Ayer, 17 de Agosto fue un día muy especial. Los compañeros
del Ministerio del Poder Popular para la Cultura de la República Bolivariana
de Venezuela llevaron a todos quienes vinieron desde el exterior a la entrega
del Premio Libertador al Pensamiento Crítico a visitar el nuevo Mausoleo donde
se preservan los restos de algunos de los más grandes patriotas de la
independencia de la Gran Colombia
y donde se encuentra depositada la espada del Libertador Simón Bolívar. Luego
de eso fuimos al Cuartel de la
Montaña, rebautizado por Chávez como el Cuartel 4 F en homenaje al alzamiento
militar encabezado por Chávez y que domo dijera, “por ahora” fuera derrotado.
 

 
 
Allí, en esa histórica fortaleza pudimos visitar la tumba que guarda sus restos y
todos fuimos presa de una profunda emoción. 
A mí me conmueve incluso ahora, casi un día después,  escribir estas líneas para compartir con
tantos militantes anti-imperialistas concientes de la inmensa labor hecha por
Chávez en el combate al imperio que le llevó su vida.  En el momento en que pasé al lado de su tumba,
y pude darle un postrero abrazo al frío mármol que lo protege, me embargó, y
todavía no me abandona, un sentimiento mezclado de tristeza, dolor y rabia. Una
rabia que pocas veces sentí en mi vida y que me llevó a pensar, o a alucinar,
que si se descubriese quien fue el autor material de la muerte de Chávez
(porque cada día estoy más convencido de que lo mataron) me presentaría como
voluntario para cumplir con la pena capital que cualquier corte seguramente
impondría e integrar el pelotón de fusilamiento que pondría fin a la vida del
canalla que asesinó a nuestro amigo. Declaro que no soy partidario de la pena
de muerte, pero lo que pasó con Chávez puso en crisis, para un magnicidio de
esta enorme trascendencia para las luchas de nuestros pueblos, la solidez de
aquella convicción.

La emoción y la rabia, esa mezcla explosiva de dolor y
furia, obedecía también a la comprobación física de que quien siempre me recibía
con una sonrisa y que invariablemente entremezclaba una broma con un
razonamiento profundo y luminoso, ya no estaba más entre nosotros. Y que se
trata de una pérdida irreparable. Hoy ví en Telesur una re-edición de uno de
sus “Aló Presidente”, y la forma como explicó la lógica del capitalismo, la
transformación de los valores de uso en valores de cambio y por lo tanto en mercancías,
y la inexorable consecuencia que este proceso tiene al organizar y profundizar
la explotación de los trabajadores, el reparto de la plusvalía entre distintas
fracciones de la burguesía y el empobrecimiento de la población, degradada al
rango de simple portadora de fuerza de trabajo, me dejó estupefacto. En pocas
palabras y con un lenguaje llano, y directo, comprensible para el pueblo, y
sumamente persuasivo sintetizó brillantemente lo que Marx escribiera, por
supuesto en El Capital o en el pequeño texto sobre “Trabajo asalariado y
capital”; o lo que Engels explicara en el Anti-Duhring. Ese es el hombre que
nos quitaron. Un imprescindible, como diría Bertolt Brecht, que luchaba siempre, todos
los días. Su ejemplo refuerza aquello que dijera Fidel: aunque nos digan que el
mundo se acaba en pocos años, nuestra obligación debe ser luchar, luchar sin
pausa, porque el enemigo imperialista y sus lacayos internos no descansan. A
diferencia de muchos “izquierdistas posmodernos” ellos sí creen que la lucha de
clases es permanente y omnipresente. Por eso, ¡a redoblar los esfuerzos, porque
se nos acercan tiempos muy tormentosos!