26 de Julio, 2014


En un día como hoy, pero del año 1953, se producía el asalto al Cuartel Moncada, en la ciudad oriental de Santiago, Cuba. Un total de 135 jóvenes, organizados en tres columnas lideradas por Fidel Castro (27 años), Raúl Castro (22 años) y Abel Santamaría (26 años)…

Fidel, en una foto increíblemente premonitaria, tomada en prisión debajo de un cuadro de José Martí

El Oriente informa de la captura del hermano menor de Fidel, Raúl. 

Abel Santamaría Cuadrado, atrozmente torturado y asesinado por el ejército de Batista una vez hecho prisionero

 … llevarían a cabo esa acción que terminaría siendo desbaratada por el ejército de Batista, pero que pese a ello marcaría el comienzo del proceso revolucionario que culminaría el 1º de Enero de 1959 con el triunfo del Movimiento 26 de Julio. Fidel y Raúl salvaron milagrosamente sus vidas, no así Abel, quien fue hecho prisionero, torturado salvajemente y asesinado en el cuartel. Con su valentía estos tres jóvenes abrieron las páginas de un nuevo capítulo en la historia de Nuestra América, un continente que después del Moncada y el triunfo de la Revolución Cubana nunca más volvería a ser lo que por tanto tiempo fuera.


A continuación, agrego un extracto de un texto que escribiera como presentación a una nueva edición del alegato en defensa propia presentado por Fidel ante los jueces, una obra maestra de la filosofía política y que luego fuera publicada bajo el título La Historia me Absolverá. No dejen de leer ese discurso, pronunciado por Fidel de corrido, sin tener una hoja ante su vista, ningún escrito, ¡nada! Recomiendo muy especialmente la edición completa del mismo, precedida por un extenso estudio introductorio a cargo de los historiadores cubanos Pedro Álvarez Tabío y Guillermo Alonso Fiel y que fuera publicada en Buenos Aires por Ediciones Luxemburg.  

Prólogo a la historia me
absolverá

La premonición
de la Historia
Atilio A. Boron  •
Buenos Aires

Suele
decirse que hay textos, libros o discursos que son hacedores de la historia. La
metáfora es expresiva pero, a la vez, engañosa. Lo primero, porque hace
justicia a la extraordinaria importancia que un escrito puede excepcionalmente
adquirir en el desencadenamiento de grandes procesos históricos. Pero también
engañosa porque en su formulación inicial oculta un hecho decisivo: son hombres
y mujeres quienes realmente hacen la historia. Las 95 tesis que el monje Martín
Lutero clavara en las puertas de la
Catedral de Wittenberg en 1517 no hubieran pasado de ser una
disputa conventual, un intrascendente berrinche del monje agustino si no fuera
porque tuvieron la capacidad de captar la sensibilidad de su tiempo. Fue sólo
cuando las ideas del clérigo –aquel “rayo del pensamiento”, apelando a la
expresión utilizada por el joven Marx a propósito de este asunto– tomaron
contacto con el suelo popular que se convirtieron en poderosos instrumentos de
transformación social. Algo parecido puede decirse de El Contrato Social,
de Jean-Jacques Rousseau que, por supuesto, no “produjo” la Revolución Francesa
ni ocasionó las guerras de la independencia de las colonias españolas en las
Américas. Pero al igual que en el caso anterior, el escrito del ginebrino
sintetizó, de algún modo, las aspiraciones de una época y permitió imaginar los
contornos de la nueva sociedad que se estaba gestando en el vientre de la
vieja. Lo mismo vale en relación a otro texto extraordinario, el Manifiesto
Comunista
escrito por aquellos dos geniales jóvenes alemanes a comienzos de
1848 y que con el correr de los años habría de convertirse en el heraldo de una
nueva etapa histórica. Otro tanto puede decirse, por último, de El Estado y la Revolución, escrito
por Lenin en medio de los fragores de la primera revolución socialista de la
historia. No fueron los libros, o los panfletos, sino la articulación entre
estos y las luchas de los pueblos los que movieron la historia.

La coyuntura del ‘53

La historia me absolverá pertenece a
este mismo ilustre género. Se trata de un alegato extraordinario, un texto
impresionante, sin duda uno de los más importantes de la historia
latinoamericana, tanto por su contenido como por las condiciones bajo las
cuales se produjo. Como es bien sabido, el 26 de julio de 1953 un grupo de
jóvenes que constituían la oposición revolucionaria a la dictadura de Fulgencio
Batista –avalada y sostenida militar y financieramente por el gobierno de
Estados Unidos– se propuso tomar por asalto los cuarteles
Carlos Manuel de
Céspedes, de Bayamo, y Moncada, de Santiago de Cuba. Esta radical decisión fue
precipitada por la acelerada descomposición del régimen político batistiano y
la capitulación de la oposición legal al mismo. Por ese entonces Fidel militaba
en el Partido del Pueblo Cubano (PPC), una organización de vaga inspiración
socialdemócrata, fundada por un honesto político cubano, el senador Eduardo
Chibás, en 1947, como un desprendimiento del por entonces gobernante Partido
Auténtico. La corrupción generalizada y la total capitulación de la dirigencia
política, económica y social provocó el espectacular suicidio de Chibás en
1951, transmitido literalmente “en vivo” al final de una de sus periódicas, y
muy populares, alocuciones radiofónicas. Fidel permaneció en el partido y al
año siguiente fue designado como candidato a diputado para las elecciones
previstas para junio de 1952. Pero el 10 de marzo se produjo el golpe de estado
del coronel Fulgencio Batista, y el proceso electoral fue abortado.

Fidel había reiteradamente manifestado su disconformidad con la línea
vacilante del PPC y la paralizante inoperancia de la oposición legal ante un
régimen que, en plena Guerra Fría y alentado por sus mentores de EE.UU., se
limitaba a la denuncia y a las protestas en el ámbito del Congreso. Sin
embargo, su exigencia de que el partido adoptase una estrategia de oposición
extraparlamentaria –apelando con esto a la mejor tradición revolucionaria
cubana– había sido desoída. La pusilánime respuesta que el PPC ofreció ante el
golpe de estado batistiano y su descarada violación de la Constitución de 1940,
influida, según Fidel, “por las corrientes socialistas del mundo actual”, y
cuyos contenidos progresistas reflejaban un momento de auge de la lucha de
clases en Cuba, precipitaron la ruptura de Fidel con la dirección del PPC y su
pasaje a la clandestinidad (p. 101).

Fue a partir de esos momentos cuando, bajo la dirección de Fidel, el
grupo de jóvenes revolucionarios adoptó una estrategia insurreccional. Esta
tenía como momento inicial la captura de un sitio emblemático de la dictadura
para, a partir de ahí, precipitar la sublevación popular en una ciudad o una
región. Dada la densa y prolongada tradición de lucha y rebeldía popular que
desde la época de la colonia caracterizaban a la provincia de Oriente, cuna de
las guerras de la independencia y el lugar donde, junto con Máximo Gómez, Martí
desembarcara en 1895 para librar la que sería su última batalla por la liberación
de Cuba, los revolucionarios decidieron atacar los mencionados cuarteles en el
año en que se cumplía el centenario del nacimiento de José Martí. El ataque se
llevó a cabo el 26 de julio y debido a circunstancias que el mismo Fidel
explica en su alegato terminó en una derrota de las fuerzas insurgentes.
Sesenta de los 135 integrantes del comando revolucionario cayeron, en su
mayoría luego de que cesara el combate, víctimas de salvajes torturas y
fusilamientos a mansalva. Fidel y un puñado de sus hombres lograron replegarse
a la montaña, pero el 1º de agosto fueron arrestados por una patrulla del
ejército cubano. Luego de permanecer más de dos meses en confinamiento
solitario y bajo durísimas condiciones carcelarias, el 16 de octubre comienza
un proceso legal en su contra y en el cual, dada la absoluta falta de
garantías, el joven abogado de 27 años decide asumir su propia defensa.

Martí, Gramsci y la “batalla de ideas”

… Por empezar, el juicio no se llevó a cabo en ningún edificio
del poder judicial de Santiago, sino en una pequeña sala de la Escuela de Enfermeras del
Hospital Civil de esa ciudad. Para ello, nada mejor que reproducir textualmente
lo que una periodista que pudo estar presente en el juicio, Marta Rojas,
escribió en aquella jornada:

El acusado doctor Fidel Castro no ha hecho ni un alto en su informe, a veces
alza la voz, y él mismo se contiene; en instantes se inclina sobre la mesita
que tiene de frente y casi habla en secreto. A medida que habla, improvisando
siempre, hay más silencio en el recinto, no se escucha ningún otro sonido más
que su voz pausada, como si conversara con todos, mira fijo al tribunal que lo
atiende con gusto […] los soldados están apiñados en la puerta y no disimulan
su atención. A veces posa su vista en el retrato de Florence Nigthingale que
preside el saloncito de las enfermeras y parece que conversa con ella. No tiene
ni un papel, ni un libro con él […] Todas las personas que lo han escuchado
comentan su talento. Improvisó la pieza completa y la coloreó con pensamientos
ajenos (de juristas), con trozos de alegatos y sobre todo con las palabras textuales
de José Martí. Su postura […] ha despertado verdadera admiración para con el
revolucionario.

Haydée Santamaría y Melba Hernández, dos heroínas de la revolución
El excepcional alegato de Fidel –no improvisado sino profundamente
meditado y sopesado, pero que fluía de su pensamiento con la frescura de las
ideas que son dichas por primera vez– pronto trascendió las paredes de la Escuela de Enfermeras.
Pese a la férrea censura de prensa, el pueblo cubano había comenzado a conocer
los pormenores del asalto al Moncada. En principio, gracias a la irrefrenable
indiscreción desatada, especialmente entre los asistentes de origen popular al
singular proceso judicial, por la elocuencia y la contundencia argumentativa de
Fidel que hizo que su alegato corriera como un reguero de pólvora por Santiago;
y poco después, debido a la distribución clandestina del discurso, tarea a la
que se entregaron con heroísmo y eficacia Haydée Santamaría y Melba Hernández,
una vez cumplidas sus condenas. Remito al lector a la “Introducción” de
Pedro
Alvarez Tabío y Guillermo Alonso Fiel, con la que se abre la presente edición
del alegato de Fidel, para un detallado conocimiento de las ingeniosas
estrategias desarrolladas por este para re-escribir lo que había sido escrito y
perdido, logrando la verdadera proeza de hacerlo en su celda y enviarlo extramuros
burlando la vigilancia de sus carceleros. El 26 de julio no sólo tenía un líder
de excepcional estatura política e intelectual; también disponía de una
organización que estaba a su misma altura y que hizo posible “rearmar” La
historia me absolverá
a partir de cientos de pequeños fragmentos hábilmente
remitidos desde la cárcel.
Para Fidel era evidente que no podían ahorrarse esfuerzos a la hora de
librar lo que, utilizando un lenguaje de nuestros días, podríamos llamar la
“batalla de ideas”. Esta era necesaria para contrarrestar los efectos negativos
que, para el curso de la revolución, se desprendían de la derrota militar del
26 de julio. En un mensaje que hace llegar a sus compañeros desde su cárcel en la Isla de Pinos les dice que
“no se puede abandonar un momento la propaganda, porque es el alma de toda la
lucha”. En una síntesis magistral dice que “lo que fue sedimentado con sangre
debe ser edificado con ideas”, advirtiendo además que en su alegato “está
contenido el programa de la ideología nuestra, sin la cual no es posible pensar
en nada grande”. De ahí su importancia decisiva. Citando a Martí, diría en su
alegato que “un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un
ejército” (pp. 41-42). La derrota militar obligaba pues a emprender una nueva
batalla, esta vez saliendo a disputar con “las armas de la crítica” en el
terreno de las ideas y el sentido común, requisito indispensable para la
construcción de una nueva hegemonía. En este sentido puede decirse que Fidel
aplica en la vida práctica de la lucha revolucionaria las recomendaciones
formuladas, poco más de veinte años antes y también desde la cárcel, por el
fundador del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci: la conquista de la
hegemonía es condición necesaria para el triunfo de la revolución. “La crítica
de las armas” es infecunda si no va acompañada por “las armas de la crítica”.
Martí y Gramsci constituyen el fundamento moral y político de la estrategia de
Fidel.
Los resultados quedarán a la vista cuando, forzado por el clima de
opinión crecientemente adverso generado por la extraordinaria divulgación del
alegato, el tirano no tuvo más opción que la de amnistiar a Fidel, a su hermano
Raúl y otros 18 participantes del asalto al Moncada. Su liberación se
produciría el 15 de mayo de 1955 y la llegada de Fidel a la estación
ferroviaria de La Habana
se convirtió en una manifestación multitudinaria, cuyas proporciones
sobrepasaron todo lo que los jóvenes revolucionarios esperaban. La
concientización y movilización del pueblo cubano instalaban el proceso
revolucionario en una nueva meseta, pero exigían un cambio radical de
estrategia. El exilio de Fidel en México, a partir de julio de ese mismo año, y
la fundación del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y el encuentro con el
Che serían los hitos de una historia destinada a culminar victoriosamente el 1º
de enero de 1959.

Y, a continuación, los párrafos finales del célebre discurso de Fidel:

«Termino mi defensa, no lo haré como hacen 
siempre todos los letrados, pidiendo la libertad del 
defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros 
están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa 
prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, 
es inconcebible que los hombres honrados estén 
muertos o presos en una república donde está de 
presidente un criminal y un ladrón.


A los señores magistrados, mi sincera gratitud 
por haberme permitido expresarme libremente, 
sin mezquinas coacciones; no os guardo rencor, 
reconozco que en ciertos aspectos habéis sido 
humanos y sé que el presidente de este tribunal, 
hombre de limpia vida, no puede disimular su 
repugnancia por el estado de cosas reinantes que 
lo obliga a dictar un fallo injusto. Queda todavía 
a la Audiencia un problema más grave; ahí están 
las causas iniciadas por los setenta asesinatos, es 
decir, la mayor masacre que hemos conocido; los 
culpables siguen libres con un arma en la mano que 
es amenaza perenne para la vida de los ciudadanos; si 
no cae sobre ellos todo el peso de la ley, por cobardía 
o porque se lo impidan, y no renuncian en pleno 
todos los magistrados, me apiado de vuestras honras 
y compadezco la mancha sin precedentes que caerá 
sobre el Poder Judicial.


En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no 
la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de 
ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como 
no temo la furia del tirano miserable que arrancó la 
vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no 
importa, la Historia me absolverá.»