25.6.2014


Comparto  nota de CLARIN del día de ayer, retomando mis dichos acerca de lo ocurrido en mi viaje a Córdoba, y una reflexión sobre la misma. (Para más información, ver mis posteos anteriores en Facebook)


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CLARÍN, 24 de Junio del 2014, pg. 14

Aspera polémica entre
Bárbaro y Borón

Por
un gesto de intolerancia

Dos politólogos,
Julio Bárbaro y Atilio Borón, se trenzaron en una áspero debate sobre la
intolerancia, tras coincidir días atrás en un vuelo a Córdoba, en el que
también viajaban los ex funcionarios Graciela Fernández Meijide y Javier
González Fraga, el economista Miguel Broda y el periodista Joaquín Morales
Solá. La piedra del escándalo fue el exabrupto que publicó Borón, un académico
ligado al PC y acérrimo defensor del kirchnerismo, en su cuenta de Facebook:
dijo que le causó “una sensación desagradable” compartir el vuelo
con esas figuras. Y las definió como “gente que convalidó la dictadura
cívico-militar”.
Bárbaro le replicó
con una carta que también publicó en la Web. “Hubiera sido un excelente
dirigente tanto en la Gestapo como en la KGB;
 en la Inquisición, un
discípulo de Torquemada, en espacios menos pretenciosos un simple denunciante
de disidentes”, afirmó el dirigente histórico del peronismo.
“Creí que entraba
en un tren fantasma o, lo que es igual, a un set de TN”, había
expresado Borón en su cuenta, tras alegar que dudó en bajar del avión.
En su respuesta, Bárbaro ironizó: “Me lo imagino (a Borón) viajando en el mismo
vuelo con Lázaro Báez o Amado Boudou. Ahí sí se hubiese sentido acompañado
por la revolución socialista
, y si se encontraba con Alicia Kirchner o
alguno de los tantos héroes que enfrentaron con valentía a la dictadura, que
alegrías habría compartido. Ni hablemos si se encontraba con Gildo Insfran, el
que le pago los siete millones a Boudou, esos amigos juntan fondos para la
revolución”.  Y remató: “En el gobierno de Menem la cosa estaba clara, Borón
dialogaba conmigo en televisión y visitaba a Morales Solá”.

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Leo con sorpresa la nota que en el día de
ayer dedicara Clarín a una “áspera polémica entre Julio Bárbaro y yo”. En
primer lugar por el asombroso nivel de desinformación del autoproclamado “gran
diario argentino” que debería instruir a sus periodistas y editores a verificar
cuidadosamente la veracidad de sus afirmaciones. Calificarme a mí como
“acérrimo defensor del kirchnerismo” es una nueva muestra, la enésima, del modo
sesgado y chapucero con que, en su empecinamiento por denostar al gobierno, el
diario maneja y difunde la información. Si el encargado de redactar esta nota
se hubiera tomado la molestia de repasar los posteos que publico en mi blog, o
mis numerosas intervenciones en las redes sociales, además de tomar nota de las
innumerables conferencias públicas pronunciadas dentro y fuera de la Argentina no
habría caído en tan grosero error.
Siempre he tratado de evaluar al
kirchnerismo con el máximo de objetividad, reconociendo sus aciertos como el
juicio y castigo a los responsables de la dictadura cívico-militar
(universalmente aclamado y puesto como ejemplo en muchos países); la “ley de
medios” que propicia la democratización de una estructura oligopólica
profundamente incompatible con la vida democrática; la estatización de las AFJP
y la enorme expansión del régimen jubilatorio; el matrimonio igualitario; la
Asignación Universal Por Hijo; la notable expansión del presupuesto dedicado a
la educación y al desarrollo de la ciencia y la tecnología; la recuperación de
Aerolíneas Argentinas y la reorientación de la política exterior, dejando atrás
el nefasto período de las “relaciones carnales” que tanto aplaudieran los
medios hegemónicos y el pensamiento de la derecha en nuestro país. Evaluación
que no deja de reconocer sus errores y los límites de este proceso porque, por
ejemplo, en medio de un contexto de crecimiento económico a tasas chinas el
declarado combate a la pobreza no tuvo los resultados esperados,
cristalizándose una estructura de desigualdad económica muy marcada en donde
inclusive la CTA oficialista reconoce que existe en la Argentina casi un 18 %
de la población en condiciones de pobreza, cifra que se sitúa aproximadamente a
mitad de camino entre las estimaciones oficiales del INDEC y las del
Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina. Errores y
déficits también todos ellos señalados en mis diversas intervenciones, en
relación a la no derogación de la Ley de Entidades Financieras de Martínez de
Hoz; o la Ley de Inversiones Extranjeras del menemismo; o a la inadmisible
regresividad de régimen tributario; o a la ausencia de una política
(heterodoxa) anti-inflacionaria que ponga a salvo la efectividad de la gran
inversión social realizada en los últimos años; o a los ridículos cánones
pagados por la megaminería y las petroleras en la Argentina; o a la errónea
política agraria que ha conducida a la sojización de amplias regiones del agro
argentino; o el acuerdo secreto con Chevron en relación a Vaca Muerta (secreto,
¿en democracia?); o en su negativa a derogar la legislación minera del
menemismo, a realizar una auditoría integral de la deuda externa antes de la
quita de los bonos de la deuda realizada por Kirchner-Lavagna; o a aprobar una
Ley Antiterrorista a pedido de “la embajada”; o negarse a restablecer los
aportes patronales derogados por el cavallomenemismo, etcétera. He sintetizado
muchas de estas críticas en sucesivos artículos publicados en mi blog desde
hace ya varios años (buscar bajo la etiqueta de “kirchnerismo” y “modelo”) planteando
mis reservas en relación al así llamado “modelo” pero sin desconocer los
avances positivos que hubo en el período, sobre todo en materia de inclusión
social. No obstante, y pese a las ya señaladas limitaciones -cuya raíz se
encuentra en la ilusión inherente a la tradición peronista de que es posible
construir un “capitalismo serio” o “con rostro humano” y su histórico rechazo a
cualquier planteamiento que perfile un horizonte pos-capitalista como necesaria
ruta hacia la emancipación social- el kirchnerismo es una propuesta política mejor
que la que impulsan sus potenciales sucesores en la Casa Rosada, que arden en
deseos de volver a los dorados noventas, abandonar la orientación
latinoamericana de nuestra política exterior, profundizar las políticas
neoliberales y reducir la inversión social (que no es un “gasto”) al mínimo
posible dejando, como lo recuerda Noam Chomsky a propósito del caso de Estados
Unidos, que el mercado se ocupe de los pobres mientras el estado se encarga de
proteger a los ricos. Hechas estas consideraciones, si Clarín quiere seguir caracterizándome
como un “acérrimo defensor del kirchnerismo” que lo haga. Quizás hay razones políticas,
que no periodísticas, y que no alcanzo a comprender que los lleva a atribuirme
esa condición. Que los lectores saquen sus propias conclusiones.
Unas palabras finales sobre los dichos de
Julio Bárbaro: primero para aclarar que contrariamente a lo que afirma, jamás
censuré sus opiniones. No las censuro pero me permito discrepar con ellas. Si
le llama censura a la crítica es porque hay una grave confusión filosófica. Efectivamente
me invitó una vez a su programa, hace fácilmente más de diez años, y nada más.
Como yo no tengo programa alguno, ni en los medios “independientes” ni en los
oficiales, no pude retribuir su amabilidad y mucho menos tener a mi alcance un
instrumento para censurar sus ideas. Jamás se me ocurriría censurar a nadie,
pero aún si por un dislate ocasional lo quisiera no podría. Lo mismo con
Morales Solá, que me invitó junto a Aldo Ferrer y al General Martín Balsa en
uno de las primeras emisiones de “Desde el Llano”, que terminó en un bochorno
porque justo un minuto antes de que se iniciara el programa vino una “orden
desde arriba” (¿Héctor Magnetto?) de sacarnos de los sitios que ya teníamos
asignados en la mesa para hacerle lugar a un personaje absolutamente ignoto que
durante media hora continuada, sin corte comercial alguno, parloteó acerca de
la conspiración que urdida por Eduardo Duhalde habría producido la caída del
gobierno de De la Rúa. Morales Solá estaba tan sorprendido como nosotros,
recuerdo que transpiraba copiosamente y escuchaba boquiabierto ese parlamento
seguramente motivado por alguna negociación secreta en curso entre “los de
arriba” y Duhalde, absolutamente reñida con la misión del periodismo. Ese fue
mi único y (no para mí) traumático contacto con el programa de Morales Solá. Mi
delito, por llamarlo de alguna manera, fue manifestar a posteriori que no me sentí
a gusto viajando con personajes que convalidaron a la dictadura cívico-militar o con
otros que ejercieron funciones de importancia durante el menemato o la Alianza
(y con algunos que estuvieron involucrados en todos estos procesos). Creo que
son muchísimos los argentinos y las argentinas que compartirían ese sentimiento
en situaciones similares a las que hube de atravesar. Todo lo demás que dice
Bárbaro es material de descarte con una fuerte tonalidad macarthista. Equiparar
el disenso y la crítica -respetuosa, sin insultos, como es mi costumbre- con
una actitud propia  de Torquemada, la
Gestapo o la KGB demuestra convincentemente que los opositores del kirchnerismo
y los miembros del elenco estable de TN tienen una concepción profundamente
autoritaria del ejercicio del poder y para los cuáles la disidencia es absolutamente
inadmisible. Tienen la verdad, y toda la verdad, y quien no acepte este truísmo
se convierte en una figura siniestra, un cruel inquisidor, o un criminal
policía político. Y encima de todo esto pretenden darnos clase de democracia,
tolerancia y republicanismo. ¡País generoso esta Argentina!