26 de Julio, 2015

Se cumple hoy un nuevo aniversario de una fecha extraordinaria. No sería exageración decir que en ese día -cuando en 1953 un grupo de jóvenes cubanos comandados por Fidel atacó los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, y Moncada, de Santiago de Cuba- nacía una nueva era en la historia de Nuestra América. Se iniciaba la larga marcha hacia la segunda y definitiva independencia de este conjunto de países que, como lo proclamara Simón Bolívar, eran una sola gran nación. Marcha aún inconclusa, pero de avances innegables: la sola supervivencia de la Revolución Cubana desde el 1º de Enero de 1959 es prueba contundente de ello. Pero si no fuera suficiente bastaría con agregar la derrota del ALCA en Mar del Plata, el 5 de Noviembre, es decir, el rechazo al principal proyecto geopolítico de Estados Unidos para el siglo veintiuno relativo al hemisferio occidental.

Fidel, detenido en el Moncada, sus captores incapaces de «captar» el momento histórico del que estaban siendo involuntarios testigos, lo fotografían nada menos que ¡debajo de un cuadro de Martí, el «autor intelectual» del 26 de Julio!


Quería escribir algo especial para conmemorar el significado de esta fecha, que siempre me impresionó por el heroísmo de estos jóvenes (Fidel estaba por cumplir 27 años; Raúl acababa de cumplir 22, Abel Santamaría iba a cumplir 26 en octubre) y el alegato de Fidel, «La Historia me Absolverá», notable compendio de filosofía política de permanente actualidad. Pero mientras revolvía en mi archivo pude leer el discurso que ayer pronunciara ese enorme intelectual nuestroamericano que es Eusebio Leal Spengler, Historiador de la ciudad de La Habana, presentando el libro de Nikolai S. Leonov, Raúl Castro, un hombre en revolución, y en homenaje a los 500 años de la fundación de la ciudad de Santiago. Fascinado por sus palabras, precisas y emocionantes a la vez, decidí que lo mejor que se podía hacer para honrar la gesta «moncadista» de Fidel, de Raúl, de Abel Santamaría, de Melba Hernández, Haydée Santamaría, Ramiro Valdés, Juan Almeida, Ñico López  y tantos otros jóvenes cubanos que se jugaron la vida por el destino de Cuba y de América Latina, era reproducir el discurso de Eusebio, una verdadera pieza literaria y política de lujo. Aquí está. Disfrútenla.

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Discurso pronunciado por Eusebio Leal Spengler,
Historiador de La Habana, en la Sesión Solemne de la Asamblea Municipal
del Poder Popular por el aniversario 500 de la fundación de la villa de
Santiago de Cuba, en el teatro Heredia, el 25 de julio de 2015, “Año 57 de la
Revolución”.
(Versiones
Taquigráficas-Consejo de Estado)


Bueno,
este es realmente un encargo difícil.  Cuando se llega a un momento de
tensión, que aún puede ser superado, lo mejor es el silencio, y llevarse uno en
la memoria y en la retina de los ojos lo que vio o lo que escuchó alguna vez.
Es
por eso que en las palabras del Presidente* estaban contenidos un conjunto de
hechos históricos y relevantes que me dejan sin empleo.
Al
mismo tiempo, el merecido homenaje que acaba de ser tributado al Líder
Histórico o sencillamente a Fidel, sin requerimiento de más título, y a nuestro
General Presidente Raúl, es el momento de más alta tensión en esta mañana.
Recibidos
estos títulos excepcionales, acompañados de obras de arte que representan lo
más hermoso y fuerte de nuestra naturaleza, tal y como Sindo Garay, el
centenario cantor de Santiago y de Cuba, expresó en aquel hermoso duelo en que
describe en una de sus más difíciles composiciones musicales, bajo el título de
 El huracán y la palma, la batalla entre la naturaleza feraz y el tiempo.
Al
hablar hoy a petición de la Asamblea, a la cual agradezco sinceramente por este
llamado que tanto me honra en lo personal, me siento doblemente
comprometido:  primero, porque hace ya muchos años vine por vez primera a
Santiago, cuando era un adolescente y aún era pronta y palpable la lágrima
derramada y la sangre vertida.
Con
emoción me mostraron el Callejón del Muro, los distintos lugares de la
historia. El cuartel Moncada conservaba todavía las huellas que, borradas
después, fueron, en admirable rectificación de lo que significa el monumento,
para poder explicarlo, restauradas minuciosamente.
Visité
los antiguos cafetales en la Gran Piedra; pero quizás el lugar de mayor emoción
fue el cementerio memorial de Santa Ifigenia. Por eso ayer, en la mañana, mi
primera acción, muy temprano, fue ir a aquel camposanto y recorrerlo con unción
patriótica, en silencio profundo, descubierta la cabeza y el corazón, para
llegar ante las tumbas de los Fundadores.
Un
peñón señala el sitio donde Céspedes estuvo una vez en fosa común.  Con
sus ojos grandes y abiertos fue mostrado en el hospital de Santiago, cuando
bajando por el antiguo camino de San Lorenzo hacia la playa llevaban muerto al
Padre de la Patria quien, combatiendo, no escogió el camino que seguramente le
habría granjeado la libertad, sino escogió el risco donde no había salida ni
escape posible, y de allí, arma en mano y vestido como quien asiste a la boda
que él en su diario describe con extraña premonición de su muerte, se desplomó
herido del plomo español o de su mano, que no era deshonor porque lo había
previsto.  Arrastrado por el suelo, desde lo profundo del barranco, fue
llevado por el viejo camino y traído a Santiago, con los ojos grandes y
abiertos.  Así lo describe el cronista que a su esposa Ana de Quesada le
envía el más veraz testimonio.
Luego
recorrí otras tumbas, excepto una:  la del Apóstol José Martí, porque
estando celebrándose en aquellos momentos allí una ceremonia me pareció vanidad
e indiscreción irrumpir en ella y me conformé por esta vez con imaginar el
interior donde están los escudos de las naciones de nuestro continente y donde
un rayo de sol, tal y como el escultor Mario Santi diseñó aquella obra, viene a
caer sobre el féretro que en forma de estrella está eternamente cubierto con
una bandera de Cuba.
Luego,
quise ver el monumento de Mariana. Lescay me había mostrado días antes su
proyecto y llegué ante la cabeza vigorosa levantada sobre una madera
indestructible.
Luego,
a la de María Cabrales, la esposa de Antonio, donde aparece ella en el acto de
protegerle en el monte, mientras se le persigue y ya casi a punto de caer en la
trampa y el acecho pide a los camilleros que la acerquen al caballo ensillado y
escapa a la montaña.  Titán, como se solía llamar a los espíritus
poderosos en la Grecia antigua, huyó de sus captores y desapareció en el monte.
María,
su esposa, le acompañó siempre, formó parte de aquella legión de mujeres que,
admitidas en su séquito por la insigne y benemérita doña Mariana Grajales,
hicieron juntas la Gran Guerra de 1868, cubriendo a sus hijos en cada momento o
a sus esposos, cuando parecía imposible preservar la vida.
“¿Para
qué me lo han traído?”, dijo el doctor Félix Figueredo, cuando su compañero y
maestro, Máximo Gómez, le trae herido en múltiples ocasiones a un campamento
oculto.  Pensad que en ese tiempo ni una transfusión de sangre, quizás un
poco de láudano para entontecer al herido adolorido, quizás un poquito de algún
licor fuerte; no hay anestesia, no hay asepsia probable en los instrumentos, el
riesgo de la muerte es grande.
En
él y en el hermoso monumento, obra de Lescay, quizás el más hermoso que lega la
Revolución a la historia contemporánea, aparece como le vieron levantando la
mano y ordenando avanzar a los suyos con valor y sin tibieza.
Tal
fue el recorrido por el camposanto.
No
quise tampoco dejar de visitar una tumba amada para Santiago y para todos los
que siendo niños o casi adolescentes escuchamos de su dolorosa muerte, la de él
y la de su hermano, con espacio de breve tiempo, apenas unos pocos días: Frank
y Josué.
Recuerdo
que el General Presidente nos invitó a una representación de La Colmenita, en
la cual haciéndose el elogio de Frank se habla de que creía en Dios y tocaba el
piano:  dos hermosas formas casi sublimes de empatar lo eterno con lo más
hermoso de la creación humana.
Del
cementerio salí con lo que debía decir esta mañana, no repetir acontecimientos,
sino tratar de recorrerlos en el tiempo y responder a un periodista que de
manera súbita apareció entre las tumbas y me preguntó:  “¿Qué cree usted
de los 500 años?”  Y le respondí: “Pueden ser uno, cinco o quinientos,
cuando son inútiles no es más que una arena perdida en el universo; cuando es
una obra fecunda, cuando es una vida intensa, cuando es una obra y un gran
legado, entonces queda en la memoria de los hombres.” Como afirmó
categóricamente Martí, llamado con justicia Apóstol:  “La muerte no es
verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” (Aplausos).
Quinientos
años, donde se acumulan acontecimientos que cambiaron la historia de la
humanidad. Podríamos tomar dos: el primero, el recorrido de una nave en torno a
la isla de Cuba que reencuentra para Europa y para el resto del continente que
vive su propia historia, una historia nueva, es parte inexorable de la historia
de la humanidad.
La
nave colombina se detuvo en un punto afirmando contra toda ciencia que Cuba era
parte de un continente inhóspito. Atrás quedaban las visiones paradisíacas que
había tenido cuando recorriendo palmares y sitios de aguas tranquilas y
transparentes se detiene ante las aguas de Holguín en un lugar llamado Bariay.
El
profesor Guarch, muchos años después encontró la aldea indígena, casi intacta,
y en el centro de aquel cementerio un cuerpo ajeno a la indigenitud, un
europeo, un predicador, un sacerdote, un conquistador, al centro, enterrado
entre ellos.  Quizás si ese cementerio, el del Chorro de Maíta, nos
explique con más fuerza el encuentro del cual todos nosotros —como decía el
Presidente— somos hijos.  Es la misma visión que tuvo Simón Bolívar, hace
casi 200 años, cuando escribe su Carta célebre en Jamaica y dice que somos una
especie de pequeño género humano, y es que el Caribe se convirtió en el
Mediterráneo americano y se vertieron sobre él distintos pueblos, no solamente
aquellos acorazados conquistadores, que primero en las tierras baracoanas y
luego en el Bayamo, y otra expedición más tarde avanzando hacia el interior del
país, funda y funda las siete ciudades, que son patrimonio nacional de Cuba, y
una octava, que recientemente también lo ha conmemorado, San Juan de los
Remedios.
Pasada
la noche de ayer, pasado el 25 de julio, Día de Santiago y San Cristóbal, solo
queda una ciudad por conmemorar su aniversario 500, la capital de Cuba,
La Habana. Eso debió ocurrir en el año 2014, cuando fue fundada en un
lugar de la ensenada de la Broa, quizás al sur de la actual provincia; pero
como ni los arqueólogos han hallado el vestigio de aquel asiento, y como se
mudó en una y en otra ocasión, algunos somos culpables de haber reservado el
último puesto para ella en el próximo año de 2019.
Pero
lo cierto es que los hechos se concatenan y nos traen al presente, y el
presente, para que sean ciertos los atributos que Santiago tiene como más
preciosos, no solo lo tiene como ciudad, lo tiene como capital que ha sido dos
veces de Cuba —luego del triunfo de la Revolución también lo fue—, sino también
por lo que ha ocurrido en ella, que es lo importante.
Ayer
penetré en mi recorrido en la Catedral Basílica, en la gran Catedral de
Santiago, herida también por el ciclón.  Cuando se proclamó la
Constitución en el siglo XIX, contra el autoritarismo real, en 1836, Santiago
vivió un verdadero levantamiento y quisieron los constitucionalistas arrebatar
la lápida de la tumba del conquistador Diego Velázquez de Cuéllar y cincelar en
la parte posterior del mármol el título Plaza de la Constitución.  Cuando
el absolutismo fue restaurado, la lápida fue rota.  Quiere decir:  no
queda huella de su tumba.
Preguntando
ayer en la Catedral, nadie supo decirme dónde estaba.  Sus huesos, polvo o
ceniza, han quedado confundidos en la base de ese monumento.  Lo cierto,
lo verdadero es que muerto dos años después, vio el trazado de la ciudad, según
las leyes que estaban establecidas para ello. Y ayer, saliendo de la plaza por
una callejuela, entró de pronto de la mar un viento que me recordaba,
precisamente, la justeza de esas leyes urbanas con que se trazaba la imagen de
lo que se llamó un nuevo mundo.
Por
aquellos años, insistentemente, los indios se levantaron, y aquellos aborígenes
lucharon por décadas.  Se equivocan los que han afirmado que su rebeldía
concluyó con aquella llama prendida en Yara cuando Hatuey, el cacique de la
isla próxima, fue encendido por su rebeldía, en vida, delante de los testigos
que escucharon sus desafiantes palabras. Desde entonces y hasta hoy, se habla
en el campo de Yara de la “Luz de Yara”, y se decía que en tiempos de
tribulación o de tormentas sociales o políticas, o en vísperas de grandes
acontecimientos, la llama iluminaba la noche como pronóstico y augurio. 
De hecho, el levantamiento del 10 de Octubre, vivido en el ingenio La
Demajagua, frente al golfo de Guacanayabo, recibirá el nombre de Yara, porque
allí fue donde recibió el bautismo de fuego el pueblo cubano, representado en
aquel momento por aquel hombre de mármol, como fue llamado, que tuvo el valor
de encabezar el movimiento.
Como
estas palabras tienen que no ser una enumeración mecánica, ustedes seguirán mi
pensamiento.
Cuando
volábamos ayer temprano hacia Santiago, era un día claro, excepcionalmente
claro, y poco antes de abrirse el cielo, con las puntas aceradas de las
montañas de la Sierra, un poco antes, un hilo de plata, trazado y relampagueado
por el sol naciente por el oriente, marcaba un límite, era el Jobabo.  El
Jobabo era y es la delimitación con el oriente de Cuba, esta era la tierra del
oriente. Y en muchas ocasiones escuché aun a Fidel la afirmación de orientales,
y es un título hermoso:  ¡Orientales! Y cuando alguien por razones
administrativas, y cuando la nación por razones administrativas se vio
necesitada de agilizar y modernizar el sistema de gobierno, respondiendo a
ciertas preocupaciones, Fidel exclamó categóricamente: “Oriente no se ha
dividido, se ha multiplicado” (Aplausos).
Por
eso al Moncada vinieron de todas partes de Cuba, ¡de todas partes!: un
contingente formado y hermético vino desde Artemisa, la más occidental de todas
las provincias; el doctor Mario Muñoz Monroy era de Colón; Abel Santamaría, de
Constancia, el ingenio en la provincia de Las Villas.  Y así podría
nombrar a los que se reunieron aquella noche en la granja Siboney y abrazaron a
aquel muchacho de ojos profundos, de pensamiento lúcido, a cuyo padre Fidel
después escribiría una carta memorable, Renato Guitart, que representó a
Santiago en la épica batalla.
¿Qué
somos nosotros verdaderamente?  Anoche, en la gala, alguien tomaba las
palabras de Martí cuando afirmó:  el dulcísimo misterio que tiene esa
palabra: cubanos. Y cuando se desplomó en la confluencia del Cauto y del
Contramaestre, Martí, el Apóstol, a los 42 años de la vida, tenía la certeza, y
así lo dijo, de que su pensamiento volvería y resucitaría.  Él soñó con
algo que era entonces casi imposible: la unidad hermética de la nación. 
Él vio con nitidez que únicamente la generosidad, la rapidez y la fortaleza nos
darían la victoria frente a un ejército poderoso, temible, batallador, que
creía luchar por sus razones.  No lo pudo ver logrado.
Hay
que afirmar categóricamente que tenemos la unidad nacional, esa unidad absoluta
del pueblo que se llama hoy en Santiago, santiagueros, pero que es
fundamentalmente, como lo dice su nombre completo: Santiago de Cuba (Aplausos).
Hoy somos cubanos y es la unidad nacional que Fidel alcanzó lo más precioso.
A
él le han entregado hoy un reconocimiento, entre tantos que merece y merecerá.
La historia le recordará hidalgo en todo tiempo, audaz y valeroso, no
conminando nunca a nadie a hacer lo que él no pueda hacer, defensor teórico
brillante de sus ideas, estudiante aplicado, noble y elegante caballero como lo
fue Maceo, que no fumaba ni bebía.  A él le recordará profundamente.
Y
aquí, no muy lejos, en la casa patricia de Birán, las paredes de madera de
aquella casa sienten todavía la voz del padre español, la voz del padre que fue
soldado en la guerra de Cuba, que sirvió a España por deber y a Cuba por amor,
y regresó a ella para fundar una estirpe de valientes (Aplausos).
Y
a Raúl, su primer discípulo, el que tenía siempre, a pesar de serlo, opiniones
y convicciones propias, que siendo un adolescente aparece en el entierro de la
Constitución llevando la bandera, aquel que aparece en Puerto de Boniato
retratado con la ropita obtenida para tratar de escapar hacia la tierra
holguinera, deseo que fue interrumpido por el descubrimiento de su verdadera
personalidad, el hijo de don Ángel, él ha recibido la ceiba con el rostro de
Mariana.
¿Qué
quiere decir este otro símbolo?  ¡¿Qué quiere decir este otro
símbolo?!  Que hoy descansan en sus manos, porque estuvo en todo desde el
primer día, porque fundó en el Segundo Frente la primera utopía de lo que debía
ser y fue más tarde la nación. Él, al que Fidel ordena que entre en el Moncada;
él, el que el día del asalto cumplió sus deberes admirablemente y cuando otros
vacilan asume la determinación y logra su objetivo; él, que viendo perdido el
asalto sale de Santiago buscando el amparo de la noche, él recibe el árbol de
la ceiba de raíces profundas. Y es que en sus manos hoy descansa no solamente
el título de Jefe de Estado y de Gobierno, tiene en sus manos el destino de
nuestro país (Aplausos).  Discípulo amado de Fidel que lo inició en sus
primeras lecturas, el padre se dolió cuando supo que el mayor, o mejor, el que
más había trascendido de ellos, venía a buscarle para llevarle consigo. 
Lo reunió con los compañeros que creyeron en él, con Pedro Miret, con Abel y
con todos aquellos que junto a aquellas heroicas muchachas, Haydée y Melba,
asistieron también al duelo mortal del Moncada.
Las
riendas del Estado, el destino de Cuba, ¿cómo ha sido nuestra batalla? Si dije
que la fundación de Santiago y el viaje de Colón cambiaron el equilibrio del
mundo, la batalla librada en Santiago en vísperas de la conmemoración de la
independencia de los Estados Unidos el 3 de julio de 1898, lo varió
definitivamente (Aplausos).  Hundida la escuadra que Santiago vio partir
con ropa de duelo y con uniformes de parada para un combate imposible de
librar, la última de las naves que logra escapar lleva el nombre de Cristóbal
Colón y está allá hundida en las aguas profundas, descendiendo hacia el abismo,
pero aún visible con todos sus atributos.
Hijos
somos también de aquellos en los cuales nos abrazamos en duelo; hijos somos de
la legión de los esclavos de África que, levantados en El Cobre, fueron
capaces, en la hora del momento determinante, de hacer surgir de aquella pequeña
aldea que visité ayer cuando fui a hacer reverencia a El Cobre y a la Patrona
de Cuba, allí vi las casas renovadas y pensé cómo fue posible que en la Gran
Guerra surgieran de este pequeño pueblo ocho generales, que con 25 de Santiago
formaron 33 generales y mayores generales del Ejército Libertador (Aplausos),
al frente y a la cabeza de ellos Antonio y José; José Cebreco, hombre valiente
que desembarcó en la costa baracoana, en El Honor, con Flor Crombet. Últimas
palabras de Maceo después de la disputa con su hermano, amigo y compañero: Ese
es Flor que se bate, ese en el monte, el winchester que dispara incesantemente
hasta que se agotan los proyectiles. Son los descendientes extraviados de los
indios de Yateras los que llevan su cuerpo a Felicidad.
Tal
es la historia de esa gloria.  ¿Cómo puede contarse sin la gente guapa de
Guantánamo a la cual encuentra Antonio, y José, extraviado en el monte, cuando
finalmente aparece Periquito Pérez para reunirlos y salvarlos? Y cómo aparece
ya, semanas después, invencible en bello corcel, llevando plata en el cuello y
en la montura —como le describe José Martí.
¿Cómo
contar esta historia sin el pequeño pueblo de El Dátil, donde vivieron
derrotados y humillados los que, extraviados en su propia patria, se
radicalizaron en Cuba y se convirtieron en libertadores, entre ellos el maestro
de libertadores, el generalísimo Máximo Gómez  Báez?  ¿Cómo es
posible olvidar cada uno de estos puntos de nuestra geografía?  ¿Cómo es
posible imaginar el sitio final de Santiago sin Calixto, el hijo ilustre de
Holguín? ¿Cómo olvidar que somos una patria grande?  ¡No es posible!
A
Santiago, en este homenaje, en este día de júbilo y de historia, se le recuerda
por sus músicos, se le recuerda por sus artistas; se le recuerda por los cantos
corales de Esteban Salas o de Electo Silva; se le recuerda por la obra
admirable de sus artistas y poetas, como aquel que quizás, dice Martí, sembró
en nosotros el sentimiento patrio, el grande José María Heredia, cuyo nombre
lleva este lugar.
Y
cómo al llegar a las puertas del teatro no ver el retrato de Almeida, que allá
en el Tercer Frente fue sepultado junto a los suyos, y que antes de llegar a su
destino quiso y tuvo voluntad en vida de ser llevado por las calles de Santiago
a las que cantó entre sus mejores cantores (Aplausos).
Pero
el Comandante de la Revolución nació en La Habana Vieja, en el solar de La
Maestranza.  Allí me llevó un día y me dijo: “Esta fue mi cuna, porque la
patria no es solo donde se nace, sino donde se lucha.”  Fue por eso que su
visión le llevó a unirse y a ser de los primeros, y cuando partieron de la
Sierra con las encomiendas dadas por Fidel, Raúl con 81 hombres que se
representan ahora en la loma de Mícara, guiados por una palma, todo un palmar
en fila que recorre un lugar solemne y extraordinario, llegaron a aquel Segundo
Frente, que era más grande que muchas naciones y reinos de Europa, y allí en
pocos meses se sembró la semilla de lo que sería su sueño más importante, y
cuando entrando casi solo en el Moncada le dijo a aquel oficial: 
“Descuelgue de la pared el retrato del tirano” y vio una vacilación y se lo
repitió con energía, aquel tomó el retrato, vacilante, trémulo, y él tirándolo
al suelo lo pisoteó marcando el fin de una época que ya Fidel había anunciado y
profetizado, y que luego desde el balcón del Ayuntamiento de Santiago proclamó,
y hasta hoy.
¿Qué
hay que decir entonces?  ¿Qué se puede decir?  Esta es la única
Revolución, que yo recuerde, de las revoluciones verdaderas. Hay revolicos,
pero revoluciones no. Las revoluciones son pocas, marcan la historia, la
nuestra también marcó la historia (Aplausos).
Es
el joven valeroso y elegante que en la Escalinata de la Universidad de
La Habana, ante un alto oficial, discute sus ideas; es el protagonista del
acto magistral de unir a aquel puñado y desde México, tierra amada por
nosotros, como decía anoche el Comandante Almeida en sus inolvidables palabras,
dedicando una última canción a una bella mexicana, viene a Cuba y abriéndose
paso por el más inhóspito de todos los caminos van a encontrarse finalmente en
un sitio que paradójicamente lleva el nombre de la Alegría, cuando en realidad
fue el día de mayor tristeza, y luego vendrán los momentos sublimes y
extraordinarios, luego vendrá el encuentro en Cinco Palmas y allí se verán de
nuevo los dos hermanos de la sangre y de las ideas, allí se abrazan y allí
comienza una epopeya inolvidable y para siempre memorable.
En
su diario de campaña, luego del asalto a La Plata y al ver, saliendo del
escenario de la lucha, los cuarteles ardiendo, Raúl escribirá:  “Desde
lejos se veían arder sobre los cuarteles de la opresión las llamas de la
libertad.  Algún día no muy lejano, sobre sus cenizas, levantaremos
escuelas.” Y recuerdo todavía al mismo autor del diario, sosteniendo en sus
brazos a una niña, hija de un hermano del alma caído en la lucha, José Luis
Tassende, y decirle:  “Temita, esta es la obra por la que luchó tu padre”
(Aplausos).
Ustedes
recibirán, además, o comprarán o adquirirán, o lucharán por hacerlo, el libro 
Raúl Castro, un hombre en Revolución. Este libro es un libro revelador, porque él, a
quien no le es grato este tipo de cuestiones, aceptó el testimonio excepcional
de un amigo al que conoció muchos años atrás a bordo de la nave Andrea Gritti,
que salía de Génova con destino a América, y a ese amigo, entonces un joven
estudiante soviético, le llamó la atención, a aquel joven discreto y
aleccionado en el hermetismo, que alguien había dejado sobre una mesita,
mientras se divertían en la cubierta del barco, la obra del pedagogo ruso Antón
Makarenko. Algo le llamó la atención y le inspiró confianza con relación a
ellos y estableció una amistad.
Nikolai
Serguéivich Leonov llegó a ser con el tiempo un general de la Unión Soviética y
llegó a tener en sus manos las claves del conocimiento de acontecimientos
políticos mundiales.
En
ese barco, después de recorrer varios destinos, Raúl llegó a La Habana
luego de celebrar su cumpleaños el día 3 de junio a bordo del Andrea Gritti.
Meses
atrás, el 24 de febrero del año 1953, había partido hacia Austria al encuentro
juvenil que allí se celebraba.  Más tarde iría a Bucarest, al Comité
Organizador del Festival Mundial, en el cual, afortunadamente, no participó;
volvió a Cuba para participar en la más importante acción de su vida:  el
asalto al cuartel Moncada.
En
este libro aparecen los diversos rostros del hombre a que me refiero. 
Leonov, anciano, volvió hace dos años a Santiago y aquí conversamos
ampliamente. En el libro están los testimoniantes que le dieron o le sirvieron
de testigos de la historia, para escribir un libro,
 Raúl Castro, un hombre en
Revolución
 
(Aplausos).
Ese
libro nos revela muchas cosas, pero hay dos que son de suma importancia, o
tres, diría yo: la primera, es Raúl siempre fiel y atravesado en el camino por
y para Fidel, en quien reconoce al hermano y al líder (Aplausos).
En
la Sierra Maestra, al llegar ellos allí, se encontraron con que algunos hombres
estaban alzados por diversas razones:  algunos fueron útiles a la
Revolución, y lo fueron y prestaron importantes servicios; otros,
desgraciadamente, escogieron el camino equivocado.  En esas dobles aguas,
después de La Plata, era obligatorio entregar las armas y el parque a Fidel,
que era el que determinaba la distribución, y como él es fiel y detallado en
las distribuciones, cosa que me consta, hasta un dedo de leche debía ser
consultado, porque en los tiempos de tribulación se requiere un liderazgo, ¡y
pobres de los que crean que los hombres o las mujeres no son determinantes en
la historia!; el pueblo hace la historia, pero el pueblo es una suma de
individualidades y siempre —no sé por qué— en los momentos trascendentales
surge uno que se pone a la cabeza y esos son los que guían las vanguardias
sociales y políticas, y las armas las tenía que distribuir él. Pero hubo
alguien que se quiso quedar con la suya, no era uno de los compañeros que
habían llegado en el Granma, no era uno de los hombres del Moncada, era uno de
aquellos que se habían incorporado. Aquel deseo de apropiación pasó a
convertirse en amenazante. Raúl se colocó en el medio y le dijo: “¡Me tienes
que matar a mí, pero no a Fidel!” (Aplausos).
Otro
momento importante. Si hubiéramos triunfado, o aquella generación triunfa en
1953, la Revolución habría terminado en un baño de sangre, porque no teníamos
armas con qué defendernos, ni aun las del ejército habrían sido suficientes
para enfrentar a un adversario tan poderoso, y entonces contamos con el apoyo
de la Unión Soviética, que armó al país y lo preparó, y en su antedespacho
están los retratos —único lugar en el mundo en que se conservan— de aquellos
asesores que vinieron y extendieron su mano solidaria y algunos fueron sinceramente
amigos, diría, todos.
No
siempre podíamos coincidir —asumo el “podemos”, porque estoy como un narrador
que está al margen de la historia—, no siempre todos tenían la razón, nuestras
características y cualidades son siempre diferentes.  Ya en la Guerra Grande
Máximo Gómez era diferente por completo a otro general, sus técnicas eran
otras.  Cuando enfrenta a la columna española que amenaza a Bayamo, se
tira del caballo y combate a pie. Esas eran las características de la guerra de
Cuba, incomprensibles.  Ellos a veces no entendían que la formación y el
núcleo de nuestro ejército era un ejército guerrillero, un ejército que con la
ausencia de uno solo de los tres Comandantes de la Revolución, está
representado hoy aquí, en las figuras que ustedes han ovacionado, el primero en
entrar, el primer campesino que creyó en la causa de Cuba, de la Revolución y
de Fidel, Guillermo García (Aplausos).  Y el segundo, el Comandante
de la Revolución, Ramiro Valdés (Aplausos), tan joven entonces, era para ellos Ramirito,
y fue el compañero del Che, atravesando toda la isla de Cuba, y fue, además, el
gran compañero de todos en la lucha.
Pero,
además, en la sala, de paisano o vistiendo sus uniformes militares, están otros
héroes de la isla de Cuba, otros héroes de la República de Cuba, que lo ganaron
luchando, dirigiendo frentes o columnas y que llevan modestamente la Estrella
de Héroes, ¡la estrella verdadera la tienen en la frente! (Aplausos.)
Pero
a principio de los años ochenta el mundo estaba cambiando y comenzaba a debilitarse
el poder de la Unión Soviética y comenzaban otras ideas y algunos,
incluso, detestaban la idea de Cuba.  Leerán el libro, lo leerán y
comprenderán quiénes fueron.
Y
en el año 1980 Raúl estaba en Moscú y asistió a una reunión que él narra. 
En esa reunión el traductor era soviético y la presidía el Primer Secretario
del Comité Central, el hombre que tenía en sus manos el Partido y el poder de
la Unión Soviética, Andrópov. Y Raúl narra a un periodista estas
palabras:  La respuesta del máximo dirigente soviético fue tajante.
Nosotros necesitamos —Cuba— apoyo público, algún gesto fuerte.
Ya
Cuba había demostrado en la Crisis de los Misiles y en la batalla previa que
éramos capaces nosotros de luchar.  Céspedes lo dijo siempre: “Ni un
millón de hombres sobre las armas nos darían la victoria si no vamos a
occidente.” Y cuando un timorato en su finca le preguntó: “¿Con qué armas…?”,
respondió: “Las armas las tienen ellos.” Y esa fue una regularidad de nuestra
historia; pero ahora la cosa era distinta, el compromiso era más grave y la
agresión inminente, y entonces la parte soviética nos hizo saber que no estaba
en disposición de plantearle a Estados Unidos ningún tipo de advertencia
con relación a Cuba, ni siquiera recordar a Washington el compromiso de Kennedy
de octubre de 1962, el cual siempre era puesto en duda por cada nueva
administración norteamericana. Eso le dijo, Andrópov, diciéndole, además, que
en caso de agresión, ellos no sacarían la cara, tendríamos que luchar nosotros.
Lo
supieron Fidel y Raúl, el Buró Político aceptó que ellos dos, como dirigentes
máximos de la Revolución, guardaran el secreto. No porque el pueblo cubano
fuera a desalentarse, sino porque el país debía variar su doctrina militar y
prepararse para una emboscada en cada esquina, una celada detrás de cada árbol,
un francotirador sobre cada muro y esta sería la guerra de todo el pueblo, la
nueva concepción militar de los cubanos, ya finalmente solos, ¡absolutamente
solos!
Y
con ese concepto de soledad, y él lo cita aquí, cuando se celebró el Congreso
de nuestro Partido en Santiago, pude expresar, un poco atrevidamente: “Por
primera vez somos libres de España, de los Estados Unidos y de la
Unión Soviética.”  Ahora me refería a esa Unión Soviética que
comenzaba a tambalearse; no a la de los amigos como Leonov, sino a la de
aquellos que se apartaban por un camino que llegó finalmente a la extinción del
socialismo en aquella nación.  Esa fue la realidad.  ¿Qué enfrentó el
pueblo cubano poco después? El más duro período especial, la más dura prueba a
la que fue sometido.
Pero,
hermanos y hermanas, gran compensación hemos tenido. ¡Gran compensación hemos
tenido! Si sobre las ruinas de Caracas destruida por el terremoto, Bolívar
sobre ella dijo que si la naturaleza se enfrenta a nosotros, la dominaremos,
Santiago lo ha demostrado ahora (Aplausos). Pero, ¿qué habría sido de Cuba sin
sus Fuerzas Armadas, sin su ejército?  ¿Quiénes fueron los primeros que en
la luz de la noche atravesaron nuevamente el río histórico y entraron hacia el
oriente y hacia Santiago herida? ¿Quiénes? Las Fuerzas Armadas, ellas son el
sostén firme y el baluarte, esa fue la creación de Fidel, Comandante en Jefe, y
la creación de Raúl, como General de Ejército y como Ministro de las Fuerzas
Armadas a lo largo de muchos años. Gracias a eso tenemos patria, y gracias a
eso, hace pocos días, vimos el espectáculo compensador que nunca antes pudimos
imaginar:  delante de todos los presidentes del continente, por la expresa
voluntad de todos ellos, manifestada antes en Cartagena, Cuba estaba
presente.  No se puede variar la historia.  No fuimos allí por un
acto de clemencia de nadie, sino por una exigencia de los pueblos que a través
de sus líderes expresaron que no podía existir otra conferencia con la
excepción de Cuba.
Y
entonces, como en silencio ha tenido que ser, la política exterior del país,
firmemente guiada en estas ideas, negoció durante mucho tiempo y discutió con
hidalguía, llegando a un punto cero en ese histórico debate de ideas para,
finalmente allí, delante de todos los presidentes, Raúl recitar, como un aedo,
la historia de este pueblo, la historia de sus luchas, la historia del porqué
la razón de un patriotismo nacional, internacionalista y antiimperialista, y
finalmente la mano entre iguales, y finalmente, hace pocas horas, la gloriosa
bandera de Cuba subía en su mástil en Washington (Aplausos). Se ha reconocido
la existencia de la Revolución y del Estado, negado y proscrito, y, en Derecho,
solamente pueden pactar o discutir términos, partes iguales. Y, entonces, a título
de igualdad comienza ahora un nuevo camino que, como él mismo ha dicho, será
largo, para normalizar, ¡para normalizar! lo que hasta ahora ha estado roto.
Se
rompió el día en que Calixto no pudo entrar en Santiago al frente del Ejército
Libertador, con incontables pretextos. Se rompió el día en que impusieron a la
república naciente el yugo de la enmienda; el día en que, sin consultar al
Presidente o al Congreso, tenía que poder la república ser intervenida, tenían
que ser las mujeres de Santiago —como las de otros lugares de Cuba, pero
particularmente estas—, vestidas de negro, las que enfrentadas aquí al
embajador norteamericano le exigieron justicia para sus hijos muertos.
Es
por eso que tranquilos hoy podemos estar celebrando el aniversario 500 de Santiago.
Por eso podemos estar juntos bajo el techo que ampara el nombre glorioso del
poeta de la bandera, de José María Heredia. Por eso podemos reunirnos y
abrazarnos hermanos y llamarnos cubanos, y dondequiera que estemos los cubanos,
miraremos siempre desde el occidente donde se pone hacia el oriente donde nace,
como está en el antiguo Escudo provincial, entre picos y montañas altas, la
estrella luminosa de Cuba.
¡El
libro ha sido presentado y Santiago honrado!

Muchas
gracias (Aplausos).

Fuente:
http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2015-07-26/cuando-es-una-obra-fecunda-cuando-es-una-vida-intensa-cuando-es-una-obra-y-un-gran-legado-entonces-queda-en-la-memoria-de-los-hombres/