18.12.2013
Hola, comparto nota que, en forma abreviada, será publicada hoy en Página/12.
_______________________

(Por
Atilio A. Boron)  Si hay algo que puede vaciar de contenido un proyecto democrático es la combinación entre
abstencionismo electoral y el rechazo de los partidos políticos. Y esto es
precisamente lo que está ocurriendo en Chile a partir del triunfo de Michelle
Bachelet en un comicio en el cual quien verdaderamente arrasó fue el
abstencionismo, que arañó el 59 por ciento del padrón electoral, mientras que Bachelet
apenas obtuvo el apoyo de un 25 por ciento del mismo. No hace falta ser un
Premio Nobel de Ciencia Política (plaga por ahora inexistente) para  concluir que la democracia chilena enfrenta
una grave crisis de legitimidad: la “antipolítica”, o sea, la indiferencia
ciudadana ante el predominio indiscutido de los grandes intereses privados expresa,
de manera categórica, el triunfo ideológico del neoliberalismo en un país en
donde no sólo la economía tiene ese signo ideológico sino que también lo asume
como su divisa una sociedad que lleva más de cuarenta años de indoctrinamiento
en los valores más exacerbados del individualismo burgués.



      La apatía ciudadana no es un capricho. Se
explica por un hecho bien sencillo: una democracia que durante más de veinte
años se desinteresó por la suerte de la ciudadanía (al paso que se desvivía por
asegurar las ganancias de los capitalistas) al cabo de un cierto tiempo sólo podía
cosechar apatía, desinterés y, en algunos casos, el abierto repudio de amplios
sectores de la sociedad.  No sorprende
que la última encuesta de Latinobarómetro haya certificado que, interrogada
sobre cuál es la forma preferible de gobierno, casi un tercio de la muestra
entrevistada en Chile, exactamente el 31 por ciento, declarase preferir un
gobierno autoritario o que “le da lo mismo” cualquier clase de régimen político.  En Venezuela, en cambio, para tomar el caso
de un gobierno ferozmente atacado por la prensa hegemónica en la región a causa
de sus supuestos “déficits democráticos”, quienes contestan de la misma manera constituyen
apenas el 11 por ciento de los entrevistados. Y como asegura la teoría
política, la calidad de una democracia se mide, entre otras cosas, por las
creencias políticas de sus ciudadanos. No es este el único indicador en el cual
la Venezuela bolivariana supera a casi todos los países de la región,
comenzando por Chile.
El triunfo del neoliberalismo y la exaltación
de los valores mercantiles se traduce naturalmente en la derrota de la política
a manos del mercado; del espacio público subyugado por la esfera de lo privado,
dominada por las grandes empresas. A lo anterior súmesele la preocupante
declaración que hiciera Bachelet al día siguiente de su victoria cuando dijera
(tal como lo reprodujera Página/12 en su edición del 17 de
Diciembre) que “las decisiones las voy a tomar yo, no sólo del gabinete. La
coalición que me apoya es una cosa, la constitución del gobierno yo la voy a
decidir.”  En otras palabras el peor de
los mundos: apatía ciudadana combinada con la desmovilización, o marginación de
los partidos políticos y, por añadidura, de movimientos sociales u otras formas
de organización, que son la expresión de las aspiraciones, expectativas e
intereses de las clases y capas sociales que componen la sociedad chilena. ¿Creerá
acaso la futura presidenta que de ese modo podrá avanzar en la reforma de la
antidemocrática constitución pinochetista, el regresivo régimen tributario y la
educación convertida en un negocio que ofrece pingües ganancias a los
empresarios que lucran con ella, para ni hablar de derogar la decimonónica y
reaccionaria  legislación laboral que
todavía subsiste en Chile? Sin una población re-politizada (como supo ser la
del Chile de Salvador Allende) y sin partidos políticos y movimientos sociales que
canalicen y potencien las aspiraciones populares la democracia chilena
continuará siendo fácil presa de las clases dominantes, de los grandes
empresarios que desde dentro y fuera de Chile han venido controlando el estado
y los sucesivos gobiernos desde el golpe del 11 de Septiembre de 1973.
      Convendría
que, habida cuenta de lo anterior, Bachelet reflexionara sobre lo que más de
una vez sentenciara George Soros: “los ciudadanos votan cada dos años, los
mercados votan todos los días.” 
Controlar ese nefasto influjo cotidiano de los mercados –eufemismo para
no designar por su nombre al gran capital- será una misión imposible sin sortear
la trampa de la “antipolítica” y sin garantizar que los partidos, sobre todos
los de izquierda, jueguen un papel protagónico en su gobierno. De lo contrario,
el tránsito desde esa frágil democracia sin ciudadanos hacia una plutocracia
desenfrenada será tan acelerado como inevitable.