Ataque al cuartel de la Gendarmería Nacional, El Bolsón.

(Por Atilio A. Boron) En su acelerado proceso
de putrefacción moral, los voceros de la derecha y la prensa hegemónica de la
Argentina se rasgan las vestiduras ante la escalada violenta que viene teniendo
lugar en los últimos días en el marco de las protestas por la desaparición
forzada de Santiago Maldonado. En la ciudad de Buenos Aires y en El Bolsón los
actos recordatorios al cumplirse un mes de tan deplorable suceso culminaron con
graves enfrentamientos entre algunos grupos desprendidos de multitudinarias y
pacíficas manifestaciones–en el caso de Buenos Aires, reuniendo a varios
centenares de miles de personas en la Plaza de Mayo-  y las fuerzas de seguridad. Los manifestantes
se habían convocado para expresar su repudio ante la desaparición forzada del
artesano a manos de la Gendarmería Nacional, a la escandalosa indiferencia del
gobierno nacional –difícil de distinguir de un activo encubrimiento del crimen-
y a la no menos desvergonzada actitud de la Justicia federal, que en sus
averiguaciones demostró una ineptitud que se parece demasiado a la complicidad.
Sería ingenuo ignorar que algunos de los desmanes y destrozos de ayer viernes
fueron  inducidos -e inclusive ejecutados-
desde algunos oscuros rincones del aparato estatal (vulgo: “servicios”) con el
objeto de desviar el foco de atención de la ciudadanía. Por eso no fue casual
que poco después de ocurridos los principales titulares de la prensa, la radio
y la televisión de la oligarquía mediática fuesen los incidentes y no la
tenebrosa falta de información acerca de dónde está Santiago Maldonado y cuya
desaparición constituye un crimen de lesa humanidad.
Ataque a gendarmes con bombas Molotov en El Bolsón


        
Centenares de imágenes dan cuenta de la agresión con bombas Molotov a
gendarmes en El Bolsón, ataques con piedras y objetos contundentes a la policía
en Buenos Aires, a comercios y edificios públicos y algunos privados, la
erección de barricadas en la avenida de Mayo la quema de contenedores. En un
alarde de mala fe y mendacidad, la derecha ahora condena sin atenuantes las
tácticas violentas que durante tres meses celebraran como una esperanzadora
manifestación de la vitalidad de la sociedad civil en … Venezuela. Las bombas
Molotov arrojadas por los mercenarios contratados por el ala fascista de la
oposición venezolana en contra de la Guardia Nacional Bolivariana no eran tales
sino luminosas antorchas de libertad. La destrucción del espacio público y la
propiedad privada en las calles de Venezuela eran saludables síntomas de la
rebeldía de un pueblo contra la “dictadura” de Maduro. Pero ahora, en la
Argentina de los presos políticos y de la criminalización de la protesta
social, aquí se convierte en imperdonable pecado lo que allá era una excelsa virtud.
Las Molotovs que en Venezuela prendían fuego a los agentes del orden y
destruían guarderías infantiles, centros de salud, edificios públicos y
privados y autobuses urbanos eran la expresión de un noble impulso democrático
que se despertaba de su prolongado letargo. Aquí, la misma actitud, los mismos
hechos son condenados como una conducta deleznable e incivilizada de hordas
criminales que no respetan ni la ley ni el orden. Molotovs buenas, Molotovs
malas.

Caracas, ataques a las fuerzas de seguridad, 2017


Este doble discurso
esta perversa dualidad de criterios revela el talante (in)moral de los
supuestos representantes de la “democracia” y el “republicanismo” en la
Argentina. En realidad y a pesar de sus reclamos no son ni lo uno ni lo otro;
ni demócratas ni republicanos. Son simples ideólogos y propagandistas al
servicio de los grandes poderes corporativos y de un estado de cosas
insostenible, donde ocho individuos detentan tanta riqueza como la mitad de la
población mundial. Gentes que ejemplifican con incomparable elocuencia la
prostitución del periodismo -que por eso mismo ha dejado de serlo- y la
absoluta capitulación de la “intelligentzia” liberal de este país degradada hoy
a la condición de una cuadrilla de mentirosos seriales. Unos y otros tienen por
misión ofuscar el entendimiento de la opinión pública, ocultar los oscuros
negociados de las grandes corporaciones y sus representantes en el Estado,
blindar mediáticamente a los gobernantes de turno y, en fin, distraer y
embrutecer al demos con un aluvión de mentiras y toda suerte de vulgaridades
televisivas –la infame cultura del “entretenimiento” urdida en Estados Unidos
para mejor controlar a su población- que le impida al pueblo pensar, adquirir
conciencia de su situación y luchar por la construcción de un mundo mejor.

Caracas, lanzando una Molotov contra fuerzas de seguridad