Quito, 2 de Octubre de 2014

A continuación comparto una
reflexión inicial sobre las ponencias y discusiones sostenidas en el Encuentro
que las fuerzas de izquierda y progresistas tuvieron en Quito los días 29 y 30
de Septiembre sobre el tema “Las revoluciones de la Patria Grande: retos y
desafíos”.

Inauguración del Encuentro, Lunes 29 de Septiembre 2014. En el podio, Rafael Correa
Primero, la constatación de
que el ciclo de ascenso del movimiento popular en América Latina y el Caribe se
ha detenido. Por supuesto, la dinámica de la lucha de clases sigue su curso en
los distintos países, y en algunos casos con mucha intensidad, en donde se
puede observar un archipiélago de resistencias a los acelerados procesos de
desposesión y saqueo perpetrados por las grandes transnacionales del
“agronegocios” y la minería, principalmente. Ciclo que, sin duda, podrá renacer
en no demasiado tiempo, pero no en la inmediatez de la coyuntura actual. En
otras palabras, la formidable marea de carácter continental desatada a finales
del siglo veinte con el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales
venezolanas de 1998 se ha estancado. Podría decirse que el punto más elevado de
este ciclo ascendente fue la derrota del ALCA en Mar del Plata en Noviembre del
2005, y que el estallido de la nueva crisis general del capitalismo en 2008 fue
la que marcó el principio del fin de aquella fase. Un ejemplo elocuente de este
proceso lo proporciona el auge y decadencia del Foro Social Mundial de Porto
Alegre, importantísimo en los primeros años del siglo y reducido a la
irrelevancia en los últimos tiempos. Otro ejemplo lo aporta la constatación de
la “corrida hacia la derecha” del centro de gravedad del espectro político en
países como la Argentina,
Brasil, Uruguay, otrora puntales de la “centroizquierda” latinoamericana; o las
crecientes presiones ejercidas por el bloque oligárquico-imperialista sobre los
gobiernos bolivarianos de Bolivia, Ecuador y Venezuela.
Segundo, y como corolario de
lo anterior, luego del desconcierto inicial y el retroceso experimentado por la
derecha latinoamericana ante el avance del movimiento popular se desencadenó un
proceso de reorganización y reacomodo de las fuerzas conservadoras. En línea
con lo que observara Antonio Gramsci, en período de crisis estas mudan nombres,
agendas, estrategias, tácticas, organizaciones y liderazgos para enfrentar, en
nuestro caso bajo la dirección general de Washington, los desafíos planteados
por la nueva situación. Las opciones son varias: apuesta al golpe de estado en
Bolivia (2008) y Ecuador (2010) y fracasa, no por casualidad en dos países que
habían experimentado vigorosos procesos de auge de masas. Ya antes, en una
movida premonitoria, lo había intentado en Venezuela en el 2002 para derrocar a
Hugo Chávez, pero la impresionante respuesta popular frustró esos propósitos esos propósitos.  Pero triunfó en dos eslabones
más débiles de la cadena imperialista apelando a nuevas tácticas: los
“golpes institucionales” en Honduras (2009) y Paraguay (2012). Esta “derecha
recargada” se monta sobre el proyecto de recuperación y disciplinamiento de
América Latina y el Caribe diseñada por la
Casa Blanca a partir de las crecientes
dificultades que su primacía encuentra en Medio Oriente, Asia Central y el
Extremo Oriente, lo que la lleva a privilegiar el control de su “retaguardia
estratégica” a cualquier precio. En este nuevo escenario, esa derecha
patrocinada, financiada, organizada y aconsejada por Washington lanza un
proyecto de “restauración conservadora” que combina estrategias institucionales
(como la creación -o recreación- de partidos de una derecha neocolonial que
opere falaz y provisoriamente dentro de las reglas del juego de la democracia)
con otras de carácter francamente insurreccionales y sediciosas, como lo
retrata con total claridad la agresión perpetrada en contra de la República Bolivariana
de Venezuela con sus guarimbas que ocasionaron casi medio centenar de muertos
una vez que la derecha volvió a morder el polvo de la derrota en las elecciones
de fines del 2013. Entre ambas estrategias, las institucionales y las
insurreccionales, se despliega un amplio abanico de opciones  intermedias, aunque todas ellas con un común
denominador: reemplazar por cualquier medio a los gobiernos que no se alinean
incondicionalmente con Washington. Por ejemplo, los que no admiten la
instalación de bases militares norteamericanas en sus territorios. Esto los
convierte automáticamente en enemigos a ser derrocados apelando a cualquier
recurso.
Tercero, tener en cuenta los impactos
fuertemente negativos que la actual crisis general del capitalismo ejerce, a
través de múltiples conductos, sobre las economías latinoamericanas y sus
implicaciones en los diversos esquemas regionales de integración como el
Mercosur, la UNASUR,
Petrocaribe, la CELAC,
etcétera. La interminable recesión, que ya se prolonga por más de seis años,
provocó la disminución de la demanda y de los precios de la mayoría de las
commodities producidas en la región, crecientes restricciones y
condicionamientos impuestos por los grandes capitales para realizar inversiones
en países de la periferias y, en algunos casos, una caída en el volumen de las
remesas de los emigrados, todo lo cual ha creado una situación fiscal cada vez
más comprometida para los gobiernos del área. Esta combinación de factores
afecta con mayor intensidad a países como Bolivia, Ecuador y Venezuela que en
los últimos años se embarcaron en ambiciosos programas de reforma social,
combate a la pobreza y la desigualdad y cuantiosas inversiones en
infraestructura. El desequilibrio en las cuentas públicas agudiza la
vulnerabilidad de las economías latinoamericanas, acrecienta su dependencia
externa y debilita el impulso integracionista al tener que hacer frente a las
tensiones comerciales y financieras de la coyuntura abriéndose a los influjos
de la economía mundial, lo que va en desmedro de los acuerdos regionales de
cooperación económica y política. Un ejemplo: si los países del ALBA necesitan
cada vez más dólares para importar bienes esenciales para su aparato productivo
tenderán inevitablemente a orientar sus relaciones económicas hacia países que
puedan pagar en esa moneda por sus exportaciones en detrimento de los
intercambios económicos pagaderos con el SUCRE o con monedas locales. El
estancamiento del Mercosur tiene como una de sus causas precisamente esta misma
situación. Y las restricciones en materia de integración económica poco tardan
en proyectarse sobre la escena política. No sorprende, por lo tanto, que la UNASUR se haya visto negativamente
afectada por el clima económico recesivo imperante en la economía mundial,
clima que, con unos años de retraso en relación a su irrupción en los
capitalismos metropolitanos, terminó por agobiar a los países del área. 
Cuarto y último (por ahora, como decía el Comandante):
consenso muy grande en el Encuentro acerca de que la sustentabilidad de los
procesos de reformas no descansa sobre pactos o acuerdos con el establishment  local o internacional (que la historia enseña
que invariablemente terminan con la derrota del campo popular) sino sobre la ininterrumpida
extensión y profundización de las reformas. No hay consolidación de lo ganado
si la marcha se detiene, o si se cae en la trampa del falso realismo del  “posibilismo.” Claro que para continuar el
avance no basta con apelaciones retóricas o 
el culto al voluntarismo. Es necesario perfeccionar la organización de
los movimientos sociales y fuerzas políticas identificadas con el proceso de
transformaciones y trabajar incansablemente en eso que Fidel llama “la batalla
de ideas”, la concientización del campo popular. En suma: la fórmula de la
sustentabilidad de estos procesos que cambiaron el mapa sociopolítico latinoamericano
desde comienzos de siglo es “organización + concientización”. A sabiendas, va
de suyo, que cada avance hacia un horizonte revolucionario -hacia la
construcción de una sociedad no sólo posneoliberal sino poscapitalista-
desencadenará las más feroces reacciones de la derecha vernácula y sus amos
imperialistas como desgraciadamente lo prueba el asesinato perpetrado en el día
de ayer en Caracas  del joven diputado chavista Robert Serra. Algunos sectores del
progresismo (e inclusive de una cierta izquierda) pueden caer en un
eclecticismo teórico en relación al carácter omnipresente y permanente de la
lucha de clases, cosa que jamás ocurre con nuestros enemigos, demasiado
acostumbrados al ejercicio del poder como para distraerse en esas tonterías. La
derecha, la burguesía imperial y sus aliados en la periferia saben que la lucha
de clases es tan real e inexorable como la ley de la gravedad, y llevan esta
creencia hasta sus últimas consecuencias en el terreno de la praxis. Si para
prevalecer en el conflicto tienen que matar van a matar; si tienen que torturar
van a torturar; si tienen que desaparecer a sus enemigos los harán desaparecer.
Avanzar resueltamente es la única manera de desbaratar sus planes.