29.4.2018
(Atilio A. Boron)  De regreso de un viaje a Cuba
quisiéramos compartir unas pocas reflexiones sobre el momento actual de la
isla. El endurecimiento del bloqueo ordenado por Donald Trump complica la
situación económica de la isla rebelde. Pone piedras en el camino de la
actualización del modelo económico pero no hace mella en la moral de los
cubanos que a lo largo de casi sesenta años aprendieron a convivir con tanta
malevolencia que, como el mal tiempo, viene del Norte. Con Trump ya son doce
los inquilinos de la Casa Blanca que quisieron derribar a la Revolución Cubana,
o producir el tan ansiado “cambio de régimen”. Los once anteriores mordieron el
polvo de la derrota, y al magnate neoyorquino le espera más de lo mismo. Ordenó
el retiro de numerosos diplomáticos de la reabierta embajada de EEUU en La
Habana (la mayoría de los cuales eran agentes de inteligencia o personal
adiestrado para “reanimar” con diversos subsidios y programas a la “sociedad
civil” cubana) e impuso renovados obstáculos al comercio exterior de la isla, a
las inversiones norteamericanas y también al turismo de ese origen que se
dirige a Cuba, exhortando al ciudadano a “reconsiderar su decisión de viajar” a
la isla. El nuevo presidente, Miguel Díaz Canel, deberá transitar por un
sendero erizado de dificultades: desde la ilegal extraterritorialidad de las
leyes de EEUU que, con la aquiescencia de gobiernos serviles (empezando por los
europeos y siguiendo por los latinoamericanos) impone sanciones a bancos y
empresas de terceros países que intervengan en el comercio exterior de Cuba
hasta los vetos a la importación de productos que contengan más de un diez por
ciento de componentes estadounidenses o de patentes radicadas en ese país,
pasando por la prohibición de entrar a puertos de Estados Unidos a buques de
carga que en los seis meses anteriores lo hubiesen hecho en alguno de Cuba. El
repertorio del chantaje mafioso al que someten a la isla rebelde es tan grande
como enfermiza su vieja obsesión por apoderarse de ella, que comienza con la
célebre exhortación de John Adams en 1783 para acelerar la anexión de Cuba a
las Trece Colonias. Pero la patria de Martí y Fidel ha dado sobradas muestras
de tenacidad para defender su revolución y de su capacidad para, en medio de
tan desfavorables circunstancias, garantizar para su población estándares de
salud, educación y seguridad social y ciudadana como ningún otro país de la
región. 


 
Es obvio que se
avecinan tiempos difíciles para Cuba, pero nada que no se haya experimentado antes.
Hay un gobierno de super-halcones como también lo había, sobre todo, en tiempos
de Ronald Reagan. La diferencia es que ahora la CIA adquirió una muy visible pre-eminencia
en el staff presidencial. Siniestros personajes como Michael Pompeo (ex
Director de la CIA) ahora es Secretario de Estado; John Bolton, el matón del
barrio, dirige el Consejo de Seguridad Nacional; un ignoto (por buenas razones)
Juan Cruz fue designado por Bolton Director de Asuntos del Hemisferio
Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional. Decíamos “ignoto” porque Cruz
fue un hombre de acción en la Agencia, no un simple analista sino un killer. Según el vicepresidente de
Colombia, el General Oscar Naranjo, el puertorriqueño participó “en varias de
las operaciones de inteligencia más productivas y eficientes», incluyendo
golpes militares contra los principales líderes de las FARC, Raúl Reyes y el  Mono Jojoy, y la importante liberación en
2008 de un grupo de rehenes de las FARC, entre ellos tres contratistas del
gobierno estadounidense e Ingrid Betancourt. O sea, un hombre de armas llevar
(y disparar). La cadena Univisión comentó que “no pudo encontrar una fotografía
de Cruz ni ninguna referencia a él en Internet, una muestra de su trabajo como
espía.” Pues ese se encargará ahora de todos nosotros, los del Hemisferio
Occidental. A estas enternecedoras figuras hay que agregar los nombres de John
Kelly, ex general de los Marines y ex Jefe del Comando Sur es Jefe de Gabinete
de Trump; de Liliana Ayalde, número dos del Comando Sur y casualmente ex
embajadora en Paraguay y Brasil en tiempos de los “golpes blandos” contra Lugo
y Dilma; y el de la actual jefa de la CIA, Gina Haspel, una mujer de rostro
encantador con más de treinta años de carrera en la agencia y el mérito de
haber dirigido una prisión clandestina en Tailandia en el 2002, donde
sospechosos de terrorismo fueron objeto de torturas aplicándoseles la técnica
del “submarino” bajo su supervisión y, al menos en un caso, su personal
administración.


  No es la primera vez que Cuba tiene que
vérselas con personajes como estos. Lo que ocurre es que ahora están en la
superficie; antes, en cambio, se movían tras bambalinas pero de una forma u
otra siempre estuvieron allí, en lo que se llama en Washington el “deep state”, el estado profundo, elegido
por nadie y que ante nadie da cuenta de sus actos. Sin dudas que el gobierno y
el pueblo cubanos sabrán enfrentar esta nueva ofensiva. Y que los halcones de
Washington tampoco podrán enfilar todas sus baterías en contra de Cuba, y de
Venezuela, porque toda su atención está concentrada en la histórica reunión de
los dos jefes de estado de Corea del Norte y Corea del Sur que provocó un
terremoto de vastas proporciones en el tablero de la geopolítica mundial. La
guerra comercial declarada contra China requiere más que nunca mantener, en
Corea del Sur y a tiro de cañón del litoral marítimo chino, un inmenso aparato
militar con unos 35.000 hombres y equipamiento de última generación. Si el
diálogo entre las dos Coreas prospera a Washington le será muy difícil continuar
con sus tropas y armamentos en el Sur. Y el objetivo militar más importante no
es Corea del Norte sino China. Podría parecer exagerado pero el sorpresivo
acuerdo entre las dos Coreas es una da las mayores humillaciones diplomáticas
sufridas por la Casa Blanca en mucho tiempo, y de una trascendencia que nos
atreveríamos a decir superior a la que en su momento tuvo la derrota del ALCA
en Mar del Plata en el 2005. Y un inesperado dolor de cabeza para la Casa
Blanca que estará muy ocupada (y sin tanto tiempo ni gente para acosar a Cuba)
para evitar que la situación en el Sudeste asiático se le escape de las manos.