(Por Atilio A. Boron *) Los cancilleres de la UNASUR debían haberse reunido
en Montevideo hace poco más de una semana. Un áspero entredicho, ocasionado por
una insólita declaración del vicepresidente uruguayo que puso en duda la
afirmación del gobierno  bolivariano
sobre la injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de Venezuela, dinamitó
la reunión.  Alguien propuso que la misma
debía posponerse hasta el 23 del corriente mes pero  el presidente Rafael Correa, consciente de la
extrema gravedad de la amenaza que se cierne sobre Venezuela, enmendó tamaña
insensatez y convocó a una reunión extraordinaria de cancilleres en la sede de
la UNASUR, en Quito. Como resultado de esas deliberaciones la organización emitió
dos comunicados: en uno compromete el apoyo de su Secretaría General para
continuar el “
más amplio diálogo político con todas
las fuerzas democráticas venezolanas, con el pleno respeto al orden
institucional, los derechos humanos y el estado de derecho” a la vez que
manifiestan su apoyo a la celebración de las próximas elecciones
parlamentarias. En el otro rechazan al Decreto Ejecutivo firmado por Obama el 9
de marzo por constituir “una amenaza injerencista a la soberanía y al principio
de no intervención en los asuntos internos de otros Estados” a la vez que
“solicita la derogación del citado Decreto Ejecutivo.”  


    Teniendo en cuenta la heterogeneidad
del mapa sociopolítico sudamericano, con gobiernos de izquierda, progresistas y
de derecha, ambas declaraciones constituyen casi un milagro, sobre todo la
segunda. Pero queda un sabor amargo en la boca porque ante un Decreto Ejecutivo
que en los casos de Libia, Siria, Ucrania, Irak, Irán, Costa de Marfil,
Liberia, Somalía y Sudán del Sur precipitaron gravísimas agresiones militares
no hubo consenso entre los jefes de estado de la UNASUR para convocar a una
cumbre presidencial extraordinaria para emitir una declaración conjunta que,
sin duda, habría resonado con mucha más fuerza en Washington. Sorprende el
mutismo de algunos presidentes de la región: o no perciben la gravedad de la
iniciativa de la Casa Blanca -una larvada “declaración de guerra” contra el
gobierno bolivariano y el pueblo venezolano- o, peor aún, sí la perciben pero no
parecen tener la voluntad política necesaria como para rechazar con
contundencia este enésimo capítulo del intervencionismo norteamericano.
     ¿Qué hacer ahora? La UNASUR se
expidió y solicitó la derogación del Decreto Ejecutivo? Es harto improbable que
Obama preste oídos a esta petición.  El
imperio no sólo es prepotente, también es soberbio.  Por lo tanto se abren dos senderos. Uno, si la
Casa Blanca aceptara derogar su decreto. Esto descomprimiría la situación en
Venezuela porque quien atiza el fuego de la sedición es más Washington que la
débil y desprestigiada oposición vernácula, víctima de una fenomenal orfandad
de ideas y cada vez más mimetizada con el modus
operandi
del paramilitarismo, lo que por cierto disgusta y mucho a los
venezolanos, aún a quienes se oponen al gobierno. Pero el objetivo estratégico
de Washington es precisamente perpetuar la crisis en Venezuela, para lograr el
“cambio de régimen”, eufemismo por “golpe de estado”, blando o duro, poco
importa. Por consiguiente, lo más probable será que Obama opte por el segundo
camino y reafirme su postura inicial, antelo cual los gobiernos de la UNASUR, y
por extensión de la CELAC, aunque sea como producto de su instinto de
conservación, deberían responder elevando la apuesta anunciando que en tal caso
desistirían de asistir a la próxima Cumbre de las Américas programada para
tener lugar en Panamá entre el 8 y el 10 de Abril próximos. Sería un alarde de
ingenuidad suponer que lo que hoy Estados Unidos está haciendo en Venezuela no
lo repetiría con cualquier gobierno que sea percibido como poco dispuesto a
inclinarse ante sus órdenes. De donde se desprende un serio desafío para los pueblos
y los gobiernos de Nuestra América: ¿qué hacer si la previsible escalada que
siempre han desatado decretos como el que firmara Obama se traduce en una
agresión norteamericana antes de la cumbre? Por ejemplo, un embargo financiero que
paralice la operación de PDVSA o perturbe el flujo del comercio exterior; un
bloqueo de los puertos (como hicieron en la Nicaragua sandinista) o una “zona
de exclusión aérea”, como en Libia; o una oleada de atentados terroristas como
las que perpetraron en Cuba, Chile y Nicaragua. En cualquiera de estos dos
escenarios, la amenaza o la agresión, ¿qué sentido tendría asistir a un diálogo
bajo estas circunstancias?  ¿Quién se
sienta a una mesa de negociaciones cuando uno de los actores apunta con un arma
a la cabeza de otro?  La UNASUR y también
la CELAC deberían enviar un claro mensaje a Washington afirmando que sin la
derogación del decreto las condiciones mínimas para realizar una constructiva
conferencia internacional están ausentes y que la cumbre de Panamá deberá
suspenderse hasta nuevo aviso. Para Obama sería un serio revés ya que
pondría en evidencia el repudio regional que suscita su política belicista y,
tal vez, podría llegar a revisar su postura.
      No caben dudas de que la Casa
Blanca programó cuidadosamente  sus dos
movidas en el ajedrez geopolítico regional: la “apertura” en relación con Cuba
y el endurecimiento de su trato a Venezuela, ambas efectuadas en vísperas de la
cumbre. Sabe que la simultaneidad de ambas políticas, precisamente por su
contradicción, puede crear profundas fisuras dentro de la UNASUR y la CELAC. Algunos
serán seducidos por la “política cubana” de Obama y en ausencia de una agresión
física contra Venezuela con anterioridad a la cita en Panamá serán propensos a
creer, por enésima vez, en las rosadas promesas del imperio. Otros desconfiarán
de sus intenciones, como ya lo han hecho saber Evo Morales y Rafael Correa. Es
imposible –y temerario- olvidar que el objetivo que Washington busca sin pausa desde
que Hugo Chávez lanzara su cruzada bolivariana ha sido mantener la
fragmentación y balcanización de Latinoamérica y destruir la UNASUR y la CELAC.
Divide et impera es un viejo adagio
de los romanos cuya vigencia se ha encargado de recordar una y otra vez quien
hoy es el mayor pensador del imperio, Zbigniew Brzezinski. Gracias al “huracán
Chávez” América Latina y el Caribe dieron grandes pasos por la senda de la  integración y la unidad, provocando hace casi
diez años la gran derrota el ALCA. Washington sabe que esos avances integracionistas
son incompatibles con sus designios. Por eso trabaja activamente para
implosionar la UNASUR y la CELAC. Hay que frustrar esos planes del imperio y
mantener la unidad lograda con tanto esfuerzo, pero también es preciso impedir
que con la tranquila realización de la cumbre, al desestimarse el grave peligro
que se cierne sobre Venezuela, Obama consiga una “carta blanca” para después de
ese cónclave, y con su foto rodeado de sonrientes presidentes de la región, la
maquinaria de guerra de su país descargue toda su furia  contra la patria de Bolívar y Chávez.       
      
Algunos aducirán que dado que no parece haber consenso
dentro de la UNASUR es mejor esperar. ¿Esperar qué cosa? ¿Que el imperio haga
su próxima movida en el ajedrez geopolítico regional, que seguramente no será
solamente verbal, luego de lo cual podría ver la luz un comunicado  post
bellum
lamentando los daños causados y las vidas perdidas a causa de la
prepotencia imperial? ¿O es que creen que los “poderes reales” de Estados
Unidos-no Obama, sino esos que nunca aparecen en la superficie, que nadie elige
y que ante nadie rinden cuenta- que montaron este fatídico escenario bélico no
han pensado ya las sucesivas movidas que harán en el tablero regional con el
propósito de subordinar a toda la región a los dictados de un poder imperial
consciente de haber iniciado su inexorable decadencia? En términos políticos la
pasividad de la UNASUR, y también de la CELAC, significaría que Washington,
gracias a los “caballos de Troya” que con su apoyo medran en estos organismos
para neutralizar su accionar, se saldría con la suya, imponiendo gracias a la
regla de la unanimidad y su capacidad de veto la indiferencia o el mutismo ante
la más seria amenaza proferida por la Casa Blanca en contra de un país de
América Latina y el Caribe en décadas. De ser así los “proxis” de Estados
Unidos ocasionarían una parálisis que progresivamente conduciría a la
inexorable defunción de ambas organizaciones. Si el silencio  cómplice fuese la opción triunfante los
gobiernos que dicen ser solidarios con Venezuela se enfrentarían a dos
alternativas: legitimar con su pasividad la embestida de la Casa Blanca o dar
un paso al frente sin más demoras para no convalidar, con el pretexto de preservar
la unidad de los gobiernos del área, la agresión norteamericana que, huelga
decirlo, no es sólo contra el gobierno bolivariano.
Nadie
puede llamarse a engaño:
el derrocamiento de Nicolás Maduro se inserta en un plan más general con el
que Washington intentará rediseñar el mapa sociopolítico de América Latina y el
Caribe. La agresión a Venezuela desencadenaría un “efecto dominó” que, más
pronto que tarde, arrasaría con todos los gobiernos de izquierda y progresistas
de la región. Argentina y sobre todo Brasil ya han estado probando algunas
dosis de esta medicina.
     
Conclusión:
habrá que examinar muy cuidadosamente todo lo que Washington haga y diga en los
próximos días, y si una semana antes de la cumbre el decreto no ha sido
derogado, la mejor opción para Nuestra América será abstenerse de acudir a esa
cita. Vivimos tiempos muy peligrosos: basta con echar una mirada a Medio
Oriente (Siria, Irak, el Estado Islámico) y Europa (la crisis ucraniana) o
África (Nigeria, especialmente) para comprender que en su fase de declinación
Estados Unidos no será detenido por ninguna consideración moral. La
UNASUR y la CELAC no escapan a las trágicas
determinaciones de la época y tendrán que armarse ideológica y políticamente
para repudiar y rechazar los designios de la Casa Blanca. Como ocurre con todas
las crisis, esta también hará lo que le es propio: iluminar con potentes luces
la escena política regional y comprobar quienes son los gobiernos que de verdad
apoyan al proceso bolivariano en Venezuela -y, por extensión, a las luchas
emancipatorias de toda Nuestra América- y quienes lo hacen de la boca para
afuera, es decir, mientras Washington no emita una orden en contrario. Los
primeros salvarán su honor como patriotas latinoamericanos; los otros, por su
indiferencia, silencio o cobardía, se hundirán para siempre en la deshonra. En
pocos días sabremos quienes están en uno u otro lado.

* Por razones
de espacio un muy breve resumen de este artículo fue publicado en la edición
del 21 de Marzo del 2015 en el diario Página/12.