Buenos Aires, 9 Noviembre 2015

(Por
Atilio A. Boron) Quisiera decir algunas pocas palabras en torno al debate
suscitado acerca de la conducta que la izquierda debe seguir ante el balotaje
del 22-N. Los sectores identificados con las distintas variantes del trotskismo
y algunos independientes se han manifestado de forma rotunda a favor del voto
en blanco. Otros, que militamos en el amplio y heterogéneo campo de la
izquierda, pensamos que en esta coyuntura concreta -alejada del terreno más
confortable e indoloro de los discursos y los papers académicos-  el voto por Scioli es, desafortunadamente, el
único instrumento con que contamos para impedir un resultado que sería
catastrófico para nuestro país, para las perspectivas de la izquierda en la
Argentina y para la continuidad de las luchas antiimperialistas en América
Latina. Sería bueno que hubiese otro instrumento político para detener a Macri,
pero no lo hay. El voto en blanco ciertamente no lo es.

Quienes
postulan el “votoblanquismo” señalan que en el balotaje del 22-N se enfrentan
dos candidatos de la burguesía que se mueven en la cancha de la derecha, como
correctamente señala Eduardo Grüner en su respuesta a la intervención de Mabel
Thwaites Rey que disparara este debate. Es cierto, pero eso no quita que aún
así esa caracterización general sea de nula utilidad a la hora de hacer
política. Porque, ¿no eran acaso políticos burgueses Raúl Alfonsín, Ítalo Luder
y Herminio Iglesias? ¿Cómo ignorar las diferencias que existían entre ellos? Tomemos
un ejemplo. En un caso, juicio y castigo a las Juntas Militares, con todas sus
idas y venidas, y con las contradicciones propias de la política pequeño
burguesa del partido Radical; en el otro, autoamnistía de los militares
genocidas ratificada por ley del Congreso y desenfreno macarthista a cargo de
Herminio y sus patotas, continuando con la siniestra obra de la Triple A.
Obvio, ni Alfonsín ni Luder aspiraban a construir una sociedad socialista, o
siquiera a iniciar una transición hacia el socialismo, como recordaba Salvador
Allende. Pero, ¿no eran significativas esas diferencias para la izquierda, pese
a que todos eran políticos burgueses? Me parece que sí. Ejemplos de este tipo
abundan a lo largo de la historia, y sería un ejercicio ocioso traerlos ahora
para ilustrar esta discusión. Perón también era un político burgués, al igual
que José P. Tamborini, su contendor en la crucial elección presidencial de
1946. Ambos también se movían en el campo de la derecha, pero a pesar de ello había
algunas diferencias, nada menores por cierto, que la historia posterior se
encargó de demostrar de modo irrefutable.
En
la coyuntura actual el indiscriminado repudio al binomio Macri-Scioli adolece
de la misma falta de perspectiva histórica y de rigor analítico. Son, sin duda,
dos políticos que juegan en la cancha del capitalismo. Uno, Macri, es un
conservador duro y radical; el otro, Scioli, se inscribe en una tradición de
conservadorismo popular de viejo arraigo en la Argentina. Macri llega a los
umbrales de la Casa Rosada apoyado por una impresionante colección de fuerzas
sociales y políticas del establishment
capitalista local, sin ninguna organización popular que se haya manifestado en
su apoyo. En otras palabras, como indica Gramsci, al identificar la naturaleza
de una coalición política es preciso conocer, con la mayor precisión posible,
la naturaleza de clase y la organicidad de sus apoyos. A Macri lo respaldan
todas las cúpulas empresariales de la Argentina, comenzando por la AEA
(Asociación Empresaria Argentina) y siguiendo con casi todas las demás; lo
apoyan las capas medias ganadas por un odio visceral hacia todo lo que huela a
kirchnerismo, la oligarquía mediática, la Embajada de Estados Unidos y es él quien
completa, desde esta parte del continente, el tridente reaccionario cuyas otras
dos puntas son nada menos que Álvaro Uribe y José María Aznar. No es casual que
su candidatura cuenta con el respaldo de las principales plumas de la derecha
latinoamericana:  Mario Vargas Llosa,
Carlos A. Montaner, Andrés Oppenheimer, Enrique Krauze y todo el mandarinato imperial.
¿Y Scioli? Su candidatura ha sido respaldada por los sectores empresariales
menos concentrados, las pymes, sectores medios vagamente identificados con el
“progresismo”, una multiplicidad de organizaciones y movimientos sociales
–inconexos y heterogénos pero aún así arraigadas en el suelo popular- y estos
apoyos hacen que suscite una cierta desconfianza de los poderes mediáticos y el
bloque capitalista dominante porque es obvio que no podrá gobernar sin atender
a los reclamos de su base social. Un dato que puede parecer una pequeña nota de
color pero que no lo es: poco después de las PASO Scioli viaja a Cuba y se
reúne durante cuatro horas y media con Raúl Castro; Macri, en cambio, llama por
teléfono al Embajador de Estados Unidos, en línea con lo que Wikileaks
demostrara que tantas veces hiciera en el pasado. Dirán los “votoblanquistas”
que estas son meras anécdotas, pero se equivocan. Remiten a algo más de fondo.
Sólo que hay que saber mirar.

De
lo anterior se desprende que la consigna del voto en blanco es una forma de
eludir las responsabilidades políticas de la izquierda en la hora actual.
Cualquiera de los proponentes de esta opción sabe muy bien que con Macri lo que
se viene es una política de ajuste y de violenta represión del movimiento
popular (los incidentes del Borda o el violento desalojo del Parque
Indoamericano son botones de muestra de ello), mientras que Scioli muy
probablemente seguirá con la política kirchnerista de no reprimir la protesta
social.  Y no me parece que para
cualquier militante de izquierda esta sea una diferencia insignificante. Por
otra parte, podría entenderse la razonabilidad de la consigna “votoblanquista”
si, como ocurría con los radicales de finales del siglo diecinueve, cuando se
rebelaban contra el fraude y proponían la abstención revolucionaria no votaban pero
se alzaban en armas y seguían una estrategia insurreccional, como ocurriera en
1890, 1893 y 1905. O como hicieran los peronistas durante los años en que su
partido fue proscripto, que propiciaban el voto en blanco pero en el marco de
una estrategia que contemplaba múltiples formas de acción directa, desde
sabotajes hasta atentados de diverso tipo. Los “votoblanquistas” de hoy, en
cambio, no proponen otra cosa que el burgués repliegue hacia su intimidad y
dejar que el resto de la ciudadanía resuelva el dilema político que nos hereda
doce años de kirchnerismo. La consigna del voto en blanco es estéril, porque no
va acompañada por alguna acción de masas de repudio a la trampa de
Macri-Scioli: no hay convocatoria a ocupar fábricas, a cortar rutas, invadir
campos, organizar acampes, bloquear puertos o algo por el estilo. Esto es política
burguesa en toda su expresión: no me gusta, no me convence, no elijo nada, me
retiro y luego veré que hacer. Me retiro del juego institucional y tampoco
tengo una estrategia insurreccional de masas: es decir, nada de nada.
            ¿Será  posible construir una opción de izquierda a
partir de esa actitud? ¡No, de ninguna manera! Entre otras cosas porque habría
que discutir las razones por las cuales luego de más de treinta años de
democracia burguesa las izquierdas no hemos todavía sido capaces de construir
una sólida alternativa electoral.  ¿Cómo
es posible que aún hoy estemos penando para superar el 2 o el 3 % de la
votación nacional? ¿Por qué el Frente Amplio pudo llegar a la presidencia en el
Uruguay, igual que el PT en Brasil, el MAS en Bolivia, el FMLN en El Salvador,
mientras que en la Argentina nos debatimos todavía en la lucha para superar un
dígito?  Aquí no hubo un Plan Jakarta,
como el que en Indonesia exterminó en pocos meses a más de medio millón de comunistas;
ni un baño de sangre         -hablamos siempre desde la
reinstauración de la democracia burguesa en 1983, no antes- o una feroz
persecución a la izquierda como la que todavía hoy martiriza a Colombia. Es
cierto que el peronismo, en todas sus variantes, incluido el kirchnerismo,
siempre trató de impedir el crecimiento de la izquierda, o en el mejor de los
casos, acotarlo dentro de límites muy precisos. Pero no hubo en la Argentina
posterior a 1983 nada similar a lo de Indonesia o Colombia.  Y sin embargo,  producto de nuestro sectarismo, nuestro
ingenuo hegemonismo, de estériles personalismos y falta de unidad no tenemos
gravitación en las grandes coyunturas en las que se define el destino de la
nación. Creo que ha llegado el momento de avanzar en esa dirección y refundar
una izquierda seria y plural, inmunizada contra el facilismo consignista que
constantemente anuncia la inminencia de una revolución que nunca llega, con
vocación de poder y voluntad de ser protagonista y no víctima de nuestra
historia. Claro que si llegara a ganar Macri todo esto sería muchísimo más
difícil de llevar a la práctica.
Una
última reflexión, que no puedo acallar: estoy asombrado al comprobar como
lúcidos pensadores del marxismo “votoblanquista” elaboran sesudos argumentos sin
jamás haber pronunciado la palabra “imperialismo”.  Se habla de una
elección crucial no sólo para la Argentina sino para toda América Latina y la
palabrita no aparece. Tampoco se habla de Raúl, de Fidel, de Chávez, de Maduro,
de Evo, de Correa, de Sánchez Cerén, de Daniel Ortega. No se habla de las
ochenta bases militares que Estados Unidos tiene en la región o de la ofensiva
restauradora lanzada por Washington para retrotraer la situación sociopolítica
de América Latina al punto que se encontraba el 31 de Diciembre de 1958, en
vísperas de la Revolución Cubana. ¿Qué clase de análisis de coyuntura es este
que prescinde por completo de la dimensión internacional y que ignora
olímpicamente al imperialismo? Todo parecería ser un ejercicio puramente
académico, descomprometido de las urgencias reales del momento actual y por
completo ajeno a lo que en el marxismo se entiende por análisis de la coyuntura.
En cambio, la importancia continental de la elección de Macri no pasó
desapercibida para un agudo observador de la política latinoamericana, y
protagonista también de ella, como el ex presidente brasileño Fernando H.
Cardoso, un ex marxista que se olvidó de muchas cosas menos de lo que significa
el papel del imperialismo y la correlación internacional de fuerzas. En una
esclarecedora entrevista que le concediera al diario La Nación (Buenos Aires)
el domingo 1° de Noviembre, decía que una derrota del kirchnerismo en la
Argentina facilitaría la resolución de la crisis en Brasil; es decir, pavimentaría
el camino para la destitución de Dilma Rousseff. Agregaba, además,  que
“si una victoria de la oposición en la Argentina repercutiera además en las
elecciones legislativas de Venezuela (el 6 de diciembre), sería una maravilla.
Porque en Venezuela tampoco se puede seguir así» Precisamente, de lo que
se trata es de evitar tan “maravilloso” resultado y para eso hay que impedir la
victoria de Macri, apelando al único instrumento disponible para ello: el voto
a Scioli. Sería mejor disponer de otro, pero es lo único que hay. Y votar en
blanco contribuiría a lograr el “maravilloso” efecto anhelado por Cardoso.
La
 existencia de una izquierda indiferente ante la presencia del
imperialismo en la vida de nuestros pueblos es uno de los rasgos más asombrosos
y deprimentes de la escena nacional. Esa izquierda debería tomar nota de lo que
dice el ex presidente brasileño para caer en la cuenta del significado que
tendría el triunfo de Macri el 22-N, mismo que trasciende con creces los
límites de la política nacional. La propuesta del “votoblanquismo” revela una
perniciosa mezcla de dogmatismo y de provincialismo que explica, al menos en
parte, la crónica irrelevancia de la izquierda.  Esto no es nuevo: el
trotskismo, en todas sus variantes, siempre manifestó un profundo rechazo hacia
las “revoluciones realmente existentes”. Nunca aceptó a la Revolución Cubana y
experiencias como las del chavismo, la boliviana o la ecuatoriana han sido permanente
objeto de sus enojosas diatribas, sólo comparables a las que disparan los
agentes de la derecha. Cultivan la malsana ficción de una revolución que sólo
existe en su imaginación; una revolución tan clara y límpida, y ausente de toda
contradicción, que más que un tumultuoso proceso histórico se parece a un
teorema de la trigonometría. Por eso son implacables críticos de la Revolución
Rusa, la China, la Vietnamita, la sandinista, aparte de las arriba
mencionadas.  Su concepción de la revolución no es dialéctica ni histórica
sino mecánica: la revolución es un acto, un acontecimiento, cuando en realidad
es un proceso. Es el desenvolvimiento de la lucha de clases, en un trayecto
erizado de violencia y signado por momentos de auge y estancamiento, de  avances y retrocesos. Celebran como una hazaña
de la clase obrera la conquista de un centro de estudiantes y vomitan su odio
contra las “revoluciones realmente existentes”, siempre procesos
contradictorios, conflictivos y, según esta visión, invariablemente
traicionados por sus líderes. Esta incomprensión, de la que jamás adoleció Trotsky,
los convierte–y a pesar de sus protestas- en aliados del imperio, 
en su desesperado afán
por acabar con gobiernos que Washington considera objetivamente
antiimperialistas pero que nuestros “votoblanquistas” vituperan como una
muestra de la traición a los ideales del socialismo. Y para el imperialismo y
sus secuaces, para Álvaro Uribe –el gran socio de Macri- la victoria del PRO y
Cambiemos significará un golpe durísimo, tal vez fatal, a los procesos
emancipatorios en curso en la región. Debilitará a la UNASUR (que frustró dos
golpes de Estado contra Evo y Correa) y la CELAC; hará del Mercosur un apéndice
de los TLC y del Tratado TransPacífico;  incorporará
a la Argentina a la Alianza del Pacífico (nuevo nombre del ALCA); congelará (o
tal vez romperá) relaciones con Venezuela, Cuba, Bolivia y Ecuador y, de
acuerdo con Washington, apoyará a los grupos que pugnan por derribar a esos
gobiernos;  y tratará de que la
Argentina, como hizo recientemente Colombia, reingrese a la OTAN. Esto no es
una suposición, no es algo que Macri podría eventualmente llegar a hacer sino
un resumen de las declaraciones en las que anunció cuáles serían las líneas
directrices de su política exterior. Aún cuando Scioli quisiera seguir por ese
mismo camino, las fuerzas políticas y sociales que lo apoyan plantearían
enormes obstáculos a su accionar, y no sólo en el terreno internacional sino también
en la política económica. ¿Cómo puede un sector de la izquierda argentina ser
indiferente ante esta fenomenal regresión política que el triunfo de Macri produciría
en el tablero de la política internacional? ¿Qué quedó del internacionalismo
proletario y de la solidaridad con la luchas de los pueblos hermanos? ¿Cómo se
puede predicar la abstención o el voto en blanco frente a una situación como la
que hemos descripto? Francamente, no lo entiendo. Ojalá que estas líneas sirvan
para llamar a la reflexión a los compañeros que proponen el voto en blanco y a caer
en la cuenta de todo lo que está en juego el 22-N, que trasciende de lejos la
política nacional. Por eso ratificamos la validez del título de esta nota:
votar en blanco es votar en línea con las políticas del imperialismo; es votar
por el imperialismo y nadie en la izquierda puede actuar de esa manera.