13.1.2015

COMPARTO la nota de Boaventura de Sousa Santos que publicara el Capítulo Cubano de la Red en Defensa de la Humanidad. Un aporte trascendente para meditar sobre una serie de hechos gravísimos que deberían conmover la conciencia universal, sin exclusiones de ningún tipo. Recordar el consejo de Baruch Spinoza: «no reir, no llorar: comprender

La repugnancia total e
incondicional que los europeos sienten ante estas muertes debe hacernos pensar
por qué razón no sienten la misma repulsa ante un número igual o mucho mayor de
muertes inocentes como resultado de conflictos que, en el fondo, ¿tal vez
tengan algo que ver con la tragedia de Charlie Hebdo? En el mismo día, 37
jóvenes fueron muertos en Yemen en un atentado con bomba. El verano pasado, la
invasión israelita causó la muerte de dos mil palestinos, de los cuales cerca
de 1.500 eran civiles y 500 niños. En México, desde el año 2000 fueron asesinados
102 periodistas por defender la libertad de expresión y, en noviembre de 2014,
43 jóvenes fueron asesinados en Ayotzinapa.
(Traducción de José Luis Exeni
Rodríguez)

El repugnante crimen cometido contra los periodistas y dibujantes del semanario
Charlie Hebdo hace muy difícil un análisis sereno de lo que está implicado en
este acto bárbaro, de su contexto y precedentes, así como de su impacto y
repercusiones futuras. Sin embargo, este análisis es urgente, bajo pena de
continuar avivando un fuego que mañana puede alcanzar a las escuelas de
nuestros hijos, nuestras casas, nuestras instituciones y nuestras conciencias.
Ahí están algunas pistas para tal análisis.

La
lucha contra el terrorismo, la tortura y la democracia

No se pueden establecer nexos directos entre la tragedia de Charlie Hebdo y la
lucha contra el terrorismo que los EUA y sus aliados están ejecutando desde el
11 de septiembre de 2001. Pero es sabido que la extrema agresividad de
Occidente ha causado la muerte de muchos millares de civiles inocentes (casi
todos musulmanes) y ha sometido a niveles de tortura de una violencia increíble
a jóvenes musulmanes contra los cuales las sospechas son meramente
especulativas, como consta en el reciente informe presentado al Congreso
norteamericano. Y también es sabido que muchos jóvenes islámicos radicales
declaran que su radicalización nació de la revuelta contra tanta violencia
impune. Ante esto debemos meditar si el camino para frenar la espiral de
violencia es continuar con las mismas políticas que la han alimentado como
ahora es demasiado patente.

La respuesta francesa al ataque muestra que la normalidad constitucional
democrática está suspendida y que un estado de sitio no declarado está en
vigor, que los criminales de este tipo, en lugar de ser apresados y juzgados,
deben ser abatidos, que este hecho no representa aparentemente ninguna
contradicción con los valores occidentales. Entramos en un clima de guerra
civil de baja intensidad. ¿Quién gana con ella en Europa? Ciertamente no los
partidos de izquierda como Podemos en España o Syriza en Grecia.
La libertad de expresión

Es un bien precioso pero tiene límites, y la verdad es que la abrumadora
mayoría de ellos son impuestos por aquellos que defienden la libertad sin
límites siempre y cuando sea «su» libertad. Ejemplos de límites son
inmensos: si en Inglaterra un manifestante dice que David Cameron tiene sangre
en las manos, puede ir preso; en Francia, las mujeres islámicas no pueden usar
el hiyab; el 2008, el dibujante Maurice Siné fue despedido de Charlie Hebdo por
haber escrito una crónica supuestamente antisemita. Esto significa que los
límites existen, pero son diferentes para diferentes grupos de interés. Por
ejemplo, en América Latina, los grandes medios, controlados por familias
oligárquicas y por el gran capital, son los que más claman por la libertad de
expresión sin límites para insultar a los gobiernos progresistas y ocultar todo
lo bueno que estos gobiernos han hecho por el bienestar de los más pobres.

Aparentemente, Charlie Hebdo no reconocía límites para insultar a los
musulmanes, incluso cuando muchos de sus dibujos fueran propaganda racista y
alimentasen la onda islamofóbica y antiinmigrante que avasalla a Francia y a
Europa en general. Además de muchos dibujos con el Profeta en poses
pornográficas, uno de ellos, bien aprovechado por la extrema derecha, mostraba
un conjunto de mujeres musulmanas embarazadas, presentadas como esclavas
sexuales de Boko Haram que, apuntando a sus barrigas, pedían que no les fuese
retirado el apoyo social a la gravidez. De un golpe se estigmatizaba el Islam,
a las mujeres y al Estado de bienestar social. Obviamente que, a lo largo de
los años, la mayor comunidad islámica de Europa se fue sintiendo ofendida por
esta línea editorial, pero fue igualmente inmediato su repudio por este crimen
bárbaro. Debemos, pues, reflexionar sobre las contradicciones y asimetrías en
la vida vivida de los valores que creemos son universales.


La
tolerancia y los «valores occidentales»

El contexto en que ocurrió el crimen es dominado por dos corrientes de opinión,
ninguna de ellas favorable a la construcción de una Europa inclusiva e
intercultural. Las más radical es frontalmente islamofóbica y antiinmigrante.
Es la línea dura de la extrema derecha en toda Europa y de la derecha cuando se
ve amenazada por elecciones próximas (el caso de Antonis Samarás en Grecia).
Para esta corriente, los enemigos de la civilización europea están entre
«nosotros», nos odian, tienen nuestros pasaportes; y esta situación
solo se resuelve liberándonos de ellos. La pulsión antiinmigrante es evidente.

La otra corriente es la de la tolerancia. Estas poblaciones son muy distintas
de nosotros, son una carga, pero tenemos que «aguantarlas», hasta
porque son útiles; empero, solo debemos hacerlo si ellas son moderadas y
asimilan nuestros valores. ¿Pero qué son los «valores occidentales»?
Luego de muchos siglos de atrocidades cometidas en nombre de estos valores
dentro y fuera de Europa –de la violencia colonial a las dos guerras
mundiales–, se exige algún cuidado y mucha reflexión sobre lo que son esos
valores y por qué razón, según los contextos, ora se afirman unos ora se
afirman otros.


Por ejemplo, nadie pone hoy en duda el valor de la libertad, pero lo mismo no
puede decirse de los valores de la igualdad y de la fraternidad. Fueron estos
dos valores los que fundaron el Estado social de bienestar que dominó la Europa democrática después
de la segunda guerra mundial. Sin embargo, en los últimos años, la protección
social, que garantizaba niveles más altos de integración social, comenzó a ser
puesta en causa por los políticos conservadores y hoy es concebida como un lujo
inaccesible para los partidos del llamado «arco de gobernabilidad».
La crisis social causada por la erosión de la protección social y por el
aumento del desempleo entre jóvenes, ¿no será leña en el fuego del radicalismo
por parte de los jóvenes que, más allá del desempleo, sufren la discriminación
étnico-religiosa?

El
choque de fanatismos, no de civilizaciones.

No estamos ante un choque de civilizaciones, incluso porque la cristiana tiene
las mismas raíces que la islámica. Estamos ante un choque de fanatismos, aunque
algunos de ellos no aparezcan como tales por sernos próximos. La historia
muestra cómo muchos de los fanatismos y sus choques estuvieron relacionados con
intereses económicos y políticos que, en realidad, nunca beneficiaron a los que
más sufrieron con tales fanatismos. En Europa y sus áreas de influencia es el
caso de las cruzadas, de la
Inquisición, de la evangelización de las poblaciones
colonizadas, de las guerras religiosas y de Irlanda del Norte. Fuera de Europa,
una religión tan pacífica como el budismo legitimó la masacre de muchos
millares de miembros de la minoría tamil de Sri Lanka; del mismo modo, los
fundamentalistas hindús masacraron a las poblaciones musulmanas de Guyarat en
2003 y el eventual mayor acceso al poder que han conquistado recientemente con
la victoria del Presidente Modi hace prever lo peor.

Es también en nombre de la religión que Israel continúa imponiendo la limpieza
étnica de Palestina y que el llamado Emirato Islámico masacra poblaciones
musulmanas en Siria y en Irak. ¿La defensa de la laicidad sin límites en una
Europa intercultural, donde muchas poblaciones no se reconocen como tales, será
después de todo una forma de extremismo? ¿Los diferentes extremismos se oponen
o se articulan? ¿Cuáles son las relaciones entre los yihadistas y los servicios
secretos occidentales? ¿Por qué los yihadistas del Emirato Islámico, que ahora
son terroristas, eran “combatientes de la libertad” cuando luchaban contra
Kadhafi y contra Assad? ¿Cómo se explica que el Emirato Islámico sea financiado
por Arabia Saudita, Catar, Kuwait y Turquía, todos aliados de Occidente? Una
cosa es cierta, por lo menos en la última década: la gran mayoría de las
víctimas de todos los fanatismos (incluyendo el islámico) son poblaciones
musulmanas no fanáticas.
 
El valor de la vida

La repugnancia total e incondicional que los europeos sienten ante estas
muertes debe hacernos pensar por qué razón no sienten la misma repulsa ante un
número igual o mucho mayor de muertes inocentes como resultado de conflictos
que, en el fondo, ¿tal vez tengan algo que ver con la tragedia de Charlie
Hebdo? En el mismo día, 37 jóvenes fueron muertos en Yemen en un atentado con
bomba. El verano pasado, la invasión israelita causó la muerte de dos mil
palestinos, de los cuales cerca de 1.500 eran civiles y 500 niños. En México,
desde el año 2000 fueron asesinados 102 periodistas por defender la libertad de
expresión y, en noviembre de 2014, 43 jóvenes fueron asesinados en Ayotzinapa.

Ciertamente que la diferencia en la reacción no puede estar basada en la idea
de que la vida de europeos blancos, de cultura cristiana, vale más que la vida
de europeos de otros colores o de no europeos de culturas basadas en otras
religiones o regiones. ¿Será entonces porque estos últimos están más lejos de
los europeos y estos los conocen menos? ¿Acaso el mandato cristiano de amar al
prójimo permite tales distinciones? ¿Será porque los grandes medios y los
líderes políticos de Occidente trivializan el sufrimiento causado a esos otros,
cuando no los demonizan al punto de hacernos pensar que ellos no merecen otra
cosa?