24 Agosto 2017

Comparto una reflexión sobre las PASO (elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) y macrismo como expresión de la derecha argentina.

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(Por Atilio A. Boron) Luego de las PASO ha
ganado fuerza una discusión sobre lo que es y lo que representa el macrismo. En
buena hora, porque sin conocer al adversario es imposible derrotarlo. Y, por
añadidura, lo mismo acontecerá si quien pretende oponerse a sus designios y desea
enfrentarlo no se conoce a sí mismo. Pero ahora nos interesa más internarnos en
lo primero que en lo segundo, tarea que dejaremos para una próxima ocasión.

Una
nota de cautela
Tengo la
convicción que muchos análisis sobre el macrismo parten de una visión sesgada
de lo ocurrido en las PASO. Se ha vuelto un lugar común, inclusive entre quienes
critican a la derecha, hablar de una “gran victoria”, o de un “triunfo
contundente” de Cambiemos, revelando más una suerte de contagio de la euforia
montada por esa fuerza política la noche del domingo que un análisis riguroso
de la realidad. Los datos que arrojan las primarias para elegir los candidatos
a diputados en los 24 distritos del país establecen que el macrismo se alzó con
el 35,9% de los votos contra 21% del kirchnerismo y 15,2% del peronismo no
kirchnerista. Por supuesto que hay otros elementos que refuerzan el mensaje de
las cifras, como las importantes victorias obtenidas en bastiones del peronismo
(Entre Ríos, La Pampa, Santa Cruz, San Luis) o en distritos gobernados por
partidos provinciales de gran arraigo, como Corrientes y Neuquén. Sin duda, un
desempeño muy positivo pero que no alcanza para fundamentar calificaciones como
las que señaláramos más arriba. Sin ir más lejos, en las elecciones
legislativas de 2013, el FPV obtuvo el 33,6% de los votos y a nadie se le
ocurrió hablar, que yo sepa, de una victoria apabullante. De hecho, como se
comprobará en el siguiente cuadro, el desempeño de Cambiemos en las PASO es, en
términos porcentuales, inferior al obtenido por Alfonsín, Menem y Kirchner en
1986, 1991 y 2005 respectivamente, inferior al del PJ cuando era opositor a De
la Rúa en el 2003 y muy similar al obtenido por Cristina Fernández de Kirchner
en el 2013, aunque superior al que la presidenta obtuviera en el 2009, tras los
fragores del conflicto por la 125. En otras palabras, la de Cambiemos es una
elección que en términos generales está por debajo del promedio aunque no es de
las peores. Sin embargo, fue celebrada, por propios y ajenos, como si hubiera
sido un éxito extraordinario.[1] Misterios de la posverdad, seguramente… Los resultados se
sintetizan en el siguiente cuadro:
Presidente     Año elección      Ganador      Porcentaje
                                legislativa                                de
votos

                                
         Alfonsín            1985                  UCR              42,3
         Menem              1991                    PJ                40,2
          De la Rúa          2001                    PJ               36,7
         Kirchner            2005                   FPV               41,6
          CFK                  2009                   FPV               30,6
          CFK                  2013                   FPV               33,6
         
Macri                2017 *               Cambiemos     35,9

* Cifra del escrutinio provisional de
las PASO, no estrictamente comparables con las demás.
Lo anterior no le
resta méritos a la victoria de Cambiemos pero redimensiona su importancia. Hay
que tener en cuenta que, probablemente, sus guarismos se modifiquen a la baja
una vez que se conozcan los escrutinios definitivos de la provincia de Buenos
Aires y en menor medida de Santa Fe. El triunfalismo de los diagnósticos
predominantes contrasta llamativamente con la sobriedad de uno de los intelectuales
orgánicos de la derecha argentina. Para Rosendo Fraga, pues de él estamos
hablando, estas primarias “
han
dejado un resultado confuso, tanto en lo electoral como en lo político. En la
suma nacional de votos –que nunca se presentó oficialmente–, Cambiemos habría
obtenido aproximadamente el 35%. Es la primera fuerza política en el ámbito
nacional, pero más por la dispersión de la oposición que por un apoyo
mayoritario”.[2] A lo
anterior se suma el hecho, también observado por Fraga, de que si bien el
oficialismo aumentaría el número de sus senadores y diputados en caso alguno
llegaría a la mayoría en ninguna de las dos cámaras. Primera conclusión: está
bien reconocer los aciertos del adversario, pero está mal acrecentarlos y
hacerlos aparecer como más de lo que son. Se impone, por lo tanto, mayor
parsimonia a la hora de comentar los resultados de las PASO.

Menemismo y macrismo
La segunda cuestión tiene que ver con algunos paralelismos que por momentos
se insinúan entre el menemismo y el macrismo. Ciertamente que hay un telón de
fondo que les es común. Ambos representan variantes de una reacción neoliberal
ante los “excesos” del estatismo, en el caso de Menem o del populismo en el
caso de Macri, pero las diferencias no son para nada insignificantes. Brevitatis causae, diría que hay cinco
que conviene subrayar. Primero, Menem se apoyaba en un partido político, el PJ,
que tenía una abrumadora presencia nacional y un gran respaldo popular anclado
en las conquistas históricas del primer peronismo. Macri, en cambio, se apoya
en Cambiemos, una heteróclita y sumamente volátil alianza de fuerzas políticas
de derecha (y algunas de centro) que si bien al día de hoy es la única con
presencia en los veinticuatro distritos del país está muy lejos de ofrecer la
firme apoyatura que en los noventa el PJ le aportó a Menem.
Puedo equivocarme pero tengo la convicción de que Cambiemos
representa más que nada un pasajero estado de ánimo, un cierto humor social
“formateado” por la oligarquía mediática, que todavía está lejos de ser una
construcción política sólida que pueda desembocar en la creación de un gran partido
de derecha. El tiempo dirá si esta hipótesis se confirma o es refutada por el
devenir de nuestra vida política. Pero, y esta es la segunda consideración,
Macri en cambio tiene a su favor algo que Menem jamás tuvo: un formidable
blindaje mediático que le ofrecen los medios más concentrados del país y que cuentan
con una capacidad de penetración y de manipulación de las conciencias que ni
remotamente existía hace un cuarto de siglo. La debilidad de la construcción
partidaria de la derecha es reemplazada, por ahora, con la fortaleza de un
aparato de medios de comunicación que, tal como lo anticipara Gramsci, puede en
ciertas ocasiones y por un tiempo determinado actuar como el “príncipe
colectivo” o, como decía Engels, como el “capitalista colectivo ideal”. Pero es
una situación que difícilmente perdure en el tiempo y denota una indisimulable
fragilidad política que Menem no tenía y que le permitió detentar el poder
durante diez años y medio. Tercero, las políticas del menemismo coincidían con
las tendencias dominantes en Estados Unidos y en el capitalismo global. Eran
los tiempos del apogeo del Consenso de Washington cuando para ganar elecciones
había que hacer pública profesión de fe neoliberal, como además de Menem en
1995 lo hicieran Salinas de Gortari en México, Fernando H. Cardoso en Brasil, Alberto
Fujimori en Perú y Patricio Aylwin, Eduardo Frei hijo y Ricardo Lagos en Chile.
Pero ese paradigma de política económica hoy ha caído en desgracia con el
ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca y el neoliberalismo que permea todo el
“equipo” de Macri da la sensación de ser anacrónico en más de un sentido.[3] Cuarto,
Menem pudo implementar su proyecto sin tener que vérselas con una significativa
oposición. Tanto es así que luego de seis años de privatizaciones,
desregulaciones, desindustrialización y rápido aumento de la pobreza fue
reelecto en 1995 con el 49,9% de los votos, y que la primera gran protesta
popular contra sus políticas tuvo lugar en Cutral-Có en 1996, ¡siete años después
de iniciado su programa económico! La razón es fácil de comprender: Menem llega
a la Casa Rosada luego de la devastación producida por la hiperinflación de
1989
y la tremenda crisis
económica que destruyó empleos, reconcentró el ingreso y borró del mapa a
infinidad de pequeñas y medianas empresas. Es decir, inicia su mandato una vez
consumada una enorme derrota de las clases y capas subalternas. Macri encuentra
una economía con muchos problemas –inflación, déficit fiscal, estancamiento
económico– pero con una población cuyas condiciones de existencia habían
mejorado (en algún caso sensiblemente), empoderada por una conjunto de nuevos
derechos económicos, sociales y culturales y en donde el movimiento popular
conserva todavía una capacidad de respuesta con la que Menem nunca tuvo que
lidiar.[4]
Por eso a los pocos meses de iniciado su mandato, Macri se
enfrentó a un cúmulo de protestas –si bien desarticuladas y sin contar con el
apoyo de los organizaciones gremiales tradicionales– que han ido subiendo de
tono a medida que los efectos de sus políticas de “eutanasia de los pobres y
los viejos” y el cierre de oportunidades para los jóvenes se sienten cada vez
con mayor intensidad. Quinto y último, Menem pudo hacer y deshacer casi a voluntad
durante sus años en la Casa Rosada porque a lo anterior sumaba su abyecta
sumisión al imperialismo norteamericano, que le ofrecía un “paraguas protector”
que Macri no tiene porque Estados Unidos ya no está en condiciones de ofrecer.[5] Si
en los noventa ese país experimentaba un auge sin precedentes con la
desintegración de la Unión Soviética y su victoria en la Guerra Fría, quedando
como la única superpotencia del planeta e ilusionándose con que el siglo
veintiuno sería “el siglo americano”, la época actual está marcada por el
inocultable comienzo de un proceso de declinación –reconocido por autores tan
diversos como Zbigniew Brzezinski, Noam Chomsky, Chalmers Johnson y Tom
Engelghardt entre muchos otros– merced a lo cual la otrora inexpugnable “superioridad
americana” ya es cosa del pasado. Macri se enfrenta a un mundo mucho más
complejo y amenazante que el de los noventa y en donde la redistribución del
poder mundial y la emergencia de nuevos centros de poder económico, político y
miliar (China, Rusia, India, entre otros) y el debilitamiento de Europa hacen
que aun con el ferviente apoyo de Washington la viabilidad de sus políticas
esté marcada por la incertidumbre.

La construcción de una nueva hegemonía
De todo lo anterior brota una tercera
consideración, relacionada con la construcción de una duradera hegemonía
macrista o de derecha en la política argentina. Son muchos los observadores y
analistas que auguran su futura concreción, pero la realidad aconseja ser muy cautelosos
con estos pronósticos. Primero, porque la hegemonía, como decía Gramsci, “nace
de la fábrica” o, si se quiere, del éxito de un modelo económico. El que está
intentando poner en marcha Macri es tan incoherente y contradictorio que difícilmente
podría ser el fundamento de una construcción hegemónica perdurable. Además, al
cabo de más de un año y medio sus resultados han sido decepcionantes, por
decirlo con diplomacia.  Miguel Ángel
Broda, uno de los más connotados “gurúes” de la City porteña, fue lapidario
cuando sentenció, pocos meses atrás:
“Acá no hay plan A ni plan B, esto es
insostenible en el largo plazo”.[6]
El equipo económico es cualquier cosa menos un conjunto armonioso en donde
todos tiran en la misma dirección. La improvisación y los disparates están a la
orden del día: desde un endeudamiento a cien años, que constituye una brutal e
irresponsable estafa intergeneracional perpetrada precisamente por la ausencia
de un plan, hasta las alucinantes declaraciones del ministro de Hacienda
asegurando veinte años de prosperidad para la Argentina, algo que ningún colega
suyo en Noruega, Finlandia o Nueva Zelanda se atrevería a profetizar, mucho
menos en Estados Unidos u otros países europeos. Afirmaciones absurdas como
esta, sobre todo en un país tan inestable e imprevisible como la Argentina, dan
la pauta de que estamos en manos de una ceocracia que ignora por completo el
carácter inherentemente cíclico de las economías capitalistas, para ni hablar
de las teorías que explican su peculiar comportamiento. En segundo lugar, la
construcción de una nueva hegemonía supone la capacidad del grupo dirigente de
ofrecer una “dirección intelectual y moral” al resto de la sociedad, y la
derecha no puede asegurar ni la una ni la otra. Además, quien tenga
pretensiones hegemónicas –cosa bien diferente de tener “capacidad hegemónica”- tiene
que estar dispuesto a hacer concesiones significativas a las clases y capas
subalternas en aras del bienestar colectivo para que el aspirante a hegemón
pueda ser visto, otra vez con Gramsci, “como la vanguardia de las energías
nacionales”. El macrismo en cambio aparece como la vanguardia de los intereses
de las grandes corporaciones cuyos representantes han colonizado, bajo el
gobierno de Cambiemos, las alturas del aparato estatal.
¿Una derecha democrática y republicana?
Una impostergable reflexión, la cuarta, debe
necesariamente someter a escrutinio el supuesto democratismo y la adhesión a
los valores republicanos de la derecha argentina. Digamos de entrada que la
derecha, desde la Revolución Francesa hasta hoy, nunca fue democrática, si es
que la palabra democracia conserva aún algún sentido. Ni en Europa ni en
Estados Unidos, y mucho menos en América Latina. Es preciso distinguir
liberalismo de democracia. La derecha abrazó al primero, luego de una larga
batalla contra los bastiones del orden conservador, pero jamás adhirió a la
democracia. Sus grandes teóricos lo fueron del liberalismo, no de la
democracia. Esta se fue construyendo a pesar –y no con el favor– de la derecha,
en una lucha centenaria signada por periódicas regresiones autoritarias –los
fascismos europeos, por ejemplo– y, en la periferia del sistema capitalista,
por frecuentes baños de sangre y feroces dictaduras. Los sujetos de la
democracia fueron las clases y sectores populares, comenzando por las capas
medias a mediados del siglo XIX y siguiendo por las distintas fracciones y
estratos del universo popular: los obreros fabriles, los campesinos, el “pobretariado”
urbano (Frei Betto), las mujeres y, en algunos países, los jóvenes y los
pueblos originarios. Estas tentativas fueron implacablemente combatidas por la
derecha, ilegalizando a sus principales actores; reforzando los aparatos
coercitivos del estado; sancionando legislaciones represivas; desterrando, encarcelando
o asesinando sus líderes y provocando golpes de estado cada vez que la “amenaza
democrática” aparecía incontenible. Todo esto, además, haciendo gala de un
racismo, una xenofobia, una homofobia incompatibles con el espíritu democrático.
La historia argentina es pródiga en ejemplos de todo esto.
El padre fundador del neoliberalismo,
Friedrich von Hayek, decía que el libre mercado era una necesidad y la
democracia una conveniencia, aceptable siempre y cuando no interfiriese con el
primero. Las burguesías de todo el mundo aceptaron a regañadientes los avances
de la democracia bajo dos condiciones: uno, cada vez que la correlación de
fuerzas se inclinaba decisivamente hacia el campo popular –y en este sentido la
sola presencia de la Revolución Rusa fue decisiva para el avance de ese proceso
en Europa y, más indirectamente, en el Tercer Mundo; y, dos, cuando la
democracia fue vaciada de su contenido radical sintetizado en la célebre
fórmula de Abraham Lincoln: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo” y reemplazada por otra que asimila la democracia al “gobierno de los
mercados, por los mercados y para los mercados”. Creer que la derecha se ha
convertido en un actor democrático porque, en un alarde de oportunismo demagógico,
ahora se ha maquillado y suavizado su discurso es una peligrosa ilusión[7].
Su dominio antidemocrático se ha perfeccionado con lo que Noam Chomsky denomina
“estrategias de manipulación mediática”, es decir, el imperio de la “posverdad”
en sus medios y en su discurso. Como bien recuerda María Pía López, al macrismo
es post-democrático: “puede encarcelar sin ley, echar jueces con la argucia de
demorar un acto de asunción, omitir votos, suspender conteos” y, agregaríamos
nosotros, criminalizar la protesta social.[8]
Pero la derecha tampoco es republicana, pese
a que se ufana día a día en proclamar su republicanismo discursivo que no
resiste la prueba de los hechos. Desde el intento de designar a dos jueces de
la Corte Suprema por decreto hasta el desconocimiento de la resolución de la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos exigiendo la liberación de Milagro
Sala pasando por la “picardía” de suspender al Camarista Eduardo Freiler con
una trampa leguleya y administrativa (que si se hubiera hecho durante el
kirchnerismo las denuncias y la gritería de los custodios de la república habrían
sido escuchadas hasta en Júpiter) hasta el vicioso ataque en contra de la
Procuradora Alejandra Gils Carbó y la inacción estatal ante la desaparición de
Santiago Maldonado a manos de las fuerzas represivas del estado hablan de un
republicanismo “para la tribuna”, de labios para afuera y de más que dudosa
credibilidad.[9]
Si a esto le agregamos la involución neocolonial de un gobierno que en el
flanco internacional ha cedido posiciones en todos los frentes, desde Malvinas
hasta la Unasur, pasando por todas las instancias intermedias como el abandono
del proyecto ARSAT III, su gris desempeño en el G20 y su triste papel como
mandadero de Washington para hostigar a Venezuela, comprobaremos la
“insoportable levedad” de su democratismo y su republicanismo. Sobre todo si
como lo ha hecho el gobierno de Macri se asumen como propias la agenda
exterior, las prioridades y los intereses de Estados Unidos, en desmedro de
nuestra viabilidad como nación soberana y dueña de su destino. Y esto es
suficiente para desechar cualquier pretensión de la derecha de embanderarse con
la democracia porque esta tiene como condición sine qua non la soberanía popular, que se convierte en una piadosa
ficción ante la ausencia de soberanía nacional. Y si hay algo a lo que el
macrismo y toda la derecha argentina han renunciado es a preservar un mínimo de
autodeterminación nacional en aras de forjar una nueva “relación carnal” con el
veleidoso emperador que tiene al mundo en vilo. Por lo tanto, esa derecha no
puede ser democrática, por más que su fachada y sus rituales se esfuercen por
dar la impresión contraria. Y tampoco es genuinamente republicana.

Conclusión
Esta es la fisonomía sociopolítica del
macrismo, un régimen que descansa más en la productividad política de los
poderes fácticos que en las instituciones de la democracia. Estos también son
sus límites. Contener la arremetida de la derecha y frustrar sus planes no será
tarea sencilla. Requerirá una enorme acumulación de poder popular, de
voluntades plebeyas que se sumen a un proyecto de recuperación democrática y
nacional que sólo podrá ser exitoso si se construye “desde abajo” y democráticamente
hasta en sus menores detalles. No sólo eso: también deberá efectuarse un ejercicio
autocrítico que establezca un balance realista de los aciertos y desaciertos
del kirchnerismo, para profundizar lo que se hizo bien, corregir lo que se hizo
mal y hacer lo que no se hizo (por ejemplo, una reforma tributaria o la
nacionalización del comercio exterior, entre otras iniciativas). Deberán
asimismo forjarse nuevas estructuras organizativas del campo popular sin
ninguna clase de hegemonismos puesto que de la derrota del 2015 nadie salió
indemne. Además, deberá librarse una enérgica batalla de ideas para
contrarrestar los efectos narcotizantes de la oligarquía mediática puesta al
servicio de la restauración conservadora. Sólo esto nos permitirá encarar las
luchas que se avecinan con alguna perspectiva de éxito. No es hora de
pesimismos. Aquí conviene recordar una vez más la fórmula gramsciana:
“pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.” Y recordar también
que no es la primera vez que el pueblo argentino desbarata los planes de sus
opresores.


[1] No son estrictamente de “medio término” pues dado que el mandato
presidencial hasta la reforma constitucional de 1994 era de seis años, Alfonsín
y Menem tuvieron dos elecciones de diputados nacionales. A partir de 1995 sólo
una.
[2]Unas PASO que gana el
Gobierno, pero que no resuelven interrogantes”, en
http://www.nuevamayoria.com/index.php?option=com_content&task=view&id=5409&Itemid=39
[3] Un ejemplo: luego
de la tan promocionada visita del vicepresidente de EEUU Mike Pence, el
gobierno de Donald Trump, un “amigo” del presidente Mauricio Macri, impuso
fuertes aranceles a la exportación argentina de biodiesel que prácticamente la
sacaron del mercado estadounidense. Ver
http://www.lanacion.com.ar/2055674-eeuu-impuso-fuertes-aranceles-y-dejo-al-biodiesel-argentino-fuera-del-mercado
[4] Lo cual no quita
que pese a las políticas sociales puestas en marcha por CFK no se hubiera
podido reducir significativamente un núcleo duro de pobreza que oscilaba en
torno al 30% de la población y que fue el destinatario principal de las activas
políticas de promoción social aplicadas en aquellos años. Este sector no salió
de la pobreza pero al menos fue beneficiado por numerosas políticas
compensatorias que hoy están siendo poco a poco recortadas, aunque el gobierno
sabe muy bien que si se excede en su afán ajustador puede provocar una reacción
popular imposible de controlar. Hay que comprender que aun dentro del
oficialismo hay un sector que entiende los riesgos que entraña un recorte
salvaje a las políticas sociales mientras que otro, arraigado en el gabinete
económico, sostiene en línea con los teóricos del neoliberalismo, que el
trabajo no es un derecho sino un privilegio que muchos no merecen disfrutar.
Esto está en concordancia con una reflexión que periódicamente aparece en
Estados Unidos acerca del pobre que merece ayuda del gobierno y el que no (el undeserving poor ), que lo es por su
holgazanería, su vida disipada y sus vicios. El supuesto, obvio, es que la
pobreza no es el resultado natural de la economía capitalista sino el reflejo
de la constelación de actitudes, creencias y valores de los individuos. Eso es
lo que los salva o los condena, no el sistema.
[5] Esta es una metáfora utilizada por Joseph Schumpeter para referirse
a la protección que la aristocracia inglesa le ofrecía a la burguesía en su
fase de ascenso a cambio de conservar sus privilegios y su control de la Cámara
de los Lores en el Parlamento británico.
No muy
diferente es la opinión de otro de los economistas de consulta obligada de los
capitalistas argentinos, José Luis Espert, tal como se refleja en sus numerosas
intervenciones públicas a través de la prensa, la radio y la televisión. 
[7] El texto de José
Natanson, que tuvo el mérito de abrir este debate y formular algunas atinadas
observaciones, plantea de manera radical la tesis del carácter democrático de
la derecha. Ver su “El macrismo no es un golpe de suerte”, en Página/12,
17 de agosto de 2017. Disponible en:
https://www.pagina12.com.ar/56997-el-macrismo-no-es-un-golpe-de-suerte  Un aporte fundamental para analizar este tema
se encuentra en la obra de Ellen Meiksins Wood, Democracia contra capitalismo. La renovación del materialismo histórico
(México DF: Siglo XXI, 2000). Un par de libros de nuestra autoría se encuentran
en la misma línea: Estado, capitalismo y
democracia en América Latina
(Buenos Aires: CLACSO, 2003) y Tras el Búho de Minerva. Mercado contra
democracia en el capitalismo contemporáneo
(Buenos Aires: Fondo de Cultura
Económica, 2000), ambos disponibles para descarga gratuita en diversos sitios
de internet.
[8] “Qué hay de
nuevo, viejo?”, en Página/12, 21 de agosto
2017,
https://www.pagina12.com.ar/57928-un-nuevo-proyecto-hegemonico
[9] Ver el análisis
de este tema en el libro de Ezequiel Adamovsky, El cambio y la impostura. La derrota del kirchnerismo, Macri y la
ilusión PRO
(Buenos Aires: Planeta, 2017) pp. 19-63.