26 de Julio del 2013


Hoy se cumplen 60 años de una gesta político-militar, el asalto al Cuartel Moncada, que marcó el inicio de la guerra antioligárquica y antiimperialista que culminaría victoriosamente con el triunfo de la Revolución Cubana el 1º de Enero de 1959. Esa heroica operación fue liderada por tres brillantes y valientes jóvenes cubanos: Fidel Castro Ruz, quien a punto de cumplir 27 años era el jefe del operativo secundado por su hermano Raúl, quien acababa de cumplir 22 años y Abel Santamaría, de 26 años, capturado vivo y torturado salvajemente para que delatara el nombre del jefe del alzamiento, cosa que no hizo y lo pagó con su vida. Fidel y Raúl libraron de correr esa suerte porque hubo demasiados testigos que los vieron al momento de ser capturados por los militares de Fulgencio Batista, el dictador cubano. Poco después se montó una farsa jurídica, el célebre Juicio del Moncada, y allí Fidel Castro, abogado él, asumió su autodefensa y pronunció un discurso que visto con la perspectiva que otorga el paso del tiempo puede sin duda ser calificado como uno de los más excepcionales documentos políticos del siglo veinte. A continuación reproduzco el Prólogo que escribiera para la edición definitiva y anotada de La Historia me Absolverá, publicada en la Colección Batalla de Ideas de Ediciones Luxemburg (Buenos Aires, 2005). 

Prólogo a la historia me
absolverá

La premonición
de la Historia
Atilio A. Boron  •
Buenos Aires

Suele
decirse que hay textos, libros o discursos que son hacedores de la historia. La
metáfora es expresiva pero, a la vez, engañosa. Lo primero, porque hace
justicia a la extraordinaria importancia que un escrito puede excepcionalmente
adquirir en el desencadenamiento de grandes procesos históricos. Pero también
engañosa porque en su formulación inicial oculta un hecho decisivo: son hombres
y mujeres quienes realmente hacen la historia. Las 95 tesis que el monje Martín
Lutero clavara en las puertas de la
Catedral de Wittenberg en 1517 no hubieran pasado de ser una
disputa conventual, un intrascendente berrinche del monje agustino si no fuera
porque tuvieron la capacidad de captar la sensibilidad de su tiempo. Fue sólo
cuando las ideas del clérigo –aquel “rayo del pensamiento”, apelando a la
expresión utilizada por el joven Marx a propósito de este asunto– tomaron
contacto con el suelo popular que se convirtieron en poderosos instrumentos de
transformación social. Algo parecido puede decirse de El Contrato Social,
de Jean-Jacques Rousseau que, por supuesto, no “produjo” la Revolución Francesa
ni ocasionó las guerras de la independencia de las colonias españolas en las
Américas. Pero al igual que en el caso anterior, el escrito del ginebrino
sintetizó, de algún modo, las aspiraciones de una época y permitió imaginar los
contornos de la nueva sociedad que se estaba gestando en el vientre de la
vieja. Lo mismo vale en relación a otro texto extraordinario, el Manifiesto
Comunista
escrito por aquellos dos geniales jóvenes alemanes a comienzos de
1848 y que con el correr de los años habría de convertirse en el heraldo de una
nueva etapa histórica. Otro tanto puede decirse, por último, de El Estado y la Revolución, escrito
por Lenin en medio de los fragores de la primera revolución socialista de la
historia. No fueron los libros, o los panfletos, sino la articulación entre
estos y las luchas de los pueblos los que movieron la historia.
La coyuntura del ‘53
La historia me absolverá pertenece a
este mismo ilustre género. Se trata de un alegato extraordinario, un texto
impresionante, sin duda uno de los más importantes de la historia
latinoamericana, tanto por su contenido como por las condiciones bajo las
cuales se produjo. Como es bien sabido, el 26 de julio de 1953 un grupo de
jóvenes que constituían la oposición revolucionaria a la dictadura de Fulgencio
Batista –avalada y sostenida militar y financieramente por el gobierno de
Estados Unidos– se propuso tomar por asalto los cuarteles
Carlos Manuel de
Céspedes, de Bayamo, y Moncada, de Santiago de Cuba. Esta radical decisión fue
precipitada por la acelerada descomposición del régimen político batistiano y
la capitulación de la oposición legal al mismo. Por ese entonces Fidel militaba
en el Partido del Pueblo Cubano (PPC), una organización de vaga inspiración
socialdemócrata, fundada por un honesto político cubano, el senador Eduardo
Chibás, en 1947, como un desprendimiento del por entonces gobernante Partido
Auténtico. La corrupción generalizada y la total capitulación de la dirigencia
política, económica y social provocó el espectacular suicidio de Chibás en
1951, transmitido literalmente “en vivo” al final de una de sus periódicas, y
muy populares, alocuciones radiofónicas. Fidel permaneció en el partido y al
año siguiente fue designado como candidato a diputado para las elecciones
previstas para junio de 1952. Pero el 10 de marzo se produjo el golpe de estado
del coronel Fulgencio Batista, y el proceso electoral fue abortado.
Fidel había reiteradamente manifestado su disconformidad con la línea
vacilante del PPC y la paralizante inoperancia de la oposición legal ante un
régimen que, en plena Guerra Fría y alentado por sus mentores de EE.UU., se
limitaba a la denuncia y a las protestas en el ámbito del Congreso. Sin
embargo, su exigencia de que el partido adoptase una estrategia de oposición
extraparlamentaria –apelando con esto a la mejor tradición revolucionaria
cubana– había sido desoída. La pusilánime respuesta que el PPC ofreció ante el
golpe de estado batistiano y su descarada violación de la Constitución de 1940,
influida, según Fidel, “por las corrientes socialistas del mundo actual”, y
cuyos contenidos progresistas reflejaban un momento de auge de la lucha de
clases en Cuba, precipitaron la ruptura de Fidel con la dirección del PPC y su
pasaje a la clandestinidad (p. 101).
Fue a partir de esos momentos cuando, bajo la dirección de Fidel, el
grupo de jóvenes revolucionarios adoptó una estrategia insurreccional. Esta
tenía como momento inicial la captura de un sitio emblemático de la dictadura
para, a partir de ahí, precipitar la sublevación popular en una ciudad o una
región. Dada la densa y prolongada tradición de lucha y rebeldía popular que
desde la época de la colonia caracterizaban a la provincia de Oriente, cuna de
las guerras de la independencia y el lugar donde, junto con Máximo Gómez, Martí
desembarcara en 1895 para librar la que sería su última batalla por la liberación
de Cuba, los revolucionarios decidieron atacar los mencionados cuarteles en el
año en que se cumplía el centenario del nacimiento de José Martí. El ataque se
llevó a cabo el 26 de julio y debido a circunstancias que el mismo Fidel
explica en su alegato terminó en una derrota de las fuerzas insurgentes.
Sesenta de los 135 integrantes del comando revolucionario cayeron, en su
mayoría luego de que cesara el combate, víctimas de salvajes torturas y
fusilamientos a mansalva. Fidel y un puñado de sus hombres lograron replegarse
a la montaña, pero el 1º de agosto fueron arrestados por una patrulla del
ejército cubano. Luego de permanecer más de dos meses en confinamiento
solitario y bajo durísimas condiciones carcelarias, el 16 de octubre comienza
un proceso legal en su contra y en el cual, dada la absoluta falta de
garantías, el joven abogado de 27 años decide asumir su propia defensa.
Martí, Gramsci y la “batalla de ideas”
Lo anterior es el marco político e histórico en el cual Fidel pronuncia
su célebre discurso. Veamos ahora los detalles concretos de las condiciones en
que lo pronunció. Por empezar, el juicio no se llevó a cabo en ningún edificio
del poder judicial de Santiago, sino en una pequeña sala de la Escuela de Enfermeras del
Hospital Civil de esa ciudad. Para ello, nada mejor que reproducir textualmente
lo que una periodista que pudo estar presente en el juicio, Marta Rojas,
escribió en aquella jornada:

El acusado doctor Fidel Castro no ha hecho ni un alto en su informe, a veces
alza la voz, y él mismo se contiene; en instantes se inclina sobre la mesita
que tiene de frente y casi habla en secreto. A medida que habla, improvisando
siempre, hay más silencio en el recinto, no se escucha ningún otro sonido más
que su voz pausada, como si conversara con todos, mira fijo al tribunal que lo
atiende con gusto […] los soldados están apiñados en la puerta y no disimulan
su atención. A veces posa su vista en el retrato de Florence Nigthingale que
preside el saloncito de las enfermeras y parece que conversa con ella. No tiene
ni un papel, ni un libro con él […] Todas las personas que lo han escuchado
comentan su talento. Improvisó la pieza completa y la coloreó con pensamientos
ajenos (de juristas), con trozos de alegatos y sobre todo con las palabras textuales
de José Martí. Su postura […] ha despertado verdadera admiración para con el
revolucionario.

El excepcional alegato de Fidel –no improvisado sino profundamente
meditado y sopesado, pero que fluía de su pensamiento con la frescura de las
ideas que son dichas por primera vez– pronto trascendió las paredes de la Escuela de Enfermeras.
Pese a la férrea censura de prensa, el pueblo cubano había comenzado a conocer
los pormenores del asalto al Moncada. En principio, gracias a la irrefrenable
indiscreción desatada, especialmente entre los asistentes de origen popular al
singular proceso judicial, por la elocuencia y la contundencia argumentativa de
Fidel que hizo que su alegato corriera como un reguero de pólvora por Santiago;
y poco después, debido a la distribución clandestina del discurso, tarea a la
que se entregaron con heroísmo y eficacia Haydée Santamaría y Melba Hernández,
una vez cumplidas sus condenas. Remito al lector a la “Introducción” de
Pedro
Alvarez Tabío y Guillermo Alonso Fiel, con la que se abre la presente edición
del alegato de Fidel, para un detallado conocimiento de las ingeniosas
estrategias desarrolladas por este para re-escribir lo que había sido escrito y
perdido, logrando la verdadera proeza de hacerlo en su celda y enviarlo extramuros
burlando la vigilancia de sus carceleros. El 26 de julio no sólo tenía un líder
de excepcional estatura política e intelectual; también disponía de una
organización que estaba a su misma altura y que hizo posible “rearmar” La
historia me absolverá
a partir de cientos de pequeños fragmentos hábilmente
remitidos desde la cárcel.
Para Fidel era evidente que no podían ahorrarse esfuerzos a la hora de
librar lo que, utilizando un lenguaje de nuestros días, podríamos llamar la
“batalla de ideas”. Esta era necesaria para contrarrestar los efectos negativos
que, para el curso de la revolución, se desprendían de la derrota militar del
26 de julio. En un mensaje que hace llegar a sus compañeros desde su cárcel en la Isla de Pinos les dice que
“no se puede abandonar un momento la propaganda, porque es el alma de toda la
lucha”. En una síntesis magistral dice que “lo que fue sedimentado con sangre
debe ser edificado con ideas”, advirtiendo además que en su alegato “está
contenido el programa de la ideología nuestra, sin la cual no es posible pensar
en nada grande”. De ahí su importancia decisiva. Citando a Martí, diría en su
alegato que “un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un
ejército” (pp. 41-42). La derrota militar obligaba pues a emprender una nueva
batalla, esta vez saliendo a disputar con “las armas de la crítica” en el
terreno de las ideas y el sentido común, requisito indispensable para la
construcción de una nueva hegemonía. En este sentido puede decirse que Fidel
aplica en la vida práctica de la lucha revolucionaria las recomendaciones
formuladas, poco más de veinte años antes y también desde la cárcel, por el
fundador del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci: la conquista de la
hegemonía es condición necesaria para el triunfo de la revolución. “La crítica
de las armas” es infecunda si no va acompañada por “las armas de la crítica”.
Martí y Gramsci constituyen el fundamento moral y político de la estrategia de
Fidel.
Los resultados quedarán a la vista cuando, forzado por el clima de
opinión crecientemente adverso generado por la extraordinaria divulgación del
alegato, el tirano no tuvo más opción que la de amnistiar a Fidel, a su hermano
Raúl y otros 18 participantes del asalto al Moncada. Su liberación se
produciría el 15 de mayo de 1955 y la llegada de Fidel a la estación
ferroviaria de La Habana
se convirtió en una manifestación multitudinaria, cuyas proporciones
sobrepasaron todo lo que los jóvenes revolucionarios esperaban. La
concientización y movilización del pueblo cubano instalaban el proceso
revolucionario en una nueva meseta, pero exigían un cambio radical de
estrategia. El exilio de Fidel en México, a partir de julio de ese mismo año, y
la fundación del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y el encuentro con el
Che serían los hitos de una historia destinada a culminar victoriosamente el 1º
de enero de 1959.
Tesis políticas
Antes de invitar al lector a sumergirse en el texto, permítasenos decir
algunas pocas palabras sobre su contenido. Su autor desmonta toda la ilegalidad
e inconstitucionalidad del juicio al que se ve sometido por el estado cubano.
Juicio que, como recuerda Fidel, el propio tribunal había caracterizado como
“el más trascendental de la historia republicana” y pese a lo cual está viciado
por las más flagrantes violaciones del debido proceso (p. 38). No pudo
conversar a solas con un abogado y sólo se le permitió acceder a un minúsculo
código; pero ningún tratado penal ni ningún libro pudo llegar a su calabozo, ni
siquiera los de Martí. Ya antes de su alegato final, en una audiencia sostenida
a mediados de septiembre, Fidel había declarado que el Apóstol “era el autor
intelectual del 26 de julio” y que pese a que le negasen libros y tratados
“traigo en el corazón las doctrinas del Maestro” (p. 45).
Fidel no se engañaba en cuando al significado político del juicio a que
estaba sometido. Era muy conciente que en él se decidiría algo que iba mucho
más allá que su libertad: “se discute –nos dice– sobre cuestiones fundamentales
de principios, se juzga sobre el derecho de los hombres a ser libres, se debate
sobre las bases mismas de nuestra existencia como nación civilizada y
democrática. Cuando concluya, no quiero tener que reprocharme a mí mismo haber
dejado principio por defender, verdad sin decir, ni crimen sin denunciar” (p.
46). Y esto es lo que Fidel hace con extraordinaria minuciosidad, siguiendo tal
vez aquel viejo aforismo atribuido a los jesuitas y que asegura que “Dios está
en los detalles”. Su descripción de los crímenes del régimen es precisa y detallada,
al igual que su equilibrada presentación de los hechos desarrollados en el
combate.
Transcurrido el primer tercio del discurso, Fidel se adentra en un
análisis ya no tanto jurídico sino más político y económico-social. Allí
desmonta la creencia de que el formidable poderío militar constituye una
barrera inexpugnable ante la cual se estrellaría cualquier pueblo que quisiera
luchar contra una tiranía. “Ningún arma, ninguna fuerza es capaz de vencer a un
pueblo que se decide a luchar por sus derechos”. Cita en favor de su afirmación
la revolución boliviana de 1952 y la gesta independentista de Cuba en contra
del colonialismo español, que con medio millón de soldados y pese a contar con
un armamento aplastantemente superior fueron derrotados por los patriotas.
Podríamos agregar, con el beneficio de la experiencia histórica posterior, las
derrotas sufridas por franceses y norteamericanos en Vietnam; la propia
sobrevivencia de la
Revolución Cubana; y, más recientemente, la resistencia del
pueblo iraquí en contra de la ocupación decretada por George W. Bush, como
otras tantas pruebas de la verdad de aquel aserto.
Pero ¿quién es el pueblo? En contra de todo esquematismo y con un
lenguaje con claras reminiscencias del joven Marx, Fidel dice que “entendemos
por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta […] a la que
todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más
justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido
la injusticia y la burla generación tras generación” (p. 59). Y ahí están los
600 mil cubanos sin trabajo, los 500 mil obreros del campo, los 400 mil obreros
industriales y braceros, los 100 mil pequeños agricultores, los 30 mil
maestros, los 20 mil pequeños comerciantes, los 10 mil profesionales jóvenes.
“A este pueblo […] no le íbamos a decir ‘Te vamos a dar’, sino ‘¡Aquí tienes,
lucha ahora con todas tus fuerzas para que sea tuya la libertad y la
felicidad!’” (pp. 60-61). Se desprende de lo anterior una concepción del campo
popular ajena al exclusivismo “obrerista” que tantos daños hiciera a la
izquierda latinoamericana, al impedirle siquiera “ver” –¡no digamos incorporar
a su construcción política!– a esa enorme masa de campesinos, indígenas y
pobres del campo y la ciudad condenados a la invisibilidad y la negación por la
condición periférica del capitalismo latinoamericano y el colonialismo
intelectual de la izquierda tradicional, con algunas honrosas excepciones como
la de José Carlos Mariátegui. Lo que Fidel propone en su alegato implica
precisamente una ruptura con las concepciones tradicionales acerca del sujeto
de las luchas emancipadoras. Plantea, en cambio, una visión amplia, abarcadora,
reconciliada con las necesidades urgentes de la coyuntura que exige la
unificación de todas las fuerzas sociales oprimidas y explotadas por el
capitalismo y no su dispersión en un archipiélago de organizaciones políticas y
sociales cuya desunión es garantía de su propia irrelevancia. La política de
alianzas del Movimiento 26 de Julio haría de esta verdadera renovación teórica
el fundamento mismo de su actuación política.
Neutralizado el chantaje militar y definido el sujeto de la
transformación social, Fidel enuncia el programa concreto de la revolución. En
primer lugar, devolución al pueblo de la soberanía usurpada por el tirano,
restableciendo la
Constitución de 1940; la segunda ley revolucionaria
concedería la propiedad de la tierra a colonos, arrendatarios y precaristas que
ocupan pequeñas parcelas, con una razonable indemnización a los antiguos
propietarios. La tercera ley otorgaría a los obreros y empleados una
participación del 30% en las utilidades de las grandes empresas. La cuarta ley
revolucionaria concedería a los colonos el 55% del rendimiento de la caña de
azúcar. La quinta confiscaría todos los bienes malversados por los gobernantes,
la mitad de cuyo producido iría a engrosar las cajas de jubilación de obreros y
empleados, y la otra mitad para financiar hospitales, asilos y casas de
beneficencia. La política exterior cubana sería de estrecha solidaridad con las
luchas de los pueblos democráticos del continente. Otras medidas incluían la
reforma agraria de la gran propiedad territorial, la reforma integral de la
enseñanza, la nacionalización de los monopolios en la industria eléctrica y los
teléfonos; medidas todas estas que deberían ser proclamadas y ejecutadas de
inmediato (pp. 61-62).
Estas medidas se asentaban sobre un diagnóstico de lo que Fidel denomina
en su discurso la “espantosa tragedia” por la que atraviesa Cuba, “sumada a la
más humillante opresión política”. El 85% de los pequeños agricultores cubanos
vive bajo la permanente amenaza del desalojo; hay 200 mil bohíos y chozas en el
campo, mientras 400 mil familias viven hacinadas en barracones y cuarterías;
2,2 millones de personas de la ciudad pagan onerosos alquileres y 2,8 millones
carecen de electricidad. Faltan escuelas, y las que existen tienen maestros muy
mal pagados. En el campo, el 90% de los niños están infestados con parásitos, y
entre mayo y diciembre hay 1 millón de personas sin trabajo, una cifra mayor a
la de países como Francia e Italia, con una población varias veces superior a
la de Cuba. “Enviáis a la cárcel al infeliz que roba por hambre, pero ninguno
de los cientos de ladrones que han robado millones al Estado durmió nunca una
noche tras las rejas” (p. 66).
La última parte del alegato, luego de una nueva serie de denuncias sobre
el salvajismo de la represión a los atacantes del Moncada, culmina con una
elaborada justificación –anclada en la mejor tradición de la filosofía política
occidental– sobre el derecho a la rebelión. “Admito y creo que la revolución
sea fuente de derecho –dice en su discurso– pero no podrá llamarse jamás
revolución al asalto nocturno a mano armada del 10 de marzo” que instauró la tiranía
de Fulgencio Batista (p. 91). Y en una referencia cuya actualidad se reafirma
con sólo echar una ojeada a la dirigencia de nuestras así llamadas
“democracias” –en realidad, oligarquías apenas disimuladas tras un ligerísimo
barniz de sufragio universal hábilmente manipulado– decía Fidel que Batista
“vive entregado de pies y manos a los grandes intereses, y no podía ser de otro
modo por su mentalidad, por la carencia total de ideología y de principios, por
la ausencia absoluta de la fe, la confianza y el respaldo de las masas” (p.
92). Aludiendo a lo que en el lenguaje de nuestros días sería la tan alabada
“alternancia”, un atributo supuestamente propio de las democracias maduras,
remata su razonamiento diciendo que el golpe liderado por Batista “fue un simple
cambio de manos y un reparto de botín entre los amigos, parientes, cómplices y
la rémora de parásitos voraces que integran el andamiaje político del dictador”
(p. 92).
El último movimiento de esta verdadera sinfonía política que es La
historia me absolverá
lo constituye una encendida invocación a la
legitimidad del derecho a la rebelión ante toda forma de despotismo. En los
tramos finales de su discurso, Fidel pasa revista en primer lugar a las
disposiciones de la propia Constitución de 1940, pisoteada por la satrapía
gobernante, para luego internarse por el largo sendero de la filosofía política
señalando, a cada paso, la forma en que sus principales exponentes defendieron
a lo largo de una historia más de dos veces milenaria el derecho de los pueblos
a rebelarse ante los tiranos. Desfilan así desde referencias al pensamiento
político-religioso de China e India en sus tiempos más remotos hasta su
entronque con la tradición occidental nacida en Grecia y, desde ahí, a Roma
para luego expandirse por todo el occidente europeo. Mención especial se hace
de los argumentos en favor de la rebelión desarrollados por John of Salisbury,
Tomás de Aquino, Martín Lutero, Juan Mariana, Jean Calvin, John Knox, John
Ponet, Johannes Althussius, John Milton, John Locke, Jean-Jacques Rousseau,
Thomas Paine y también presentes en la Declaración de la Independencia de
EE.UU. y la Declaración
de los Derechos del Hombre y del Ciudadano surgida de la Revolución Francesa.
Luego de tamaña argumentación, “¿Cómo justificar la presencia de Batista
en el poder, al que llegó contra la voluntad del pueblo y violando por la
traición y por la fuerza las leyes de la república? ¿Cómo calificar de legítimo
un régimen de sangre, opresión y tiranía?”. Toda la tradición
filosófica-política occidental condena semejante despropósito, pero el mandato
que surge de las enseñanzas de Martí es aún más terminante: “cuando hay muchos
hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos
hombres” y serán esos los que se rebelen contra los tiranos y las satrapías.
Los jóvenes atacantes del Moncada son precisamente esa clase de hombres y
mujeres necesarios para las grandes epopeyas de la liberación. Hombres y
mujeres dispuestos a ofrendar sus vidas, sabedores que “morir por la patria es vivir”.
En el año del centenario de su nacimiento, concluye Fidel, Martí está más vivo
que nunca en la rebeldía y la dignidad de su pueblo.
La fe inquebrantable en la causa de la emancipación humana y social, su
absoluta convicción en el triunfo final del proceso revolucionario, lo lleva a
advertir a sus jueces que “ahora estáis juzgando a un acusado, pero vosotros, a
su vez, seréis juzgados no una vez, sino muchas, cuantas veces el presente sea
sometido a la crítica demoledora del futuro. Entonces lo que yo diga aquí se
repetirá muchas veces, no porque se haya escuchado de mi boca, sino porque el
problema de la justicia es eterno” (p. 87). En el cuidadoso, medido, equilibrio
político y ético de su discurso, el afán de justicia predomina claramente sobre
el ansia de venganza. Todo esto, claro está, sobre el telón de fondo gramsciano
del “optimismo del corazón”. Equilibrio y serenidad que habían quedado de
manifiesto al decir que “para mis compañeros muertos no clamo venganza”, a
pesar de que se contaban entre ellos algunos de sus más cercanos amigos. “Como
sus vidas no tenían precio, no podrían pagarlas con las suyas todos los
criminales juntos” (p. 86). No apela, como es usual en estos casos, a la
clemencia de sus jueces para conseguir su propia libertad. “No puedo pedirla
–nos dice dando muestras de su ejemplar dignidad– cuando mis compañeros están
sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión”. Y termina con una frase
premonitoria: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.
_____________
* Una vibrante descripción del Juicio se encuentra en la obra de Marta Rojas, única periodista que pudo presenciarlo y tomar extenas notas de todo lo que allí se dijo. Ver su El Juicio del Moncada (Córdoba: Editorial Espartaco, 2007)