A continuación, una nota que acabo de escribir y publicar en el blog de Telesur acerca del significado de las próximas elecciones en Venezuela. El original puede consultarse en:
http://blogs.telesurtv.net/interna_entrada?clx=82

La batalla de Ayacucho, ahora en el siglo
veintiuno
(Por
Atilio A. Boron) La batalla de Ayacucho, librada el 9 de diciembre de
1824, selló el destino del imperio español en América del Sur. El
Gran Mariscal de esa heroica batalla, Antonio José de Sucre, en su
arenga final a los soldados pronunció las siguientes palabras: “de
los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur; otro día
de gloria va a coronar vuestra admirable constancia.” El próximo 7
de Octubre Nuestra América se encamina hacia una segunda batalla de
Ayacucho. Las elecciones que se lleven a cabo en la República
Bolivariana de Venezuela tienen, como el heroico combate librado en
tierras peruanas, una extraordinaria resonancia continental. Un
triunfo del presidente Hugo Chávez Frías fortalecería los aires de
renovación política, económica y social que recorren América
Latina y el Caribe desde finales del siglo pasado y que nos han
permitido dar importantes pasos hacia nuestra segunda y definitiva
independencia. Su derrota, en cambio, implicaría un fenomenal
retroceso no sólo para Venezuela sino para los países del ALBA y,
además, para toda Nuestra América.
Las chances de un desenlace tan desafortunado son
muy bajas, pero no inexistentes. Casi la totalidad de las encuestas,
aún las más afines con la oposición, dan como ganador a Chávez.
El disenso viene a la hora de estimar el margen de su victoria, que
dependerá de factores circunstanciales propios de la jornada
electoral. Sobre todo, de la proporción de votantes que acudirá a
las urnas, cosa que puede verse afectada, por varios factores: el
decaimiento del fervor militante de los cuadros medios del chavismo
que movilizan y organizan a la base popular; el atosigamiento y la
confusión intencionalmente sembrada por los medios de la derecha que
dominan el espacio público; la apatía luego de un tenso y complejo
período pre-electoral; el temor y la desactivación política que
provocan los permanentes ataques de Estados Unidos en algunos
segmentos del electorado e inclusive por algo tan aleatorio y ajeno a
la lucha política como el estado del tiempo. Un 7 O que amanezca
como un día horrible y lluvioso puede hacer que algunos chavistas
prefieran quedarse en sus casas, dando por descontado el triunfo de
Chávez; un bello día cálido y soleado puede hacer que otros tantos
decidan ir a disfrutar de algunas de las bellísimas playas con que
cuenta Venezuela. En ambos casos, el principal perjudicado por la
deserción ciudadana sería Chávez, desincentivado su electorado de
ir a votar por la certidumbre de la victoria de su líder,
proclamada, temerariamente por quienes se suponen que juegan a favor
del gobierno. Por eso Chávez ha dicho, con razón, que “nuestro
peor enemigo es el triunfalismo.” Si la concurrencia a las urnas
de los chavistas suscita algunos interrogantes, la derecha en cambio
ha logrado solidificar un núcleo duro que está dispuesto a todo y
que irá a votar bajo cualquier circunstancia. Los 3.200.000 que
participaron de la interna que eligió a Capriles como candidato es
un dato cuya importancia mal podría ser subestimada. Ese núcleo
duro no le alcanza para ganar, pero si para librar una fuerte
batalla. Para resumir: si el 7 O el multitudinario enjambre de
organizaciones populares del chavismo logra que sus bases sociales se
vuelquen en masa a las urnas el amplio triunfo de Chávez está
asegurado.
Pero aparte de la tasa de participación electoral
hay otros factores que también cuentan. En sus últimos discursos el
presidente ejerció una noble y valiente autocrítica en relación a
la gestión oficial, misma que podría haber desalentado a cierto
segmentos de sus seguidores. Sin embargo, a la hora de elegir entre
avanzar y profundizar por el camino de la Revolución Bolivariana
–que ha construido un país muchísimo más justo y democrático,
dando esperanza a sectores que antes no tenían ninguna- o retroceder
y perder todo lo ganado, cosa que obviamente ocurriría ante una
eventual triunfo de Capriles, aún los desafectos e irritados por
algunos problemas de la gestión (como la inflación y la
inseguridad, entre otros) seguramente renovarían su confianza en el
proceso bolivariano. Saben, y si no lo saben lo intuyen, que con el
triunfo de Capriles se volvería atrás una página de la historia y
que Venezuela se convertiría en un nuevo protectorado de Estados
Unidos; que sus inmensas riquezas petroleras serían saqueadas sin
pausa por el imperialismo norteamericano, obsesionado por recuperar
el absoluto control de un elemento como el petróleo del cual
grandemente depende el modo americano de vida y su propia seguridad
nacional. Esa y no otra es la verdadera misión de las 14 bases
militares estadounidenses que han construido un intimidatorio cordón
sanitario rodeando todo el territorio de la República Bolivariana y
perturbando el normal funcionamiento de sus instituciones
democráticas. (Cabe preguntarse: ¿cómo sería el proceso electoral
norteamericano si el país estuviera rodeado por 14 bases militares
de un país hostil, que caracterizara año a año a Estados Unidos
como un santuario de terroristas?) Saben también que se acabarían
los programas sociales que ciudadanizaron a millones de personas, que
universalizaron el acceso a la salud y la educación como jamás
antes; que se reinstalaría la corrupta partidocracia que gobernó a
lo largo de casi todo el siglo veinte sumiendo en la pobreza a
millones en uno de los países potencialmente más ricos del mundo y
que los factores que dieron origen al “Caracazo” de 1989 serían
una vez más puestos en funcionamiento.
En el plano internacional la derrota de Chávez
alimentaría la contraofensiva del imperialismo par
a
aplastar el espíritu rebelde y la voluntad contestataria que se

apoderaron de muchos países de la región y que dieron lugar a la
derrota del ALCA en Mar del Plata en el 2005. A raíz de ello una
noche negra descendería sobre Nuestra América. Por todas estas
razones decimos que las elecciones del próximo domingo tienen un
significado histórico análogo al que, en su momento, tuvo la
Batalla de Ayacucho: de su resultado depende el futuro de América
Latina y el Caribe. Si el campo popular no es consciente de su enorme
importancia, la derecha y el enemigo imperialista lo son y a
plenitud. Por eso hace meses vienen pregonando que “habrá fraude”,
aunque el Centro Carter y el propio ex presidente Jimmy Carter hayan
declarado hasta el cansancio que el sistema electoral de la Venezuela
bolivariana es uno de los mejores y más transparentes del mundo,
superior, recalcaba Carter, al de los Estados Unidos. Esto no es
casual: el coro desafinado de estos críticos -omnipresentes en toda
la prensa hegemónica de las Américas, en sus diarios tanto como en
sus radios y canales de televisión, todos repitiendo el mismo guión-
no hace otra cosa que preparar el clima ideológico que justifique el
desconocimiento del resultado electoral, la desestabilización
política y eventual sedición de algunos grupos y regiones ni bien
el veredicto de las urnas ratifique el triunfo del Comandante Chávez.
La oposición antichavista no está compuesta por competidores leales
que comulgan con el juego democrático. El propio Capriles fue uno de
los energúmenos que intentó tomar por asalto la embajada de Cuba en
Caracas cuando el golpe de estado del 2002 para ajusticiar a los
chavistas allí refugiados, algo que ni Videla ni Pinochet se
atrevieron a hacer durante sus respectivas dictaduras. Es difícil
que una coalición cuyo líder posee semejantes cualidades acepte
hidalgamente el previsible revés electoral. Por eso habrá que estar
muy preparados, dentro y fuera de Venezuela, para defender desde las
calles y plazas y de inmediato el triunfo obtenido por Chávez en el
escenario institucional. A nivel internacional será necesario
manifestar sin demora alguna la solidaridad de los movimientos
sociales y fuerzas políticas de izquierda con Chávez, y exigir a
los gobiernos de la UNASUR que comuniquen a los derrotados que
cualquier intento de desestabilización o golpe de estado condenaría
a los golpistas al ostracismo y que Venezuela en ese caso se
convertiría en un paria internacional. No creemos que sea necesario
porque, insistimos, el triunfo de Chávez es un hecho. Pero sería
bueno adoptar una actitud de permanente vigilancia y movilización.
Porque, como lo recordaba sabiamente el Che, “a los imperialistas
(y sus lacayos vernáculos) no se les puede creer ni un tantico así.”