11 de Mayo 2016: El pastor Everaldo Pereira bautiza a Bolsonaro en las aguas del Río Jordán 

(Por Atilio A. Boron) La sorprendente
performance electoral de Jair Mesías Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones
presidenciales del Brasil suscita numerosos interrogantes. Sorprende  la meteórica evolución de su intención de voto
hasta llegar a arañar la mayoría absoluta.  Y no fue el atentado lo que lo catapultó la
posibilidad de ganar en primera vuelta. Veamos: en los últimos dos años su
intención de voto fluctuó alrededor del 15 por ciento, pese a que está próximo
a cumplir 28 años consecutivos como diputado federal (y  con sólo tres proyectos de ley presentados a
lo largo de estos años). Ergo, no es un «outsider» y mucho menos la personificación de la “nueva
política». Es un astuto impostor, nada más.  A comienzos de Julio su intención de voto era
del 17 por ciento: el 22 de Agosto, Datafolha marcaba un 22 por ciento. El 6 de
Septiembre sufre el atentado y pocos días después las preferencias crecieron ligeramente
hasta alcanzar un 24 y un par de semanas después subía al 26 por ciento. En
resumen: un módico aumento de 9  puntos
porcentuales entre comienzos de Julio y mediados de Septiembre. Pero a escasos
días de las elecciones su intención de voto trepó al 41 y en las elecciones
obtuvo el 46 por ciento de los votos válidos. En resumen: en un mes prácticamente
duplicó su caudal electoral. ¿Cómo explicar este irresistible ascenso de un
personaje que durante casi treinta años jamás había salido de los sótanos  de la política brasileña? A continuación ofreceré
tres claves interpretativas.
I

Primero,
Bolsonaro tuvo éxito en aparecer como el hombre que puede restaurar el orden en
un país que, según pregonan los voceros del establishment,
fue desquiciado por la corrupción y la demagogia instaurada por los gobiernos
del PT y cuyas secuelas son la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el
narcotráfico, los sobornos, la revuelta de las minorías sexuales, la tolerancia
ante la homosexualidad y la degradación del papel de la mujer, extraída de sus
roles tradicionales. El escándalo del Lava Jato y el desastroso gobierno de
Michel Temer acentuaron los rasgos más negativos de esta situación, que en la
percepción de los sectores más conservadores de la sociedad brasileña llegó a
extremos inimaginables. En un país donde el orden es un valor supremo –
recordar que la frase estampada en la bandera de Brasil es «Orden y
Progreso»- y que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, el “desorden”
producido por la irrupción de las “turbas plebeyas” desata en las clases
dominantes y las capas medias subordinadas a su hegemonía una incandescente
mezcla de pánico y odio, suficiente como para volcarlas en apoyo de quienquiera
que sea percibido con las credenciales requeridas para restaurar el orden subvertido.
En el desierto lunar de la derecha brasileña, que concurrió con seis candidatos
a la elección presidencial y ninguno superó el 5 % de los votos, nadie mejor
que el inescrupuloso y transgresor Bolsonaro, capaz de infringir todas las
normas de la «corrección política» para realizar esta tarea de
limpieza y remoción de legados políticos contestatarios. El ex capitán del
Ejército, eligió como compañero de fórmula a Antonio Hamilton Mourau, un muy reaccionario
general retirado que pese a sus orígenes indígenas cree necesario “blanquear la
raza” y que no tuvo empachos en declarar que “Brasil está lastrado por una herencia producto de la indolencia de los
indígenas y del espíritu taimado de los africanos»
.  Ambos son, en resumidas cuentas, la
reencarnación de la dictadura militar de 1964 pero catapultada al gobierno no
por la prepotencia de las armas sino por la voluntad de una población
envenenada por los grandes medios de comunicación y que, hasta ahora, a dos
semanas de la segunda vuelta, parece decidida a votar por sus verdugos.
 Ahora bien: ¿por qué la burguesía brasileña se
inclinó a favor de Bolsonaro?  Algunas
pistas para entender esta deriva las ofrece Marx en un brillante pasaje de El 18
Brumario de Luis Bonaparte
. En él describió en los siguientes términos
la reacción de la burguesía ante la progresiva descomposición del orden social
y el desborde del bajo pueblo movilizado en la Francia de 1852: “se comprende
que en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión,
prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración,
usurpación y revolución el burgués, jadeante, gritase como loco a su república
parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”[1]
Pocas analogías históricas pueden ser más aleccionadoras que esta para entender
el súbito apoyo de las clases dominantes brasileñas -enfurecidas y espantadas
por el debilitamiento de una secular jerarquía social anclada en los legados de
la esclavitud y la colonia- a un psicópata impresentable como Bolsonaro. O para
comprender el auge de la Bolsa de Sao Paulo luego de su victoria en la primera
vuelta y el júbilo de la canalla mediática, encabezada por la Cadena O Globo. Todo este bloque dominante
suplicó, jadeante y como un loco, que
alguien viniese a poner fin tanto descalabro. Y allí estaba Bolsonaro.
Y es
que como lo observara Antonio Gramsci en un célebre pasaje de sus Cuadernos,
en situaciones de “crisis orgánica” cuando se produce una ruptura en la
articulación existente entre las clases dominantes y sus representantes
políticos e intelectuales (los ya mencionados más arriba, ninguno de los cuales
obtuvo siquiera el 5 por ciento de los votos) la burguesía y sus clases aliadas
rápidamente se desembarazan de sus voceros y operadores tradicionales y corren
en busca de una figura providencial que les permita sortear los desafíos del
momento. “El tránsito de las tropas de muchos partidos bajo la bandera de un
partido único que mejor representa y retoma los intereses y las necesidades de
la clase en su conjunto” –observa el italiano- “es un fenómeno orgánico y
normal, aún cuando su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante por comparación a
los tiempos tranquilos del pasado: esto representa la fusión de todo un grupo
social (las clases dominantes, NdA) bajo una única dirección concebida como la
sola capaz de resolver un problema dominante existencial y alejar un peligro
mortal.”[2]
Esto
fue precisamente lo ocurrido en Brasil una vez que sus clases dominantes
comprobaran la obsolescencia de sus fuerzas políticas y liderazgos
tradicionales, la bancarrota de los Cardoso, Temer, Neves, Serra, Sarney, Alckmin
y compañía, lo que las llevó a la desesperada búsqueda del  providencial mesías exigido para restaurar el
orden desquiciado por la demagogia petista y la insumisión de las masas y que,
a su vez, les permitiera ganar tiempo para reorganizarse políticamente y crear
una fuerza y un liderazgo políticos más a tono con sus necesidades sin el
riesgo de imprevisibilidad inherente al liderazgo de Bolsonaro. Pero por el
momento, lo importante para las clases dominantes brasileñas: subrayamos, lo
único importante, es acabar definitivamente con el legado de los gobiernos del
PT y sus aliados.  Conocido el derrumbe
de sus candidatos en las encuestas pre-electorales, incluyendo al delfín de
Fernando H. Cardoso, el gobernador del estado de Sao Paulo, Geraldo Alckmin,
aquéllas necesitaban tiempo para pergeñar una nueva fórmula política. Una
eventual victoria de Bolsonaro se lo proporcionaría, y hacia él volcaron todo
su apoyo en las últimas semanas de la campaña.
II

Segundo,
Bolsonaro fue favorecido por el cambio en la cultura política de las clases y
capas populares que las tornó receptivas a un discurso que apenas unos años
antes hubiera sido motivo de burlas, desoído o repudiado en las barriadas
populares del Brasil, para ni hablar en los ambientes de las capas medias más
educadas.  La crisis económica y social y
la ruptura de los lazos de integración comunitaria en las favelas, potenciadas
por la falta de educación política de las masas -una tarea que según Frei Betto
el PT jamás se propuso como acompañamiento a sus políticas de promoción social-
junto a la gravísima crisis institucional y política del país prepararon el
terreno para un cambio de mentalidad en donde el llamamiento al orden y la
apelación a la “mano dura” afloraron  como propuestas sensatas y razonables para
enfrentar una situación muy crítica en los suburbios populares y que los medios
del establishment agigantaban
pintándola con rasgos estremecedores.
¿Es
éste un rasgo exclusivo del Brasil? No. Todos los gobiernos latinoamericanos
del ciclo político iniciado a fines del siglo pasado con el ascenso de Hugo
Chávez cayeron en el error de creer que sacar de la pobreza a millones de
familias las convertiría inexorablemente en portadoras de una nueva cultura solidaria,
comunitaria, inmunizada ante el espejismo del consumismo, y por lo tanto
propensa a respaldar los proyectos reformistas. Sin embargo, como en la
Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, en Brasil también una buena parte de
los beneficiarios de las políticas de inclusión de los gobiernos del PT fue
captada por el discurso del orden de la burguesía y las capas medias -atemorizadas
y llenas de resentimiento por la activación del campo popular que hizo abandono
de su tradicional quietismo- y pregonado de modo abrumador por la prensa
hegemónica con el auxilio de las iglesias evangélicas. Estas hicieron lo que el
PT y la izquierda no supo o no quiso hacer: organizar y concientizar, en clave
reaccionaria, a las comunidades más vulnerables rescatadas de la pobreza
extrema por los gobiernos de Lula y Dilma. Y lo hicieron reforzando los valores
tradicionales en relación al papel de la mujer, la identidad de género y el
aborto y promoviendo una cosmovisión reaccionaria, autoculpabilizadora de los
pobres y esperanzada en el papel salvífico de la religión e, incidentalmente,
de un oscuro político oportunamente bautizado y renacido como un buen cristiano
en Mayo del 2016  en las mismísimas aguas
del río Jordán, ¡donde San Juan Bautista hiciera lo propio con Jesucristo! La
piadosa imagen de Bolsonaro sumergido en las aguas del río fue masivamente
difundida a través de los medios y lo rodeó con el aura que necesitaba para
aparecer como el Mesías  que llegaba para
poner fin al desquicio moral, social y político producido por Lula y sus
seguidores. Esta prédica se difundía no sólo a través de los medios de
comunicación hegemónicos -sino sobre todo por la Record TV, propiedad de Edir
Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios y segunda en audiencia
detrás de la Cadena O Globo- sino que también se reproducía en sus más de seis
mil templos establecidos en todo Brasil, una cifra abrumadoramente superior al
número de locales que cualquier partido político jamás tuvo en ese país.[3]
Resumiendo: se verificó, como antes en Argentina y en cierta medida también en
Brasil, la inesperada “revuelta de los incluidos” en contra de los gobiernos
progresistas que promovieron esas políticas de integración social en la región.[4]

III

Una
tercera línea de interpretación dice relación con el eficaz -y por supuesto,
nefasto- papel  de los medios hegemónicos
en el linchamiento mediático de Lula y todo lo que éste representa. En este
sentido el papel de la Cadena O Globo
y, en menor medida, el de Record TV,
ha sido de capital importancia, pero no le van en zaga la prensa gráfica y por
supuesto una muy  aceitada utilización
masiva de las redes sociales activadas por un enorme ejército de militantes y
trolls. Las riquísimas iglesias evangélicas disponen de dinero más que
suficiente para sostener esta letal infantería comunicacional. Toda esta
artillería mediática ha venido desde hace años descargando un torrente de
informaciones difamatorias y “fake news
(para cuya elaboración y diseminación ya existen numerosos programas
disponibles en la web) que a lo largo del tiempo fueron erosionando la
valoración de las políticas de inclusión social del PT y la credibilidad y
honorabilidad de sus principales dirigentes, comenzando por Lula. La farsa
jurídica mediante el cual se lo condenó, sin pruebas, a pasar largos años de
cárcel no mereció crítica alguna de la prensa hegemónica, que previamente había
maliciosa y minuciosamente atacado la imagen pública del ex presidente y sus
colaboradores. El Lava Jato sirvió para arrojar un pesado manto de desprestigio
sobre toda la clase política, no sólo los líderes del PT, y ciertos sectores
del gran empresariado. Prueba de ello fue la decepcionante performance de los
candidatos de la derecha en la primera vuelta, cosa que anotáramos más arriba.
Pero
toda esta movida, la segunda etapa del golpe institucional cuya primera fase
fue la destitución de Dilma Rousseff, debía culminar con la detención e ilegal
condena de Lula y su proscripción como candidato, única forma de frustrar su
seguro retorno al Palacio del Planalto. El efecto combinado de una justicia
corrupta y unos medios cuya misión hace rato dejó de ser otra cosa que
manipular y “formatear” la conciencia del gran público aseguró ese resultado y,
sobre todo, el quietismo dentro de las propias filas de simpatizantes y
militantes petistas que sólo en escaso número se movilizaron y tomaron las
calles para impedir la consumación de esta maniobra. La complicidad de la
justicia electoral en un proceso que tiene grandes chances de desembocar en el
derrumbe de la democracia brasileña y la instauración de un nuevo tipo de
dictadura militar es tan inmensa como inocultable. Jueces y fiscales, con la
ayuda de los medios, arrasaron con los derechos políticos del ex presidente, lo
encerraron física y mediáticamente en su cárcel de Curitiba al prohibirle
grabar audios o videos apoyando a la fórmula Haddad-D’Avila e inclusive vetaron
la realización de una entrevista acordada con la Folha de Sao Paulo. En términos prácticos la justicia fue un
operador más de Bolsonaro, y los pedidos o reclamos de su comité de campaña
apenas tardaban horas para convertirse en aberrantes decisiones judiciales. Por
eso la justicia, los medios y los legisladores corruptos que avalaron todo este
fraudulento proceso son los verdugos que están a punto de destruir a la frágil
democracia brasileña, que en treinta y tres años no pudo emanciparse del
permanente chantaje de la derecha y su instrumento militar.
Va de
suyo que este perverso tridente reaccionario y bastión antidemocrático es convenientemente
entrenado y promovido por Estados Unidos a través de numerosos programas de
“buenas prácticas” donde se les enseña a jueces, fiscales, legisladores y
periodistas de la región a desempeñar sus funciones de manera “apropiada».
En el caso de la justicia uno de sus más aventajados alumnos es el Juez Sergio
Moro, que perpetró un colosal retroceso del derecho moderno al condenar a Lula
a la cárcel no por las pruebas -que no tenía, como él mismo lo reconoció- sino
por su convicción de que el ex presidente era culpable y había recibido un
departamento como parte de un soborno. ¡Condena sin pruebas y por la sola convicción
del juez!  La legión de periodistas que
mienten y difaman a diario a lo largo y a lo ancho del continente también son
entrenados en Estados Unidos para hacerlo «profesionalmente», en lo
que sería la versión civil de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Si
antes, durante décadas se entrenó a los militares latinoamericanos a torturar,
matar y desaparecer ciudadanas y ciudadanos sospechados de ser un peligro para
el mantenimiento del orden social vigente hoy se entrena a jueces, fiscales y “paraperiodistas”
(tan letales para las democracias como los “paramilitares”) a mentir, ocultar, difamar
y destruir a quienes no se plieguen a los mandatos del imperio. Lo mismo ocurre
con los legisladores y, en cierta menor medida, con los académicos.

IV

Las
interpretaciones ofrecidas hasta aquí tienen por objetivo ofrecer algunos
antecedentes que ayuden a la elaboración de hipótesis más específicas y
precisas que den cuenta del sorprendente ascenso de Bolsonaro en las
preferencias electorales de los brasileños. El hilo conductor del argumento revela
la trama de una gigantesca conspiración pergeñada por la burguesía local, el
imperialismo y sus personeros en los medios y en la política que va desde la
ilegal destitución de Dilma pasando por la no menos ilegal condena y
encarcelamiento de Lula hasta la emisión, días atrás, de los falsos
certificados médicos que le permiten al mediocre Bolsonaro rehuir el debate con
su contrincante que, sin duda alguna, le haría perder muchos votos. Toda la
institucionalidad del estado burgués así como las clases dominantes y sus
representantes políticos y su emporio mediático se prestan para concretar esta
gigantesca estafa al pueblo brasileño. Y en este sentido no podríamos dejar de
proponer como hipótesis adicional que tal vez el avasallante éxito electoral de
un farsante como Bolsonaro pueda responder, al menos en parte, a un sofisticado
fraude electrónico que pudo haberle agregado un 4 o 5 por ciento más de votos a
los que legítimamente había obtenido. No estamos diciendo aquí que ganó gracias
a un fraude electrónico -como ocurriera en la elección presidencial que en 1988
consagró el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas en
México y tantas otras, dentro y fuera de América Latina- sino que sería
imprudente y temerario descartar esa posibilidad. Sobre todo cuando se sabe que
a diferencia del venezolano el sistema electoral brasileño no emite un
comprobante en soporte papel del voto emitido en la urna electrónica, lo cual facilita
enormemente la posibilidad de manipular los resultados. Es sorprendente que esto
no haya sido considerado por los sectores democráticos en Brasil habida cuenta
de la existencia de varios antecedentes en América Latina y en otras partes del
mundo en donde la voluntad popular fue desvirtuada por el voto electrónico. Por
algo países como Alemania, Holanda, Noruega, Irlanda, Reino Unido, Francia,
Finlandia y Suecia han prohibido expresamente el voto electrónico. ¿Por qué no
pensar que la pasmosa performance electoral de Bolsonaro podría haber sido
potenciada –si bien sólo en parte, insistimos- por el hackeo de la informática electoral?
  

[1] En Obras Escogidas de Marx y Engels (Moscú: Editorial Progreso,
1966), Tomo I, pp. 307-308.

[2] Note Sul Machiavelli, sulla política
e sullo stato moderno

(Giulio Einaudi Editore, 1966), pp.50-51.

[3] El nada casual crecimiento de las iglesias evangélicas y su conexión
con los designios de Washington quedan patentemente reflejados en el artículo
de Miles Christi, “El Informe Rockefeller”. Sectas y apoyo del gobierno de
Estados Unidos contra la Iglesia Católica”, 
disponible en  http://mileschristimex.blogspot.com/2015/10/el-informe-rockefeller.html
[4] Cf. Gustavo Veiga,
«El día en que ‘Bolso-nazi’ fue bautizado ‘Mesías’ «, en Página/12,
8 Octubre 2018, en  https://www.pagina12.com.ar/147320-el-dia-en-que-bolso-nazi-fue-bautizado-messias
. Luego del bautizo Bolsonaro añadió la palabra Mesías después de su primer
nombre, Jair. Las diferentes denominaciones evangélicas, asegura Veiga,
«controlan una quinta parte de la Cámara de Diputados y en su
conjunto orillan el 29 por ciento de la población.»