Caracas, 6 Julio 2012

Ayer prometí una extensa nota relativa a cómo lo vi a Chávez. Aquí va, porque lo prometido es deuda.
Abrazos bolivarianos,
Atilio A. Boron

Chávez, con la hija de una funcionaria de su gobierno, en Palco Presidencial 

¿Cómo está Chávez?
(Por Atilio A. Boron) Quisiera compartir con todas y
todos unas impresiones personales, intercaladas con algunos elementos de
análisis, acerca de un día inolvidable. Hacía un tiempo que no veía al
presidente Hugo Chávez y tenía, como todos, una ansiedad muy grande ante la
posibilidad de verlo de cerca, tal vez de estrechar su mano. Me preocupaba su
salud; por él, como entrañable amigo y por Nuestra América, por la cual tanto
ha hecho. Y además porque Chávez es, como dice el verso de Bertolt Brecht, uno
de los “imprescindibles”; esos que como Fidel, lucha todos los días,
veinticuatro horas al día, sin tregua y sin pausa.
La ocasión fue la conmemoración
el día 5 de Julio del 201º aniversario de la declaración de independencia de
Venezuela, que tuvo por escenario la Asamblea Nacional.
Todo comenzó con el ingreso del presidente al recinto, en donde ya se lo pudo
ver en buena forma, animado y con muy buen semblante. Luego de saludar a varios
de los allí presentes, con la calidez de siempre, tomó su lugar en el presidium
y a continuación el diputado Earle Herrera, del PSUV, procedió a leer el Acta
de la Declaración
de la Independencia,
firmada entre otros por esa figura descomunal que fue Francisco de Miranda. Confieso
que desconocía los detalles de ese texto, bastante extenso, y en el cual la
firma de los congresistas que la proclamaron es precedida por una notable
fundamentación doctrinaria y teórica que, hasta donde yo recuerdo, no he visto
en ninguna otra acta de ese tipo. Al escuchar su profundo contenido pude
comprender que la genial  estatura –política,
filosófica y militar- de Simón Bolívar no fue un capricho de la biografía o un
rayo en un día sereno. Existía en esa notable Capitanía General de Venezuela
una tradición cultural y filosófica de una envidiable densidad teórica,
personificada en las brillantes figuras de Miranda y en la del maestro, tutor y
amigo de Bolívar, Simón Rodríguez. Tradición que, como se decía más arriba,
quedó estampada para la posteridad en el Acta del 5 de Julio de 1811. (clic abajo para continuar)

Ese venerable documento, que
tanto me sorprendió, contiene algunos párrafos que destilan un
anti-imperialismo que son de una sorprendente actualidad. Me limito tan sólo a
acotar el siguiente:
“A pesar de nuestras protestas, de nuestra moderación, de nuestra
generosidad, y de la inviolabilidad de nuestros principios, contra la voluntad
de nuestros hermanos de Europa, se nos declara en estado de rebelión, se nos
bloquea, se nos hostiliza, se nos envían agentes a amotinarnos unos contra
otros, y se procura desacreditarnos entre las naciones de Europa implorando sus
auxilios para oprimirnos.”
Reemplácese Europa por Estados
Unidos y se comprobará que eso de declararnos rebeldes o revoltosos, de sufrir
bloqueos, de padecer hostilidades, de ser invadidos por agentes que provocan
amotinamientos contra los gobiernos populares (policías o algunos sectores
minoritarios de los pueblos originarios en Ecuador y Bolivia, o golpes de
estado “institucionales” como en Honduras y Paraguay) no tiene nada de nuevo.
Son las clásicas políticas que ensayan los imperios en su fase de decadencia.
Así lo entendieron los venezolanos que hace dos siglos declararon su
independencia, y así debemos entenderlo también hoy. Muchas, si bien no todas,
de esas protestas contra los gobiernos de izquierda tienen por detrás la
siniestra mano del imperialismo. Hace doscientos años tanto como hoy.   
Luego de la lectura de ese
documento tomó la palabra el Canciller Nicolás Maduro. En su alocución realizó
una brillante síntesis de la evolución de las relaciones entre América Latina y
el Caribe y Estados Unidos, subrayando como desde sus primeros discursos,
cartas y escritos Simón Bolívar percibió con sorprendente precocidad el nefasto
papel que el país del Norte estaba llamado a cumplir en esta parte del mundo.
Valga como ejemplo esta afirmación del Libertador:
«los Estados Unidos
parecen destinados por la
Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad
» (Carta
al Señor Coronel Patricio Campbell, Guayaquil, 5 de agosto de 1829)
Maduro expuso el lacerante
itinerario histórico de esa relación, señalando los hitos principales que a lo
largo de dos siglos ratifican la invariante continuidad de la política de
Estados Unidos hacia Nuestra América, sintetizada en la Doctrina Monroe (1823):
fomentar la desunión de nuestros países, desestabilizar gobiernos que se
opongan a los intereses imperiales, provocar y ejecutar golpes de estado,
asesinar líderes y militantes antiimperialistas, atraer con toda clase de
maniobras y artilugios a los sectores dominantes de la región y a las clases y
capas populares, víctimas privilegiadas de la manipulación y propaganda
políticas del imperio. Tal como lo expusiera en Facebook, Twitter y mi propio
blog, el discurso de Maduro fue, por su exhaustividad y su sustancia, uno de
los mejores que escuché de labios de un canciller de América Latina y el Caribe
en mucho tiempo. Es un notable material de estudio, que será  necesario publicarlo y otorgarle la más
amplia difusión internacional.
A continuación habló Chávez, en
línea con el tema que había suscitado la intervención de Maduro. Anunció que la
suya sería una breve intervención, y pese a la incredulidad de su auditorio así
lo hizo. Se lo notó agudo y filoso como siempre, sus ojos brillantes y llenos
de vida, su prosa con un fluir pulcro y a la vez rotundo en su argumentación. Denunció
al  imperio y sus aliados, la burguesía y
las oligarquías locales (“autóctonas” que no nacionales, como decía el Che) como
enemigas irreconciliables de los pueblos, y sus luchas emancipatorias no pueden
sino tropezar con la más enconada oposición de Washington y sus peones
vernáculos. El capitalismo condena a la humanidad, siguió diciendo, y es
irreformable. Ya está desahuciado y no tiene futuro. Sólo el socialismo puede
salvar a la especie humana de la irreparable destrucción que el metabolismo del
capital impone sobre la naturaleza y la sociedad. No hay democracia verdadera
sino en el socialismo, dijo, repitiendo el clásico dictum de Rosa Luxemburg. Fustigó al golpe de estado en Paraguay y
lo comparó con el que él mismo había padecido en el 2002. Y dijo que en aquel
país, como antes en Venezuela, ahora acusan al depuesto presidente Lugo de
urdir un golpe de estado contra quien usurpara su cargo, Federico Franco. Y contó
que a él también lo acusaron, cuando las masas y las fuerzas armadas, en una
unión tan inesperada como virtuosa lo reinstalaron en el poder, de haber
perpetrado un golpe de estado a Carmona, el energúmeno aquel que catapultado
por el golpe del 11 de Abril quiso deshacer de un plumazo las conquistas
históricas del chavismo. En estos tramos Chávez hizo gala de su agudo sentido
del humor al comentar con sorna estas piruetas retóricas por las cuales quienes
transgredían la constitución y las leyes de la república se autovictimizaban, a
la vez que convertían a sus víctimas en tenebrosos villanos.
Fue un discurso breve y
contundente, claro, profundo, propio de un estadista y de un revolucionario.
Las palabras revolución, socialismo y democracia brotaban continuamente de sus
labios, y su minuciosa y permanente relectura de los textos de Bolívar le
ofrecía siempre una analogía o una idea pertinente del Libertador, lo que le
permitía hilvanar -como Fidel lo hizo magistralmente con Martí al concebirlo
como “el autor intelectual del asalto al Moncada”- la problemática y los
desafíos del presente con la tradición de lucha antiimperialista de Bolívar y,
por supuesto, de Martí y los próceres de la patria grande latinoamericana,
insistiendo reiteradamente en la urgente necesidad de culminar el proyecto  integracionista por el cual aquellos ofrendaron
sus vidas. Fue un discurso breve pero sin desperdicios, pronunciado por un
hombre que hablaba con la pasión de sus mejores momentos pero con un componente
analítico y reflexivo que si ya antes lo tenía -¡y vaya si lo tenía!- ahora lo
ha perfeccionado. Un Chávez a quien su enfermedad le permitió hacer un alto en
la vorágine cotidiana de la gestión y meditar sobre lo humano y lo divino,
enriqueciéndolo como persona y como jefe de una revolución. Al terminar su
intervención invitó a los allí presentes a acompañarlo a presenciar el desfile
cívico-militar.
Hasta allí llegó Chávez en un
auto descapotado, ante el delirio de la multitud que se había dado cita en las
amplias y cómodas graderías del Paseo de los Próceres. Derrochaba energía a
cada paso, saludando a todo el mundo, interesándose por la hijita de una
funcionaria que estaba en el palco presidencial, saludando con desbordante
simpatía a diestra y siniestra y gastando bromas con algunos conocidos. A quien
esto escribe lo paralizó con un inesperado saludo (prueba de que su agudo
sentido del humor, síntoma de vitalidad si los hay, seguía intacto)  llamándole 
“¡general Atilio Boron!” y haciendo una aparatosa venia. Riéndose a mandíbula
batiente con su chanza hizo lo mismo con Ignacio Ramonet, que estaba a mi lado,
y a quien le dispensó el trato de “mariscal, porque como tú eres francés allá
el grado máximo es mariscal”. Y a Piedad Córdoba le dijo que el beso que le
había dado horas antes en la Asamblea
Nacional lo obligaba a no lavarse la cara muchos días;  y al ex guerrillero colombiano Antonio Navarro
Wolf lo sorprendió recordándole risueñamente que en una época sus superiores lo
obligaban a perseguir guerrilleros y ahora los tenía como invitados de honor de
su gobierno. Al colombiano, y también a Nidia Díaz, la heroica comandanta de
las luchas del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional y a tantos otros
que se agolpaban en el palco. Ni el Nuncio Apostólico escapó a sus humoradas:
el hombre aguantó a pie firme (y protegido por 
un buen sombrero) los rayos del sol que calcinaban el palco presidencial
y por eso lo condecoró, a voz de cuello, con la “Orden del Sol”, diciéndole que
en anteriores ocasiones revolucionarios de férreas convicciones no soportaron
la furia del astro rey y habían dejado al presidente en soledad, resistiendo a
pie firme la canícula. Felicitó al Nuncio por su solidaridad ante similares
circunstancias.
                                  
Para resumir: a Chávez se lo ve
muy bien, mucho mejor de mis más optimistas expectativas. Está vital, vibrante
y brillante, y presidió sin acartonamientos una ceremonia que no vacilo en
calificar de impresionante, y esto por dos razones. Primero, por la
extraordinaria presencia del componente cívico, popular, que abrió la parada.
Ver desfilar médicos y enfermeras de las distintas misiones; científicos;
campesinos; indígenas; obreros de las más diversas ramas; gente de pueblo de
todas las profesiones y procedentes de distintos puntos del país; mujeres y jóvenes
marchando orgullosamente y saludando con verdadera devoción a su líder es una
saludable anomalía en Nuestra América, donde los protagonistas excluyentes de
los desfiles son las fuerzas armadas. No en este caso. Y, segunda razón, un
desfile impresionante por la apabullante exhibición de un poderío militar que
hizo que los agregados militares de muchos países agotaran las baterías de sus
filmadoras para grabar el paso de las distintas fuerzas con sus sofisticados
armamentos y, sobre todo, el  intimidante
despliegue de cohetería y, posteriormente, de helicópteros y aviones de última
generación que sobrevolaron raudamente sobre nuestras cabezas. Un oportuno
mensaje, por cierto, para quienes dentro y fuera de Venezuela alucinan con el
derrocamiento de Chávez por la vía de un golpe militar. Esa gente ahora tendrá que
hacer muy bien sus cuentas porque, afortunadamente, la revolución bolivariana
no está indefensa ya que la identificación de las fuerzas armadas con el
proyecto socialista parece estar muy sólidamente arraigada.
Fue muy emocionante ver marchar
a las milicias populares, muy bien pertrechadas y además con sus cánticos
antiimperialistas y socialistas. Sólo los ingenuos pueden suponer que un
proceso revolucionario orientado hacia la construcción del socialismo -y eso es
lo que, a su manera y a sus tiempos, está haciendo la revolución bolivariana- podrá
defenderse apelando solamente al embrujo de la palabra o a la eficacia
persuasiva del discurso. Eso puede valer en las pequeñas discusiones del
mundillo académico, intrascendentes a la hora de hacer la historia. Pero al
imperialismo, siempre conspirando y agrediendo, no se lo disuade con esos
recursos porque sólo entiende el lenguaje de la guerra. En el marco de la
brutal contraofensiva lanzada por Washington sobre nuestros pueblos, y en
primer lugar sobre los países del ALBA, la mejor manera de evitar la agresión
militar del imperio –que sobrevendría una vez fracasadas su beligerancia
mediática y sus conspiraciones políticas- es preparándose meticulosamente para
ella, elevando así el costo que podría tener para Estados Unidos cualquier
aventura militar en la
Venezuela bolivariana. Es una desgracia, pero ni Chávez, ni
Raúl (o Fidel, antes), ni Evo ni Correa tienen otra opción que fortalecer sus
aparatos de defensa sin lo cual cualquier proyecto emancipatorio, por moderado
que sea, sería ahogado en sangre. Si Estados Unidos ha cercado toda América
Latina y el Caribe con un rosario de 46 bases militares (según el último
recuento del MOPASSOL), los gobiernos progresistas y de izquierda deben actuar
en consecuencia y prepararse para ello. Esto los obliga a invertir en defensa
partidas presupuestarias mayores de las que hubieran deseado (recursos que
podrían destinarse al desarrollo social) para repeler una agresión militar que,
con toda seguridad, Washington descargará –directamente o mediante algún proxy
de la región- sobre nuestros países en el momento en que la cacería de los
recursos naturales se convierta en una cuestión de vida o muerte, para lo cual
no habrá que esperar demasiado tiempo. Salvo que se piense, como lo hacen algunos
gobernantes desaprensivos y las incorregibles buenas almas socialdemócratas,
que esas bases se instalaron para que sus ocupantes se deleiten con la
observación de los hermosos plumajes de nuestros pájaros o para llevar a cabo
las ayudas humanitarias que sus ocupantes fueron incapaces de concretar cuando,
en 2005, el huracán Katrina asoló New Orleans.