24.1.2014

¡Hola! Comparto nota sobre la futura Cumbre de Presidentes de la CELAC. (Una versión resumida será publicada por Página/12 en su edición del 25 de Enero del 2014)


(Por Atilio A.
Boron)  No es un milagro, pero casi.
Contra todos los pronósticos la Comunidad de Estados Latinoamericanos y
Caribeños (CELAC) se va consolidando como institución “nuestroamericana” y está
a punto de celebrar en La Habana su Segunda Cumbre de Presidentes. Decimos
“milagro” porque ¿quién habría podido imaginar, hace apenas cinco años, que el
sueño bolivariano de Hugo Chávez –sueño fundado en un impecable diagnóstico de
la geopolítica mundial-  por construir un
organismo regional sin la presencia de Estados Unidos y Canadá rendiría sus
frutos? Para ello Chávez y quienes lo acompañaron en esta empresa patriótica
tuvieron que vencer toda clase de obstáculos: la resignación de algunos
gobiernos, la claudicación de otros, el escepticismo de los de más allá y la
sistemática oposición de Washington, dato nada menor en la política de nuestros
países. Eppur si muove, diría Galileo
al contemplar la concreción de este proyecto bolivariano que por primera vez en
la historia nuclea a todas las naciones de América Latina y el Caribe con la
sola excepción-¡por ahora!- de Puerto Rico. Sin dudas, el fortalecimiento de la
CELAC -como el de la UNASUR en el plano sudamericano- son muy buenas noticias
para la causa de la emancipación de la Patria Grande.

     La Casa Blanca intentó primero impedir el
lanzamiento de la CELAC, realizado  en
Caracas en Diciembre del 2011 con la presencia de su incansable promotor y
mentor, ya atacado por el cáncer que le costaría la vida. Al fracasar en su
intento el imperio movilizó a sus aliados regionales para abortar –o por lo
menos, posponer para un futuro indefinido- la iniciativa. Tampoco resultó. La
siguiente estrategia consistió en utilizar algunos de sus incondicionales
peones en la región como caballos de Troya, para malograr desde adentro el
proyecto. No avanzó demasiado, pero consiguió que el primer gobierno que
ejerció la presidencia pro témpore de
la CELAC durante el 2012, el Chile de Sebastián Piñera, declarase por boca de Alfredo
Moreno, su canciller, que “la CELAC será un foro y no una organización, que no
tendrá sede, secretariado, burocracia ni nada de eso”. ¡Un foro!, es decir, un
ámbito de amables e intrascendentes pláticas de gobernantes, diplomáticos y expertos
que ni por asomo pondría en cuestión la dominación imperialista en Latinoamérica
y el Caribe. Y la Casa Blanca también logró, a través del militante activismo
de sus principales amigos de la Alianza del Pacífico: México, Colombia y Chile,
que todas las decisiones de la CELAC debieran adoptarse por unanimidad.
Parecería que la “regla de la mayoría” –tan cara a la tradición política
estadounidense- sólo funciona cuando conviene; cuando no, se impone un criterio
que de hecho le confiere poder de veto a cualquiera de los treinta y tres
miembros de la organización.  Pero esta
es un arma de doble filo: Panamá u Honduras podrán vetar una resolución que
exija poner fin al status colonial de Puerto Rico, pero Bolivia, Ecuador y
Venezuela podrán hacer lo mismo ante otra que proponga requerir la colaboración
del Comando Sur para combatir al narcotráfico.

        El segundo turno presidencial de la CELAC,
durante el 2013, recayó en Cuba, y el presidente Raúl Castro Ruz dio pasos
importantes para desbaratar las maquinaciones del canciller chileno: se avanzó
en la institucionalización de la CELAC y se creó el embrión de una organización
que para esta próxima Cumbre pudo elaborar 26 documentos  de trabajo, algo que ningún foro hace.  Algunas propuestas, como la declaración de
América Latina y el Caribe como una “Zona de Paz” serán objeto de un sordo
debate porque no se trata sólo de evitar la presencia de armas nucleares en la
región -¿cómo saber si ya no las hay en la base de Mount Pleasant, en nuestras Islas
Malvinas?- sino también de utilizar el recurso de la fuerza para dirimir
conflictos internos.  Este tema hace subrepticia
alusión a la tradición intervencionista de Washington en Latinoamérica y a la
presencia de sus 77 bases militares en la región, cuyo propósito es exactamente
ese: intervenir, cuando las condiciones lo aconsejen, con su fuerza militar en
la política interna de los países de la región complementando la abierta
intervención que ya Washington realiza en todos ellos. Recuérdese, para poner
un ejemplo bien didáctico, el decisivo papel de “la embajada” para determinar
el ganador de la reciente elección presidencial en Honduras. El tema, como se
ve, será uno de los más urticantes y divisivos porque hay gobiernos, y no son
pocos, que no sólo toleran la presencia de esas bases militares norteamericanas
sino que, como Colombia, Perú y Panamá, las reclaman. Otro tema potencialmente
disruptivo es la aprobación de la propuesta venezolana de integrar a Puerto
Rico a la CELAC -lo cual es absolutamente lógico teniendo en cuenta la historia
y el presente de ese país, así como su cultura, su lengua, y sus
tradiciones-  pero que probablemente
suscite reservas entre los gobiernos más cercanos a Washington para quien
Puerto Rico es un innegociable botín de guerra. Una guerra cuya victoria les
fue arrebatada a los patriotas cubanos y merced a lo cual con la apropiación de
Cuba, Puerto Rico y las Filipinas la Roma americana iniciaría su ominoso
tránsito de la república al imperio. Se descuenta, en cambio, un apoyo unánime
para el reclamo argentino en relación a las Islas Malvinas, al levantamiento
del bloqueo a Cuba y para otras propuestas tendientes a reforzar los vínculos
comerciales, políticos y culturales. Se sabe que Ecuador presentará una
propuesta de repudio al espionaje que realiza los Estados Unidos y de
desarrollo de una nueva red de comunicaciones en la Internet a salvo de la
interdicción de Washington; y que es probable que se aprueben propuestas
concretas en relación al combate a la pobreza y que se examinen alternativas
para consolidar el Banco del Sur y, eventualmente, para crear una gran empresa
petrolera latinoamericana, tema sobre el cual el presidente Chávez había
insistido una y otra vez.


        La transición geopolítica internacional
en curso, y que se manifiesta en el desplazamiento del centro de gravedad de la
economía mundial hacia el Asia-Pacífico; la declinación del poderío global de
Estados Unidos; el irreparable  derrumbe
del proyecto europeo; la persistencia de la crisis económica estallada a fines
del 2007 y que sólo parece acentuarse con el paso del tiempo y la permanencia
de un “orden” económico mundial que concentra riqueza, margina naciones y
profundiza la depredación del medio ambiente han actuado como poderosos
alicientes para remover la inicial desconfianza que muchos gobiernos tenían en
relación a la CELAC. El acuerdo logrado en Caracas en 2011 establecía que una
troika se haría sucesivamente cargo de la presidencia durante los primeros tres
años: comenzó Chile, siguió Cuba (ratificando el repudio continental al bloqueo
estadounidense y su propósito de aislar a la Revolución Cubana) y al terminar esta
Cumbre la presidencia se trasladará a Costa Rica. Este país, incondicional
aliado de Washington, deberá afrontar unas decisivas elecciones el próximo 2 de
Febrero, cuando por primera vez en décadas la hegemonía política de la derecha
neocolonial costarricense estará amenazada por el ascenso de un nuevo y
sorprendente actor político: el Frente Amplio. 
La actual presidenta, Laura Chinchilla, por largos años funcionaria de
la USAID, garantizaba con el triunfo del oficialismo la “domesticación” de la
CELAC y el retorno al proyecto acunado por Sebastián Piñera y expresado con
total descaro por su canciller. Pero todas las encuestas dan por sentado que
habrá una segunda vuelta y allí el discurso y las propuestas bolivarianas del candidato
del Frente Amplio, José M. Villata, podrían catapultarlo a la presidencia de
Costa Rica. Por supuesto, al igual que ocurriera pocos meses atrás con las
elecciones presidenciales en la vecina Honduras todo el aparato de
inteligencia, manipulación mediática y financiamiento de los partidos amigos ha
sido ya puesto en marcha por Washington, para quien una derrota de la derecha
neocolonial costarricense sería un revés de amplias repercusiones regionales. Si
tal cosa ocurriera la CELAC podría dar un nuevo paso hacia su definitiva
institucionalización, algo que América Latina y el Caribe necesitan
impostergablemente.