Río de Janeiro, 24 de Octubre de 2019
(Por Atilio A. Boron) Habrá que luchar hasta
el final, pero la victoria de Jair Bolsonaro parece ya la crónica de una muerte
anunciada. Y la palabra muerte está bien usada porque eso es lo que representa
este personaje de la “lumpen-política” que durante casi 28 años pasó
desapercibido en el corrupto Congreso brasileño. Muerte cuando propuso entrar
con un “lanzallamas” al ministerio de Educación para erradicar hasta el último vestigio
de las enseñanzas del gran educador Paulo Freire. Muerte porque bajo su égida habrá
un considerable refuerzo del autoritarismo en la escuela y en la sociedad, y se
librará una guerra sin cuartel al pensamiento crítico en todas sus variantes. Muerte
porque ha prometido represión y cárcel para todos quienes representan el pasado
petista, aunque no pertenezcan a ese partido. Declaró en varias oportunidades
que va a ilegalizar al marxismo y al “gramscismo” (aunque no  dijo cómo) y que recortará drásticamente el
presupuesto de facultades e institutos de investigación en ciencias sociales.
Según  este santo varón, su gobierno
invertirá en ciencias “que produzcan cosas” (lavarropas, palas, tornillos,
etcétera) y no palabras o ideologías.
Este verdadero
troglodita, al que circunstancias fortuitas y un golpe de la Diosa Fortuna lo
convirtieron en el casi seguro presidente de Brasil, fue favorecido con enormes
sumas de dinero (por completo ilegales) una vez que la clase dominante
brasileña cayó en la cuenta que los protegidos por Fernando H. Cardoso como
candidatos del PSDB y la elite tradicional de Brasil agrupada en el PMDB eran
repudiados o ignorados por el electorado.  Pragmática e inescrupulosa como siempre la
derecha llegó a la conclusión que si no se podía derrotar al lulismo con sus
candidatos “democráticos” propios – tal como antes ocurriera con José Serra
(dos veces) Geraldo Alckmin, y Aecio Neves- debía hacerlo con cualquiera que
pudiera, aún cuando fuese un patético emisario rescatado de las cloacas de la
dictadura que asoló al país por más de veinte años. Se ratifica por enésima vez
que la derecha no tiene la más mínima lealtad hacia la democracia, como lo
demuestra su apoyo a Bolsonaro. Además éste 
cuenta con el respaldo de Donald Trump para
reorganizar a la derecha en todo el hemisferio y el asesoramiento  del equipo que dirigió la campaña presidencial
de Trump. Se dice además que Steve Bannon en persona está colaborando en la
estrategia propagandística  del
“candidato del orden”. 
Un dato muy
significativo es que la campaña presidencial no se nota en las calles de Río. Ni
un afiche, ni un pasacalles, una pintada en un murallón, nadie volanteando,
¡nada! Es que en esta nueva era de la “antipolítica”, astutamente promovida por
la derecha, la política fue convenientemente apartada de la vía pública, y si
bien esto es una tendencia general y creciente, en el caso del Brasil esta
despolitización de la calle fue potenciada por el más fatídico error de la
gestión del PT: confiar ingenuamente en que el ejercicio del poder político por
parte de un partido de izquierda, o progresista, podría descansar en el rodaje
de las instituciones supuestamente democráticas (que no lo son). La
consecuencia fue la suicida desmovilización y desorganización de sus propias
fuerzas políticas, comenzando por el PT, siguiendo con la CUT y ninguneando a
los Sem Terra. El resultado: una Dilma indefensa frente a los lobos del mercado
que se movían a sus anchas en las estructuras institucionales del estado
burgués, especialmente en el Congreso y el Poder Judicial. Por eso la política
no está en las calles, y los pocos que salen son mayoritariamente partidarios
de Bolsonaro. Todo circula por la Internet y, en menor medida, por los diarios,
la televisión y la radio. Un distraído turista procedente del “cinturón
bíblico” de Estados Unidos, digamos Mississippi o Alabama,  jamás se daría cuenta que en pocos días más
este país se juega su futuro, en una opción dramática. Pero si el visitante
incursionara en la telaraña de la web, allí se percataría de lo que está
ocurriendo y observaría a la lucha política librada sin cuartel, pero en el
ciberespacio. Esto plantea un enorme desafío para las fuerzas populares porque
deberán aprender a moverse en un campo minado que sus enemigos inventaron y conocen
a la perfección. No obstante, si movido por su fe nuestro visitante asistiera a
alguno de los miles de templos evangélicos dispersos por todo el Brasil también
se daría cuenta de que hay una elección presidencial en ciernes. Comprobaría,
para su mayúscula sorpresa, que los pastores y sus ayudantes al terminar la
ceremonia religiosa se dirigen a la salida y entregan a cada uno de los
feligreses un volante en donde se dice a quién se debe votar para presidente,
gobernador, etcétera, porque son esos candidatos, y sólo ellos, los que Dios
dijo que hay que votar. Deplorable trasmutación del modelo del partido
bolchevique  –con su ética militante, su
organización, su conciencia revolucionaria- puesto ahora al servicio de la
reacción y de la contrarrevolución ¡nada menos que por unas iglesias!
Las evangélicas en
Brasil constituyen un aparato político formidable –presentes en grados diversos
en varios países de Nuestra América, y de creciente gravitación en Argentina- pero
su eficacia no sólo reposa en la militancia y la labor cotidiana de sus
pastores y agitadores en el territorio sino también en la persistencia de un
núcleo duro  conservador –muy arraigado
en los sectores más atrasados del campo popular- pero de inestables
preferencias políticas. Según algunos analistas este  sector representa un treinta por ciento de la
población y si a comienzos de siglo se inclinaron por el PT (y se mantuvieron
en ese espacio político durante catorce años, retenidos por las políticas
sociales del gobierno) ahora cortaron amarras y lo hacen por Bolsonaro.  Un factor decisivo de esta ruptura fue la
creencia, abiertamente inculcada por la prensa canalla, de que el tsunami de la
corrupción en Brasil –simbolizado en la operación Lava Jato- sólo puede ser
atribuido a la maldad del PT y sus dirigentes. Ese vendaval de dirigentes
políticos, empresarios y funcionarios desfilando por les estrados judiciales y
terminando en la cárcel tuvo un impacto tremendo sobre la conciencia popular y
potenció la insatisfacción ante la crisis económica y el aumento de la
criminalidad, o al menos la percepción de tales cosas fogoneada
impúdicamente  –como en la Argentina de
la época de Cristina Fernández-  por la
prensa hegemónica. Es impresionante constatar como hombres y mujeres del pueblo
repiten esa letanía –el PT robó y corrompió- cada vez que se les pregunta la
razón de su voto por Bolsonaro. Si algo demuestra esta reiterada respuesta es
la escasa capacidad que tuvo ese partido de explicar la muy larga historia de
la corrupción en Brasil, quienes fueron sus principales agentes y
beneficiarios, y los mecanismos legales y judiciales que posibilitaron su
funcionamiento. Tarea que, por cierto, no fue intentada por los gobiernos del
PT. Pero, claro está que para poder hacerlo había que tener medios de
comunicación y una política para los medios. Y el PT no tuvo ni lo uno ni lo
otro.
Cuando culmine el
proceso electoral y se constituya la Cámara de Diputados muy probablemente
Bolsonaro y sus aliados lleguen a controlar los dos tercios de los votos. Con
ellos podrán introducir una serie de reformas hiper-retrógradas a la
Constitución de 1988. Una de ellas, anticipada por el candidato presidencial,
figura la criminalización del activismo social y de las organizaciones sociales
cuyas acciones constituirían un crimen contra la seguridad del estado y el
orden público y sus responsables deberían cumplir largas condenas en la cárcel.
Habrá que ver si esto finalmente logra ser aprobado en el Congreso. El tema no
es si el PSL, el partido de Bolsonaro tendrá los votos, sino la intensidad de
la reacción anti-PT que podría sedimentarse en un enorme bloque parlamentario
con número suficiente para aprobar esas reformas.  Si no lo tuviera, la tradicional corrupción
de la política brasileña permitiría comprar los votos necesarios para
satisfacer las retrógradas aspiraciones de Bolsonaro y la clase dominante de
Brasil que, de este modo, constitucionalizaría los decretos y las leyes de
Michel Temer. Dicho todo esto, sólo un milagro podría revertir esta brutal
deriva autoritaria de la democracia brasileña. Pero los milagros no existen en
la vida política.