes segmentos al margen de toda
atención médica y de la seguridad social, que impide que sectores de clase
media puedan acceder a las universidades y que cuenta con la peor distribución
de ingresos y recursos del mundo desarrollado es el espejo en el cual deben ver
su propio futuro. “Poder blando”, aclarémoslo de entrada, que es apenas el
reverso de la medalla en cuyo anverso se encuentra el “poder duro” de la mayor
fuerza militar jamás conocida en la historia de la humanidad y dispuesta a ser
aplicada sin mayores escrúpulos cuando sea necesario.

Muchos observadores han expresado
su preocupación por este cambio de la política norteamericana. ¿Representa o no
un desafío para Cuba? ¡Por supuesto que sí!, pero aún peor es el reto emanado
de la continuidad sine die del
bloqueo, que ha causado enormes daños materiales a Cuba. Según las últimas
estimaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país el costo
económico de esa política equivale a dos Planes Marshall en contra de la Isla,
mientras que con un solo Plan Marshall se reconstruyó la Europa devastada por
la Segunda Guerra Mundial. Ni se hable de los costos “no económicos” medidos en
sufrimientos humanos, privaciones, frustraciones y otras secuelas de esa
criminal política de agresión imperialista. Este fue un desafío que Cuba supo
repeler, pero a un precio exorbitante. La continuidad indefinida del bloqueo obliga
a preguntar cuanto tiempo más podría Cuba resistir esa situación sin erosionar
la legitimidad del orden revolucionario, librando batalla en un terreno en el
cual no tiene chances de prevalecer. En cambio, el desafío que plantearía la
penetración norteamericana –económica pero también política y cultural- una vez
eliminado el bloqueo podría ser respondido desde una posición mucho más
favorable. Tal como lo recordara José Martí, “trincheras de ideas valen más que
trincheras de piedras”, y Cuba posee, gracias a Martí y a la incansable labor
pedagógica de Fidel a lo largo de más de medio siglo, una formidable trinchera de
ideas contra la cual se estrellará la propaganda norteamericana, el consumismo
desenfrenado y las mentirosas ilusiones fomentadas por el American way of life que el pueblo cubano conoce muy bien desde
1898. Sin dudas, la densidad de la cultura cubana es incomparablemente más
fuerte que la salud de su economía y librar la batalla en el terreno cultural,
para derrotar al “americanismo”, como le llamaba Antonio Gramsci, es la táctica
sin dudas más apropiada. La historia demuestra que Cuba puede derrotar a Estados
Unidos desde la cultura y la política, no desde la economía. De los dos
desafíos, por lo tanto, el más manejable es el que se abre con la normalización
de las relaciones diplomáticas y el eventual fin del bloqueo. Si en la ex Unión
Soviética “los espejitos de colores” del capitalismo fueron aceptados como
buenos por su población fue porque allí no hubo ni un Martí ni un Fidel. No es
el caso de Cuba, cuya población tuvo estos dos geniales maestros y además
conoce el imperio como pocas, porque le tocó sufrirlo entre 1898 y 1958, y sabe
muy bien que una cosa es la propaganda capitalista y otra completamente
distinta el capitalismo “realmente existente”.

Por eso, ante las
novedades aportadas días atrás y para evitar una re-edición de la “Obamamanía”
que tantas decepciones ocasionara entre los ilusos que cayeron en esa trampa, y
que ahora creen que Washington cambió, que abandonó sus planes de hacer
retroceder el reloj de la historia hemisférica hasta la medianoche del 31 de
Diciembre de 1958, antes del triunfo de la Revolución Cubana, se impone
recordar lo que dijera el Che: “al imperialismo no se le puede creer ni un
tantico así, ¡nada!” Sería gravísimo desoír tan sabio consejo en una coyuntura
como la actual, cuando la validez de las palabras del “guerrillero heroico” es
mayor que nunca.


[1] Cf.  El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus
imperativos geoestratégicos
(Madrid y Buenos Aires: Paidós, 1997)

[2] Para un
examen de estos temas ver nuestro América Latina en la Geopolítica del
Imperialismo
(Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2012 y nueva edición
aumentada en 2014). Esta nueva edición está disponible en México, España,
Venezuela, Cuba y, próximamente, lo estará en Chile, Bolivia y Ecuador). Véase
asimismo  “Pensamiento Estratégico
Estadounidense”,
la transcripción de la conferencia que
el autor de estas líneas y Alexia Massholder ofrecieran en el ISRI (Instituto
Superior de Relaciones Internacionales) del Ministerio de Relaciones Exteriores
de Cuba, en el mes de septiembre del 2014 y que próximamente estará accesible
en la web.

[3] El Gran Tablero, op. cit, pg. 63.   
                                                                                            
[4] Strategic Vision. America
and the crisis of global power
(New
York: Basic Books, 2012)

[5] Sobre este tema
ver Pepe Escobar, Globalistán: How the globalized world is dissolving into liquid war
(Ann Arbor: Nimble Books, 2006) y su más reciente Empire of Chaos (Ann
Arbor: Nimble Books, 2014)

[6] Sobre el tema de la nueva “Ruta de la
Seda” ver Pepe Escobar, “Integración eurasiática contra el Imperio del Caos”,
en
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=193515

[7] Un indicio
de la extrema gravedad de la situación actual se infiere del anuncio oficial de
esta nueva doctrina, en cuya ocasión Moscú declaró que si bien esta es de
carácter defensivo no renunciará al derecho utilizar su arsenal nuclear. El
artículo 27 de
la doctrina dice que «la
Federación de Rusia se reserva el derecho a utilizar armas nucleares en
respuesta a ataques con armas nucleares u otras armas de destrucción masiva en
contra de Rusia y/o de sus aliados, así como en el caso de una agresión a la
Federación de Rusia con armas convencionales que suponga una amenaza para la
existencia del Estado». Nótese que entre los aliados sobresalen sus socios
del BRICS: Brasil, India, China y Sudáfrica. Esta clase de afirmaciones no se
escuchaban en Rusia desde los tiempos de la Unión Soviética. Ver “La nueva
doctrina militar de Rusia cita a la OTAN como una de las principales amenazas”, en http://actualidad.rt.com/actualidad/161547-putin-modifica-doctrina-militar-rusia
[8] Ver su “Why the Ukraine crisis is the West’s fault” , en Foreign
Affairs
 (Septiembre-Octubre
2014)   
http://www.foreignaffairs.com/articles/141769/john-j-mearsheimer/why-the-ukraine-crisis-is-the-wests-fault  Hemos tratado este tema in extenso en nuestro “¿Rumbo hacia la Tercera Guerra Mundial?” en
mi blog: www.atilioboron.com.ar y
en http://www.telesurtv.net/bloggers/Rumbo-hacia-una-Tercera-Guerra-Mundial-20141217-0008.html

[9] Antes de llegar a la situación de los últimos días Noam Chomsky
había alertado
sobre la extrema peligrosidad de la actual situación
internacional, que podría, en el “escenario del peor caso”, culminar con  una guerra termonuclear que destruyera a sus
iniciadores.
Ver su “World ominously close to nuclear war” en http://rt.com/news/202995-chomsky-rt-nuclear-war/

[10] Por supuesto, podría agregarse el caso de Honduras, un país que
desde el golpe de estado que desalojó a Mel Zelaya del poder ingresó en una
interminable espiral de violencia doméstica causada por el paramilitarismo -encargado
de “disciplinar” a la población hondureña- y su aliado natural en todos
nuestros países: el narcotráfico. También el de Haití, cuyo martirio parecería
no tener fin. Pero aún así, estos dos casos no tienen, en el momento actual,
condiciones para alterar decisivamente la situación del hemisferio
.

[11] Recuérdese que con la firma del ASPAN, el Acuerdo para la Seguridad
y Prosperidad de América del Norte, Estados Unidos ya dispone de numerosos
efectivos de sus cuerpos policiales, de inteligencia y de las propias fuerzas
armadas actuando a plena luz del día y “legalmente” en territorio mexicano. Una
invasión sería un salto en la magnitud de esa presencia más no una absoluta
novedad.

[12] El 25 de Enero de 2014
la cadena televisiva NBC informaba desde Nueva York la ampliación de la
investigación por crímenes federales que podría haber cometido el senador
demócrata por New Jersey Robert “Bob” Menéndez, quien es un asiduo visitante de
los juzgados de su país. En este caso el Departamento de Justicia está
investigando las gestiones hechas por el senador a favor de William y Roberto
Isaías, dos banqueros ecuatorianos fugitivos de la justicia por
multimillonarias estafas cometidas durante las turbulencias de los años noventa
en Ecuador. Los Isaías, al parecer, hicieron significativas contribuciones a
favor de Menéndez a cambio de la protección mafiosa que este le prestó para
que, a pesar de las requisitorias de la justicia ecuatoriana, pudieran
radicarse sin problemas en Estados Unidos y desarrollar en ese país lucrativas
actividades. Más en:       

[13] Sobre esto ver Alexander Main, “Un
paso adelante y un paso atrás en la política de Estados Unidos hacia América
Latina
” (Washington: Documento de Trabajo Center for Economic and Policy
Research, 19 Diciembre 2014)

[14] Sobre esto ver el sugerente 
artículo de
Rafael
Bautista Segales., “¿Del bloqueo a Cuba al bloqueo al ALBA?”, en ALAI, 24
Diciembre 2014.

http://alainet.org/active/79714