Mañana Domingo 17, segunda vuelta de la elección presidencial en Chile. A continuación, un análisis sobre el tema.

(Por Atilio A. Boron) Chile se enfrenta mañana
a una disyuntiva crucial: ratificar un modelo de país construido por la
siniestra dictadura pinochetista y el rumbo económico seguido durante décadas
por una democracia de (muy) baja intensidad y que finalmente dio luz a una
sociedad injusta, excluyente y de “manos libres” para un capitalismo depredador
como pocos; o, en esa vital bifurcación histórica, comenzar a transitar por un
camino alternativo pero que si a primera vista no parece muy diferente al
anterior, encierra posibilidades extraordinarias que no existían desde 1973 y
que chilenas y chilenos harían muy mal en desaprovechar.


Sospecho que habrá quienes al leer este
párrafo introductorio se encojan de hombros argumentando que  Sebastián Piñera y Alejandro Guillier son lo
mismo, que “les da igual” como tristemente lo decía una izquierda desastrada y
sonámbula en la Argentina cuando la opción era entre un emisario y
representante de Estados Unidos como Mauricio Macri y un político de centro,
“inmoderadamente moderado”, como Daniel Scioli, pero cuyas apoyaturas sociales,
compromisos políticos (que no rompió pese a que desde la Casa Rosada se lo
invitó a ello)  y vínculos con la
sociedad civil jamás le hubieran permitido, en caso que lo hubiera deseado,
impulsar el holocausto social que Macri está consumando en la Argentina.
También se decía que no había casi diferencias entre Dilma Rousseff y Aecio
Neves y su fuerza política. Consumada la destitución de Dilma aquellas mínimas
diferencias aparecen con rasgos pesadillescos: veinte años de congelamiento del
presupuesto de salud y educación y cuarenta y nueve años de aportes
jubilatorios para recibir una pensión, tal es la propuesta de Michel Temer. 
Por eso, sin negar que en el Chile de hoy las
diferencias entre los dos candidatos no son tan grandes como nos gustarían,
existen y abren una ventana de oportunidades que estaba herméticamente
clausurada desde aquel nefasto 11 de Septiembre del 1973. Si esto no satisface
a los espíritus más inquietos,
  ¿por qué
no avanzar por el camino de una “revolución socialista y anticapitalista”, como
quieren algunos? Porque no se puede, porque es una peligrosa ilusión.


 Quienes
la proponen deberían identificar el proceso insurreccional de masas en curso en
las calles y plazas de Chile, no el que se evoca en los claustros
universitarios o en los cafés de moda como recordaba hace algunos días Álvaro
García Linera.  Sin abusar de los
clásicos del pensamiento socialista es innegable que en el marco del capitalismo
dependiente latinoamericano no existe un solo país en donde exista la feliz
coincidencia de las célebres “condiciones objetivas y subjetivas” que dan luz a
una revolución anticapitalista. En ninguno. Y Chile no puede ser la excepción,
como no lo es Argentina, Brasil, México, Colombia e, inclusive, mismo Bolivia y
Venezuela. Ante ello, ¿qué hacer?

La respuesta la ofreció Fidel en su visita a
Chile en Noviembre de 1971, que tuve la inmensa fortuna de acompañar como un
fervoroso estudiante de la FLACSO. En su conferencia pública ante los
estudiantes de la Universidad de Concepción se le planteó una pregunta que se
relaciona con la coyuntura actual de Chile: ¿qué estaba ocurriendo en Chile,
cuál era la naturaleza del proceso dirigido por Salvador Allende? Y la
respuesta de Fidel fue terminante: “si a mí me preguntan qué está ocurriendo en
Chile, sinceramente les diría que en Chile está ocurriendo un proceso
revolucionario. Y nosotros
incluso a nuestra Revolución la hemos llamado un proceso.  Un proceso todavía no es una revolución.  Hay que estar claros: un proceso todavía no
es una revolución.  Un proceso es un
camino; un proceso es una fase que se inicia.” Obviamente, Fidel descartaba el
milenarismo de quienes piensan a la revolución como un acto, un rayo que en un
día maravilloso cae del cielo y clausura en un santiamén un ciclo histórico y
alumbra el nacimiento de otro. Pero eso es religión, o magia, pero no análisis
político. Por eso el Comandante remató su argumento diciendo que algunos dicen
que “en tal fecha se produjo el triunfo de la revolución bolchevique,  y el triunfo de la Revolución Francesa, y el
triunfo de tal y más cual.  Y para que
nos entendieran, dijimos (que) el primero de enero no había triunfado la
Revolución.  Se había abierto un camino, se había creado
una posibilidad, se iniciaba un proceso.
 
Eso es lo que ocurría en nuestro país el primero de enero de 1959.” 



Y de eso se trata mañana en Chile: de abrir un
camino, un proceso que si se transita sustentado en la organización de las
clases y capas populares, en su formación y educación política, en estrategias
y tácticas adecuadas para ir cambiando progresivamente la correlación de
fuerzas sociales este primer paso puede, gracias a la dialéctica de la
historia, no olvidar eso, culminar en el nacimiento del nuevo Chile que tantos
queremos, dentro y fuera del país. El viejo Engels dijo una vez que uno de los
más graves errores que podían cometer los revolucionarios era hacer de su
impaciencia el fundamento de su táctica política. Un triunfo de Alejandro
Guillier abre la posibilidad de, por fin, comenzar a marchar hacia el cambio
profundo que chilenas y chilenos vienen reclamando hace tiempo ante la sordera
gubernamental.  Liquidar el mafioso
negociado de las AFP, garantizar educación gratuita de calidad, reconstruir el
sistema de salud pública, convocatoria por primera vez en la historia a una
Asamblea Nacional Constituyente, resolver la asignatura pendiente de los
mapuche y otros pueblos originarios, encarar seriamente la lucha contra la
corrupción y varios temas más que son por todos conocidos. Esta agenda se
abriría con su victoria, pero sería sellada a fuego por una ratificación de
Piñera. Será un camino arduo, cuesta arriba. Pero el Frente Amplio, la
esperanzadora novedad de Chile, debe enfrentar este desafío, y tras las
elecciones estar firme asegurando que esos compromisos -que sin duda
encontrarán resistencias enormes dentro del gobierno y desde los sectores económicos-
sean empujados por las grandes mayorías. Si en cambio se desalienta y abandona
la lucha, promueve la indiferencia y esta actitud se combina con el escapismo
de los impacientes que especulan con la ilusoria productividad política de la
abstención volverá a imponerse en Chile una derecha cada vez más radicalizada,
como infelizmente lo demuestra Macri en la Argentina.

No puedo concluir este
análisis sin subrayar la enorme importancia que la elección de este domingo
tiene para toda América Latina. Por primera vez desde el golpe contra Allende
una elección chilena adquiere proyección continental. Si Piñera es
derrotado  y si a esto se le suma a la de
Juan Osvaldo Hernández,  el lacayo del
imperio en Honduras, las chances de una recomposición progresiva del mapa
sociopolítico de América Latina se verán considerablemente reforzadas. Será un
poderoso estímulo  para el pueblo
brasileño, en su empeño por reinstalar a Lula en Brasilia. También para Andrés
Manuel López Obrador en México, para poner fin a la masacre que ha sumido en sangre
a ese país; o para fortalecer el apoyo al proceso de paz en Colombia, que el
amigo de Piñera, Álvaro Uribe, ha saboteado sin pausa; para forzar nuevas (y
honestas) elecciones en Honduras; para los argentinos que salieron a la calle a
parar la eutanasia política de los pobres, los adultos mayores y los sectores
más vulnerables que promueve la Casa Rosada. Por eso, no puedo sino terminar
estas líneas pidiéndole a las hermanas y hermanos de Chile que este domingo
dejen de lado sus aprensiones y el enojo que les provoca la decadencia democrática
sufrida durante casi medio siglo a manos de distintos gobiernos de la derecha y
salgan a votar con entusiasmo, con visión de futuro, como recordaba Fidel,  para abrir un camino. Si tal cosa llegara a
suceder, la construcción de un promisorio futuro para Chile estará en sus manos
y dependerá de su inteligencia política, vocación revolucionaria y capacidad de
organizar al campo popular.