26.11.2014


¡Hola! Comparto una nota sobre el notable discurso de Vladimir Putin del 24 de Octubre del corriente año. Agrego además una nota de la periodista argentina Telma Luzzani, que tuvo la ocasión de asistir al XIº Encuentro de Valdai y la traducción al castellano de la pieza oratoria de Putin.


Putin: un discurso histórico

(Por Atilio A. Boron) Hay discursos que sintetizan
una época.  El que pronunciara Winston
Churchill en el Westminster College, en Missouri,  en Marzo de 1946 es uno de ellos. Allí popularizó
la expresión “cortina de hierro” para caracterizar a la política de la Unión
Soviética en Europa y, según algunos historiadores, marcó con esa frase el
inicio de la Guerra Fría. Antes, en Abril de 1917, un breve discurso de Lenin
al llegar de su exilio suizo a la Estación Finlandia de San Petersburgo anunciaba,
ante la sorpresa de su entusiasta audiencia animada por los acordes de La
Marsellesa, que la humanidad estaba pariendo una nueva etapa histórica,
pronóstico que habría de confirmarse en Octubre con el triunfo de la Revolución
Rusa. En Nuestra América, un papel semejante cumplió “La historia me
absolverá”, el célebre alegato con el que, en 1953, el joven Fidel Castro Ruz
se defendió de las acusaciones del dictador cubano Fulgencio Batista por el
asalto al Cuartel Moncada.
       En esta línea habría que agregar el discurso
pronunciado por Vladimir Putin el 24 de Octubre de este año en el marco del XIº
Encuentro Internacional de Valdai, una asociación de políticos, intelectuales y
gobernantes que anualmente se reúnen para discutir sobre la problemática rusa y,
en esta ocasión, la preocupante situación mundial.  [1]
Las tres horas insumidas por el discurso de Putin y su amplio intercambio de
opiniones con algunas personalidades de la política europea -entre ellos el ex primer
ministro de Francia, Dominique de Villepin y el ex canciller de Austria
Wolfgang Schuessel- o con académicos de primer nivel, como el gran biógrafo de
Keynes, Robert Skidelsky, fue convenientemente ignorado por la prensa
dominante. El líder ruso habló claro, sin medias tintas y abandonando de
partida el lenguaje diplomático. Es más, al inicio de su discurso recordó la
frase de uno de ellos que decía que “los diplomáticos tienen lenguas para no
decir la verdad” y que él estaba allí para expresar sus opiniones  de manera franca y dura para, como ocurriera
después, confrontarlas con las de sus incisivos interlocutores a quienes
también les hizo unas cuantas preguntas . Discurso ignorado, decíamos, porque en
él se traza un diagnóstico realista y privado de cualquier eufemismo para
denunciar el aparentemente incontenible deterioro del orden mundial y los
diferentes grados de responsabilidad que les cabe a los principales actores del
sistema. Como de eso no se debe hablar, y como el mundo tiene un líder
confiable y eficaz en los Estados Unidos piezas oratorias como las de Putin
merecen ser silenciadas sin más trámites. Un breve comentario en el New York Times al día siguiente, con
énfasis en algunos pasajes escogidos con escandalosa subjetividad; algunas
notas más con las mismas características en el Washington Post y eso fue todo. El eco de ese discurso en América
Latina, donde la prensa en todas sus variantes está fuertemente controlada por
intereses norteamericanos,  fue inaudible.
Por contraposición, cualquier discurso de un ocupante de la Casa Blanca que
asegure que su país es una nación “excepcional” o “indispensable”, o que difame
a líderes o gobiernos que no caen de rodillas ante el mandato estadounidense
corre mucha mejor suerte y encuentra amplísima difusión en los medios del “mundo
libre”.

     ¿Qué dijo Putin en su intervención? Imposible
reseñar en pocas páginas su discurso y las respuestas a los cuestionamientos
hechos por los participantes. Pero, con el ánimo de estimular una lectura de
ese documento resumiríamos algunas de sus tesis como sigue a continuación.
Primero,  ratificó sin pelos en la lengua
que el sistema internacional atraviesa una profunda crisis y que contrariamente
a relatos autocomplacientes -que en Occidente minimizan los desafíos del
momento- la seguridad colectiva está en muy serio peligro y que el mundo se
encamina hacia un caos global. Opositores políticos quemados vivos en el sótano
del Partido de las Regiones por las hordas neonazis que se apoderaron del
gobierno en Ucrania, el derribo del vuelo MH17 de Malasya Airlines por parte de
la aviación ucraniana y el Estado Islámico decapitando prisioneros y blandiendo
sus cabezas por la Internet son algunos de los síntomas más aberrantes de lo
que según un internacionalista norteamericano, Richard N. Haass, es la
descomposición del sistema internacional que otros, situados en una postura
teórica y política alternativa, como Samir Amin, Immanuel Wallerstein, Chalmers
Johnson y Pepe Escobar, prefieren denominar “imperio del caos.”  Esta ominosa realidad no se puede ocultar con
bellos discursos y con los trucos publicitarios a los cuales son tan afectos
Washington y sus aliados. El desafío es gravísimo y sólo podrá ser exitosamente
enfrentado mediante la cooperación internacional, sin hegemonismos de ningún
tipo.

     Segundo,
en su exposición Putin aportó un detallado análisis del decadente itinerario
transitado desde la posguerra hasta el fin de la Guerra Fría, el surgimiento
del fugaz unipolarismo norteamericano y, en su curva descendente después del
11-S,  las tentativas de mantener al actual
(des)orden internacional por la fuerza o el chantaje de las sanciones
económicas como las aplicadas en contra de Cuba por más de medio siglo, Irak,
Irán, Corea del Norte, Siria, Costa de Marfil y ahora Rusia. Un orden que se
cae a pedazos y, como lo anunciaba el título del Encuentro, que se debate entre
la creación de nuevas reglas o la suicida aceptación de la fuerza bruta como
único principio organizador del sistema internacional. De hecho nos hallamos
ante un mundo sin reglas o con reglas que existen pero que son pisoteadas por
los actores más poderosos del sistema, comenzando por Estados Unidos y sus
aliados, que dan por desahuciada a las Naciones Unidas sin proponer nada a
cambio.     La Carta de las Naciones Unidas y las
decisiones del Consejo de Seguridad son violadas, según Putin, por el
autoproclamado líder del mundo libre con la complicidad de sus amigos creando
así una peligrosa “anomia legal” que se convierte en campo fértil para el
terrorismo, la piratería y las actividades de mercenarios que ora sirven a uno
y luego acuden a prestar sus servicios a quien le ofrece la mejor paga. Lo
ocurrido con el Estado Islámico es paradigmático en este sentido.

      Tercero, Putin recordó que las transiciones en
el orden mundial “por regla general fueron acompañadas si no por una guerra
global por una cadena de intensos conflictos de carácter local.” Si hay algo que
se puede rescatar del período de la posguerra fue la voluntad de llegar a acuerdos
y de evitar hasta donde fuese posible las confrontaciones armadas. Hubo, por
cierto, muchas, pero la temida guerra termonuclear pudo ser evitada en las dos
mayores crisis de la Guerra Fría: Berlín en 1961 y la de los misiles soviéticos
instalados en Cuba en 1962. Posteriormente hubo importantes acuerdos para
limitar el armamento nuclear. Pero esa voluntad negociadora ha desaparecido. Lo
que hoy prevalece es una política de acoso, de bullying, favorecida por un 
hipertrofiado orgullo nacional con el cual se manipula a la opinión
pública que así justifica que el más fuerte –Estados Unidos- atropelle y someta
a los más débiles. Si bien no menciona el dato, en el trasfondo de su discurso se
perfila con claridad la preocupación por la desorbitada expansión del gasto
militar estadounidense que, según los cálculos más rigurosos, supera el billón
de dólares (o sea, un millón de millones de dólares) cuando al desintegrarse la
Unión Soviética los publicistas del imperio aseguraron urbi et orbi que el gasto militar se reduciría y que los así
llamados “dividendos de la paz” se derramarían en programas de ayuda al
desarrollo y combate a la pobreza. Nada de eso tuvo lugar.

       Cuarto, al declararse a sí mismos como
vencedores de la Guerra Fría la dirigencia norteamericana pensó que todo el
viejo sistema construido a la salida de la Segunda Guerra Mundial era un
oneroso anacronismo. No propuso un “tratado de paz”, en donde se establecieran
acuerdos y compromisos entre vencedores y vencidos, sino que Washington se
comportó como un “nuevo rico” que, embriagado por la desintegración de la Unión
Soviética y su acceso a una incontestada primacía mundial, actuó con
prepotencia e  imprudencia y cometió un
sinfín de disparates.  Ejemplo rotundo:
su continuo apoyo a numerosos “combatientes de la libertad” reclutados como
arietes para producir el “cambio de régimen” en gobiernos desafectos y que a
poco andar se convirtieron en “terroristas” como los que el 11-S sembraron el
horror en Estados Unidos o los que hoy devastan a Siria e Irak. Para invisibilizar
tan gigantescos errores la Casa Blanca contó con “el control total de los
medios de comunicación globales (que) ha permitido hacer pasar lo blanco por
negro y lo negro por blanco.” Y, en un pasaje de su discurso Putin se pregunta:
“¿Puede ser que la excepcionalidad de los Estados Unidos y la forma como ejerce
su liderazgo sean realmente una bendición para todos nosotros, y que su
continua injerencia en los asuntos de todo el mundo esté trayendo paz, prosperidad,
progreso, crecimiento, democracia y simplemente tengamos que relajarnos y
gozar? Me permito decir que no.”

      Quinto, en diversos tramos de su alocución y
del intercambio de preguntas y respuestas con los participantes Putin dejó
sentado muy claramente que Rusia no se cruzará de brazos ante las amenazas que
se ciernen sobre su seguridad nacional. Utilizó para transmitir ese mensaje una
elocuente metáfora para referirse, indirectamente, a los planes de la NATO de
rodear a Rusia con bases militares y para responder a las inquietudes
manifestadas por algunos de los presentes acerca de una eventual expansión
imperialista rusa. Dijo que en su país se le tiene gran respeto al oso “amo y
señor de la inmensidad de la taiga siberiana, y que para actuar en su
territorio ni se molesta en pedirle permiso a nadie. Puedo asegurar que no
tiene intenciones de trasladarse hacia otras zonas climáticas porque no se
sentiría cómodo en ellas. Pero jamás permitiría que alguien se apropie de su
taiga. Creo que esto está claro.” Esta observación fue también una respuesta a
una caracterización muy extendida en Estados Unidos y Europa que menosprecia a
Rusia -y antes a la Unión Soviética- como “un Alto Volta (uno de los países más
pobres y atrasados de África) con misiles”. Sin dudas que el mensaje fue muy
claro y despojado de eufemismos diplomáticos, en línea con su confianza en la
fortaleza de Rusia y su capacidad para sobrellevar con patriotismo los mayores
sacrificios, como quedó demostrado en la Segunda Guerra Mundial.  Dijo textualmente: “Rusia no se doblegará
antes las sanciones, ni será lastimada por ellas, ni la verán llegar a la
puerta de alguien para mendigar ayuda. Rusia es un país autosuficiente.”
 
       En síntesis: se trata de uno de
los discursos más importantes sobre el tema pronunciado por un jefe de estado
en mucho tiempo y esto por muchas razones. Por su documentado y descarnado
realismo en el análisis de la crisis del orden mundial, en donde se nota un exhaustivo
conocimiento de la literatura más importante sobre el tema producida  en Estados Unidos y Europa, refutando en los
hechos las reiteradas acusaciones acerca del “provincianismo” del líder ruso y
su falta de contacto con el pensamiento occidental. Por su valentía al llamar
las cosas por su nombre e identificar a los principales responsables de la
situación actual. Ejemplo: ¿quién arma, financia y recluta a los mercenarios
del EI? ¿Quién compra su petróleo robado de Irak y Siria, y así contribuye a
financiar al terrorismo que dicen combatir? Preguntas estas que ni el saber
convencional de las ciencias sociales ni los administradores imperiales jamás
se las formulan, al menos en público. Y que son fundamentales para entender la
naturaleza de la crisis actual y los posibles caminos de salida. Y por las
claras advertencias que hizo llegar a quienes piensan que podrán doblegar a
Rusia con sanciones o cercos militares, como nos referíamos más arriba. Pero, a
diferencia del célebre discurso de Churchill, al no contar con el favor del
imperio y su inmenso aparato propagandístico camuflado bajo los ropajes del
periodismo el notable discurso de Putin ha pasado desapercibido, por ahora. A
cien años del estallido de la Primera Guerra Mundial y a veinticinco de la
caída del Muro de Berlín Putin arrojó el guante y propuso un debate y esbozó
los lineamientos de lo que podría ser una salida de la crisis. Ha pasado algo
más de un mes y la respuesta de los centros dominantes del imperio y su
mandarinato ha sido un silencio total. Es que no tienen palabras ni razones,
sólo armas. Y van a continuar tensando las cuerdas del sistema internacional
hasta que el caos que están sembrando revierta sobre sus propios países. Nuestra
América deberá estar preparada para esa contingencia.


[1] Desgraciadamente ese
discurso está sólo disponible en ruso y en inglés en el sitio web de la
presidencia de Rusia. Una traducción al castellano fue realizada por Iñaki para
el blog http://salsarusa.blogspot.com.ar/2014/11/discurso-de-putin-en-valdai.html
La versión revisada
y corregida de ese primer esfuerzo de traducción, muy meritorio pero con algunos
problemas,  se encuentra disponible a
continuación de este artículo.
__________________
  
Discurso
de Putin en Valdai
Se
ha citado mucho el discurso de Putin en la reunión del grupo Valdai. Muy
interesante, y por tanto evitado por la prensa hispana. Aquí está la traducción
de la transcripción del mismo:

Estimados
colegas, señoras y señores, queridos amigos: es un placer darles la bienvenida
a esta XI conferencia del club de discusión “Valdai”.
Ya
se ha dicho aquí que este año en el club hay nuevos coorganizadores, entre
ellos organizaciones no gubernamentales rusas, grupos de expertos y grandes
universidades. Además se ha expresado la idea de ampliar la discusión para
incluir no sólo la problemática rusa sino también cuestiones de política y
economía globales.

Espero
que estos cambios organizativos y de contenido refuercen las posiciones del
club como un importante foro de discusión y de reunión de expertos. Con ello
espero que el así llamado espíritu de Valdai pueda mantenerse: su libertad,
apertura, posibilidad de expresar las más distintas opiniones y con ello las
opiniones sinceras.
En
este sentido quiero decirles que no les voy a decepcionar, voy a hablar clara y
sinceramente. Algunas cosas pueden parecer duras. Pero si no habláramos directa
y sinceramente de lo que realmente pensamos no tendría sentido reunirnos en
este formato. Sería mejor, en tal caso, mantener los encuentros diplomáticos
donde nadie dice nada en un sentido claro y real y, recordando las palabras de
un famoso diplomático, caer en la cuenta de que los diplomáticos tienen lenguas
para para no decir la verdad.
Nos
reunimos aquí con otros objetivos. Nos reunimos para hablar sinceramente.
Necesitamos la franqueza y dureza de las valoraciones hoy no para atacarnos
mutuamente sino para intentar ir a fondo y entender qué es lo que en realidad
sucede en el mundo, por qué es menos seguro y menos previsible, porqué por los
riesgos crecen por doquier.
El
tema del encuentro de hoy, de las discusiones que han tenido lugar se ha
denominado “¿Nuevas reglas de juego o juego sin reglas?”. En mi opinión este
tema, esta formulación, describe muy exactamente el histórico punto de
inflexión en que nos encontramos y la elección que todos tendremos que hacer.
La
tesis de que el mundo contemporáneo está cambiando muy rápidamente, por
supuesto, no es nueva. Y sé que ustedes han hablado de ello en el curso de la
discusión de hoy. Es cierto, es difícil no darse cuenta de las dramáticas transformaciones
en la política global, en la economía, la vida social, en la esfera de las
tecnologías sociales, de la información, de la producción.
Les
pido disculpas desde ahora si repito lo expresado por algunos participantes en
este foro. Es difícil evitarlo, ustedes han hablado en detalle, pero voy a
expresar mi punto de vista, que puede coincidir o ser distinto de lo dicho por
los participantes del fórum.
No
olvidemos, al analizar la situación actual, las lecciones de la historia. En
primer lugar los cambios en el orden mundial -y los sucesos que estamos viendo
hoy día son eventos de esta escala-  por
regla general fueron acompañados si no por una guerra global o por choques
globales, por una cadena de intensivos conflictos de carácter local. En segundo
lugar, la política mundial es sobre todo acerca del liderazgo económico,
cuestiones de la guerra y la paz, y la dimensión humanitaria, incluyendo los
derechos humanos.
En
el mundo se han acumulado numerosas contradicciones. Y debemos preguntarnos
sinceramente unos a otros si disponemos de una red de seguridad confiable. Por
desgracia no hay garantías de que el sistema existente de seguridad global y
regional pueda protegernos de graves turbulencias. El sistema ha sido
seriamente debilitado, fragmentado y deformado. Las instituciones
internacionales y regionales de relaciones económicas, políticas y culturales
viven tiempos difíciles.
Sí,
muchos mecanismos de garantía del orden pacífico se crearon hace bastante
tiempo, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial sobre todo. Permítanme
subrayar que la solidez de este sistema se basaba no solo en el balance de
fuerzas y en el derecho de los vencedores, sino también en que los “padres
fundadores” de este sistema de seguridad se relacionaban respetuosamente unos
con otros, no intentaban apretar o aplastar a los otros sino que trataban
llegar a acuerdos.
Lo
importante es que este sistema necesita desarrollarse, y a pesar de todos sus
defectos necesita ser capaz de contener los problemas mundiales existentes dentro
de ciertos límites y de regular la intensidad de la natural competencia entre
países.
Estoy
seguro de que no podemos tomar este mecanismo de pesos y contrapesos que
construimos a lo largo de las décadas pasadas con tanto esfuerzo y dificultades
y destruirlo sin construir algo en su lugar. En tal caso no habría instrumentos
salvo la fuerza bruta. Lo que necesitamos hacer es llevar a cabo una
reconstrucción racional y adaptarlo a las nuevas realidades del sistema de
relaciones internacionales.
Sin
embargo los Estados Unidos, que se han declarado a sí mismos vencedores de la
Guerra Fría, han pensado que no había ninguna necesidad de ello. Y en lugar de
establecer un nuevo balance de poder, condición indispensable del orden y
estabilidad, al contrario, han dado pasos que han llevado al sistema a una
aguda y profunda desestabilización.
La
Guerra Fría terminó. Pero no lo hizo con una declaración de “paz” mediante
acuerdos comprensibles y transparentes de observancia de las normas y
estándares existentes o de creación de unos nuevos. Esto creó la impresión de
que los así llamados “vencedores” en la Guerra Fría decidieron presionar los
eventos y rediseñar al mundo  de tal
suerte que sirviera para satisfacer sus necesidades e intereses. Y si el
sistema existente de relaciones internacionales, el derecho internacional y los
pesos y  contrapesos en operación
entorpecían el logro de estos objetivos, entonces el sistema era denunciado
como inválido y anticuado y promovían su inmediata demolición.
Perdón
por la analogía, pero así se comportan los nuevos ricos, que de repente
obtienen una gran riqueza, en este caso en forma de dominación mundial,
liderazgo mundial. Y en lugar de, con esta riqueza, comportarse sabiamente y
con cuidado, incluso claro está, en su propio beneficio, pienso que han hecho
muchos disparates.
Ha
comenzado un periodo de diferentes interpretaciones y deliberados silencios en
la política mundial. Bajo la arremetida del nihilismo legal el derecho
internacional ha venido retrocediendo paso a paso. La objetividad y la justicia
han sido sacrificadas en el altar de la conveniencia política. Las normas
jurídicas han sido sustituidas por interpretaciones arbitrarias y valoraciones
sesgadas. Además, el control total de los medios de comunicación globales ha permitido
hacer pasar lo blanco por negro y lo negro por blanco.
En
las condiciones de dominio de un país y sus aliados -o por decirlo de otra
manera, sus satélites- la búsqueda de soluciones globales se ha convertido muy
a menudo en una tentativa de imponer sus propias recetas universales. Las
ambiciones de este grupo han crecido tanto que las políticas que ellos acuerdan
en los corredores del poder las presentan como si fueran la opinión de toda la
comunidad internacional. Pero eso no es así.
El
propio concepto de “soberanía nacional” para la mayoría de los países se ha
convertido en algo relativo. En esencia, se propuso la siguiente fórmula:
cuanto mayor sea la lealtad al solo centro de poder mundial tanto mayor será la
legitimidad de este o aquel régimen de gobierno.
Luego
tendremos una discusión libre, y con mucho gusto contestaré a las preguntas y
me gustaría también ejercer mi derecho para hacer preguntas. Pero en el curso
de esta discusión traten de refutar la tesis que acabo de formular.
Las
medidas contra los que se rehúsan a someterse son bien conocidas y han sido
probadas muchas veces. Incluyen el uso de la fuerza, presión económica y
propagandística, injerencia en asuntos internos, apelación a cierta legitimidad
“supralegal” cuando hay que justificar una solución ilegal en este o aquel
conflicto y el derrocamiento de regímenes molestos. En los últimos tiempos
hemos sido testigos de un chantaje abierto en contra determinados líderes. No
en vano el llamado “gran hermano” gasta miles de millones de dólares en
mantener a todo el mundo, incluidos sus aliados más cercanos, bajo vigilancia.
Hagámonos
la pregunta de hasta qué punto vivimos confortablemente, seguros y felices en
un  mundo así, hasta qué punto es justo y racional. ¿Puede ser que no
tengamos motivos verdaderos para preocuparnos, discutir, o formular preguntas
incómodas o torpes? ¿Puede ser que la excepcionalidad de los Estados Unidos,
tal y como ellos ejercen su liderazgo, sean realmente una bendición para todos
nosotros, y que su continua injerencia en los asuntos de todo el mundo esté
trayendo paz, prosperidad, progreso, crecimiento, democracia y simplemente
tengamos que relajarnos y gozar?
Me
permito decir que no, que absolutamente este no es el caso. 
El
dictado unilateral y la imposición de los propios modelos produce el efecto
contrario: en vez de solucionar los conflictos, estos escalan en intensidad; en
vez de estados soberanos y estables vemos la creciente diseminación del caos; y
en vez de democracia, el apoyo a un muy dudoso grupo que va desde  los neofascistas hasta el radicalismo
islámico.
¿Y
por qué apoyan a esta gente? Porque los utilizan en alguna etapa como
instrumento para lograr sus fines, después se queman  sus dedos y se echan hacia atrás. No dejo de
sorprenderme cuando veo que nuestros socios una vez tras otra caen en el mismo
agujero, es decir, cometen el mismo error una y otra vez.
En
su tiempo financiaron movimientos islamistas extremistas para luchar contra la
Unión Soviética. Esos grupos adquirieron experiencia de combate en Afganistán y
de allí luego salieron el Talibán y Al Qaeda. Occidente, si no les apoyó, al
menos cerró los ojos, y yo diría que aportó información y apoyo político y
financiero a la invasión  de los
terroristas internacionales a Rusia (no hemos olvidado esto) y a los países de
Asia Central. Solo tras los horribles 
ataques cometidos en Estados Unidos se despertaron ante la amenaza común
del terrorismo. Recuerdo que entonces fuimos los primeros en apoyar al pueblo de
los Estados Unidos de América, reaccionamos como amigos y socios en esta
terrible tragedia del 11 de septiembre.
Durante
mis conversaciones con líderes europeos y de los Estados Unidos siempre hablo
de la necesidad de una lucha conjunta con el terrorismo, como tarea global. En
esta tarea no podemos rendirnos y resignarnos ante la amenaza; tampoco podemos
dividirla en partes separadas, usando dobles raseros. Al principio estuvieron
de acuerdo con nosotros, pero al poco tiempo todo volvió a ser como antes.
Primero la operación militar en Irak, y luego en Libia. Este país, por cierto,
quedó al borde de la disolución. ¿Por qué 
Libia fue empujada a esa situación? Ahora está en peligro de destrucción
total y se ha convertido en un campo de entrenamiento de terroristas. Solo la
voluntad e inteligencia de la actual dirección en Egipto ha permitido a este
crucial país árabe salir del caos y el dominio total del extremismo. En Siria,
como en otros tiempos, los Estados Unidos y sus aliados comenzaron a financiar
y armar directamente a los rebeldes y permitiéndoles engrosar sus filas
con mercenarios de distintos países. Permítanme preguntar ¿de dónde obtienen
estos rebeldes el dinero, las armas y los especialistas militares. ¿De dónde
viene todo esto? ¿Por qué el Estado Islámico se ha convertido en un grupo tan
poderoso, una fuerza esencialmente armada?
En
lo referente a la financiación, hoy el dinero no proviene solo
de  los ingresos por drogas cuya producción, por cierto, ha aumentado
en varios órdenes de magnitud, y no solo un pequeño porcentaje  durante la presencia de las fuerzas
internacionales en Afganistán. Ustedes saben esto, por supuesto. La
financiación proviene también de la venta de petróleo, su extracción y
transporte en territorios controlados por los terroristas. Lo venden a precios
de dumping, y hay alguien que se los
compra, lo revende, gana dinero con ello sin pensar en que está financiando a
los terroristas que tarde o temprano vendrán a su territorio y sembrarán la
muerte en su país.
¿Y
los reclutas, de dónde vienen los nuevos reclutas? En Irak como resultado del
derrocamiento de Sadam Hussein las instituciones estatales, incluido el
ejército, quedaron en ruinas. Entonces dijimos: tengan mucho, mucho cuidado.  Ustedes están mandando a esa gente a las
calles. ¿Qué van a hacer? No olviden que –justamente o no- ellos estaban en
posiciones de mando de una potencia regional relativamente grande. ¿En qué los
están convirtiendo ahora?
¿Qué
sucedió? Que decenas de miles de soldados y oficiales, antiguos activistas del
partido Baaz, arrojados a la calle, se unieron a las filas de los rebeldes.
¿Puede ser que ahí esté la clave de la efectividad del  Estado Islámico, o ISIS? Actúan de una manera
muy efectiva desde el punto de vista militar, son gente muy profesional. Rusia
ha advertido en repetidas ocasiones sobre el peligro de acciones armadas
unilaterales, las injerencias en los asuntos de estados soberanos, y el flirteo
con grupos extremistas y radicales. Hemos insistido en la necesidad de incluir
a los grupos que luchan contra el gobierno central de Siria, incluido el ISIS,
en la lista de organizaciones terroristas. ¿Cuál ha sido el resultado? Ninguno.
Hemos hecho esa apelación en vano.
A
veces tenemos la impresión de que nuestros colegas y amigos luchan
constantemente contra los resultados de su propia política, dedican sus
esfuerzos a luchar contra los riesgos que ellos mismos han creado, pagando por
ello un precio cada vez mayor.
Estimados
colegas. Este periodo de dominación unipolar ha demostrado claramente que el
dominio de un solo centro de poder no lleva al aumento de la gobernabilidad de
los procesos globales. Al contrario esta endeble construcción ha mostrado su
incapacidad para luchar contra amenazas tales como los conflictos regionales, el
terrorismo, el narcotráfico, el fanatismo religioso, el chauvinismo y el
neonazismo. Al mismo tiempo el unipolarismo ha abierto un ancho camino para
un  hipertrofiado orgullo nacional,
manipulando a la opinión pública para consentir que el fuerte acose y suprima
al más débil.    Esencialmente el mundo
unipolar es simplemente un medio para justificar la dictadura sobre los pueblos
y los países. El mundo unipolar se convirtió en algo demasiado incómodo, una
carga demasiado pesada e inmanejable incluso para su autoproclamado líder. Se
han escuchado aquí comentarios sobre ello y yo estoy totalmente de acuerdo con
lo que aquí se dijo. De ahí vienen los actuales intentos, ya en una nueva etapa
histórica, de recrear algo parecido a un mundo cuasibipolar como un modelo
conveniente de perpetuación del liderazgo americano. Es irrelevante quien ocupa
el lugar del “centro del mal” en la propaganda americana, el  viejo lugar de la URSS como el principal
adversario. Podría ser Irán, como país que intenta acceder a tecnología
nuclear; China como primera economía del mundo; o Rusia como superpotencia
nuclear.
Hoy
día vemos de nuevo intentos de fragmentar el mundo, trazar nuevas líneas de
división, establecer coaliciones no creadas “a favor de” sino en “contra de”
quien sea, crear de nuevo la imagen de un enemigo, como se hizo durante la
Guerra Fría, y conseguir el derecho al liderazgo, o si lo prefieren, el derecho
dictar condiciones. Así es como se trataba la situación durante la época de la
Guerra Fría, todos lo sabemos y comprendemos. A sus aliados los Estados Unidos
siempre les decían: “tenemos un enemigo común, un rival terrible, es el centro
del mal y los estamos defendiendo de él. Por ello tenemos derecho a dirigirlos,
obligarlos a sacrificar sus intereses políticos y económicos y hacerlos pagar
su cuotaparte de los costos de esta defensa colectiva, pero naturalmente
nosotros seremos quienes estarán a cargo de todo eso.” En una palabra, hoy en
un mundo nuevo y cambiante es otra vez evidente el intento de reproducir estos
modelos habituales de dirección y manejo global para garantizar la excepcional
posición de Estados Unidos y   cosechar
dividendos políticos y económicos.
Pero
estos intentos están crecientemente divorciados de la realidad y en
contradicción con la diversidad del mundo e indefectiblemente crearán
enfrentamientos y reacciones de respuesta que finalmente tendrán el efecto
contrario al anhelado. Todos vemos lo que sucede cuando la política se mezcla
imprudentemente con la economía y la lógica de las decisiones racionales cede
su lugar  a la lógica de la confrontación, que sólo  perjudica a las propias posiciones e
intereses económicos, incluidos los intereses económicos del país.
Los
proyectos económicos conjuntos y las inversiones mutuas acercan objetivamente a
los países, ayudan a suavizar los problemas actuales en las relaciones entre
los estados. Sin embargo hoy día la comunidad económica global sufre una
presión sin precedentes por parte de los gobiernos occidentales. ¿De qué
negocios, de qué pragmatismo y conveniencia económicas podemos hablar cuando
escuchamos slogans tales como “la patria está en peligro”, “el mundo libre está
amenazado” y “la democracia está en riesgo”? Ante esto, todos (en Occidente)
necesitan movilizarse. Pero aquellos slogans son los que constituyen una
verdadera política de movilización.
Las
sanciones están socavando las bases del comercio mundial, las normas de la OMC
y los principios de la inviolabilidad de la propiedad privada. Golpean
fuertemente al modelo liberal de globalización basado en los mercados, la
libertad y la competencia; un modelo, permítanme recordarlo, cuyos máximos
beneficiarios han sido precisamente los países occidentales. Ahora se arriesgan
a perder la confianza que gozaban como líderes de la globalización. Nos
preguntamos, ¿era necesario hacer esto? Después de todo el bienestar de los
propios Estados Unidos depende en gran medida de la confianza de los
inversores, de los poseedores extranjeros de dólares y bonos del Tesoro
americano. Ahora la confianza se está minando y señales de desilusión acerca de
los frutos de la globalización aparecen en muchos países.
El
precedente de Chipre y la motivación política de las sanciones sólo acentuaron
las tendencias hacia el fortalecimiento la soberanía económica y financiera de
los países, o sus uniones regionales, para buscar los modos de protegerse de
los riesgos de las presiones externas. 
Así, cada vez más países intentan salir de la dependencia del dólar y
crean sistemas financieros y contables alternativos y nuevas monedas de
reserva. En mi opinión nuestros amigos americanos simplemente están cortando la
rama en la que están sentados. No hay que mezclar la política con la economía,
pero precisamente esto es lo que está sucediendo ahora. Pensaba y sigo pensando
que  las sanciones motivadas políticamente son un error que produce
daño a todos, pero estoy seguro de que más tarde hablaremos de esto.
Sabemos
cómo se tomaron esas decisiones y quién ejerce la presión. Pero permítanme
llamar su atención sobre esto: Rusia no se doblegará antes las sanciones, ni
será lastimada por ellas ni la     verán
llegar a la puerta de alguien para mendigar ayuda. Rusia es un país
autosuficiente. Vamos a trabajar dentro del ambiente económico internacional
existente, desarrollar nuestra producción y tecnología y actuar de forma
decidida para realizar las transformaciones que sean necesarias. La presión
desde afuera, como ocurriera en anteriores ocasiones, sólo tendrán como
resultado consolidar nuestra sociedad, mantenernos alertas y concentrados en
nuestros principales objetivos de desarrollo.
Las
sanciones, por supuesto, son un estorbo. Con ellas intentan hacernos daño,
bloquear nuestro desarrollo, aislarnos política, económica y culturalmente; es
decir, condenarnos al atraso. Pero 
déjenme decirles nuevamente que hoy el mundo es un lugar muy diferente.
No tenemos la menor intención de encerrarnos, eligiendo un camino de desarrollo
cerrado que nos lleve a vivir en una autarquía. Siempre estamos dispuestos al
diálogo, incluso para la normalización de las relaciones económicas y
políticas. Contamos para ello con las posturas y comportamientos pragmáticos de
las comunidades de negocios de los principales países.
Hoy
se oye afirmar que Rusia vuelve la espalda a Europa, seguramente se ha oído en
el transcurso de esta discusión, y que está buscando otros socios comerciales,
sobre todo en Asia. Quiero decir que esto no es así en absoluto. Nuestra
política activa en la región de Asia-Pacífico no ha comenzado ayer ni como
respuesta a las sanciones, sino que es una política iniciada hace muchos años.
Tal como muchos otros países, incluidos los occidentales, nosotros vemos que
Asia juega un papel cada vez mayor en el mundo, tanto en la economía como en la
política, y no podemos darnos el lujo de subestimar o ignorar estos
desarrollos.
Quiero
recalcar de nuevo que todos lo hacen, y nosotros lo haremos, tanto más cuando
una parte significativa de nuestro territorio está en Asia. ¿Por qué deberíamos
abstenernos de utilizar nuestra ventaja competitiva en esta área? Eso sería
simplemente miopía, una grave falta de visión a largo plazo.
Desarrollar
relaciones económicas con esos países y realizar proyectos conjuntos de
integración también crean grandes incentivos para nuestro desarrollo interno.
Las actuales tendencias demográficas, económicas, y culturales nos dicen que la
dependencia de una única superpotencia disminuirá objetivamente. Esto es lo que
los expertos europeos y norteamericanos han estado hablando y escribiendo
también ellos.
Probablemente
los desarrollos en la política mundial reflejarán los mismos hechos que estamos
viendo en la economía global: una competencia fuerte en nichos específicos y
frecuentes cambios de líderes en áreas específicas. Esto es enteramente
posible.
Es
indudable que  los factores humanos: la
educación, la ciencia, la sanidad, la cultura jugarán un papel creciente en la
competición global. Esto, por su parte, impacta fuertemente sobre las
relaciones internacionales, porque la eficacia de este soft power (“poder blando”) dependerá en gran medida de los logros
reales en la formación del capital humano 
más que en sofisticados trucos de propaganda.
Al
mismo tiempo, la formación del llamado mundo policéntrico (también quiero
llamar la atención sobre esto, estimados colegas) en y por sí mismo no mejora
la estabilidad; de hecho, lo más probable es lo contrario. El objetivo de
lograr un equilibrio global se transforma en un complicado rompecabezas, en una
ecuación con muchas incógnitas.
¿Qué
nos espera, por lo tanto, si elegimos no vivir por esas reglas    -aun cuando sabemos que podrían estrictas e
inconvenientes- sino vivir sin ninguna regla? Precisamente este escenario es
enteramente posible; no lo podemos descartar dadas las tensiones de la situación
global. Se pueden hacer muchas predicciones al observar las tendencias
actuales, pero por desgracia aquellas no son optimistas. Si no creamos un
sistema claro de obligaciones mutuas y de acuerdos, si no construimos un
mecanismo de manejo y resolución de las situaciones de crisis los síntomas de
anarquía global aumentarán inevitablemente.
Ya
hoy en día vemos un rápido crecimiento de las posibilidades de una serie de
violentos conflictos con la participación directa o indirecta de las grandes
potencias. Y los factores de riesgo incluyen no solo las tradicionales
confrontaciones entre países sino también la inestabilidad interna de algunos
países, sobre todo de los situados en la intersección de los intereses
geopolíticos de las grandes potencias, o en la frontera de las grandes zonas
histórico-culturales, económicas y civilizatorias.
Ucrania,
de la cual estoy seguro de que se ha discutido mucho y de la que hablaremos aún
más, es uno de los ejemplos de este tipo de conflictos que afectan el balance
mundial de fuerzas, y creo que  está lejos de ser el último. De ahí
viene la siguiente amenaza real de destrucción del sistema de acuerdos sobre
limitación y control de armas. Y el comienzo de este proceso fie causado por
los Estados Unidos cuando en 2002 y de manera unilateral abandonó el Tratado de
Misiles Antibalísticos, y después comenzó, y hoy continúa activamente, a crear
su sistema misilístico de defensa global.
Estimados
colegas, amigos: quiero llamar su atención sobre el hecho de que no hemos sido
nosotros quienes comenzaron este proceso. Estamos volviendo a aquellos tiempos
en que en lugar del equilibrio de intereses y garantías mutuas era el miedo, el
balance de autodestrucción, lo que alejaba a las naciones del conflicto
directo. A falta de instrumentos legales y políticos las armas vuelven una vez
más al centro de la agenda global. Se utilizan donde conviene y como conviene,
sin ninguna sanción del Consejo de Seguridad de la ONU. Y si el Consejo de
Seguridad rechaza adoptar tales decisiones, inmediatamente se dice que es un
instrumento anticuado e inefectivo.
Muchos
estados no ven otras garantías de su soberanía que crear sus propias bombas.
Esto es extremadamente peligroso.  Somos partidarios de
conversaciones continuas, e insistimos en la necesidad de conversaciones para
disminuir los arsenales atómicos. Cuanto menos armamento atómico haya en el
mundo, tanto mejor. Y estamos dispuestos a las más serias y concretas
conversaciones sobre la cuestión del desarme atómico. Pero discusiones serias,
sin dobles estándares.
¿Qué
quiero decir? Hoy día muchos tipos de armas de gran precisión son, por su
capacidad destructiva, casi armas de destrucción masiva. Y en el caso de una
renuncia plena al arsenal nuclear o disminución crítica del mismo, el país que
ostente el liderazgo en la creación y producción de estos sistemas de alta
precisión tendrá una clara ventaja militar. Se romperá la paridad estratégica,
lo cual muy probablemente tendrá un efecto 
desestabilizador y aparecerá la tentación de usar el llamado “primer ataque
preventivo global”. En una palabra, los riesgos no disminuirán, sino que
aumentarán.
La
siguiente amenaza evidente es el aumento de los conflictos étnicos, religiosos
y sociales. Esos conflictos son peligrosos no solo por sí mismos, sino también
porque crean zonas de anarquía, de ausencia de toda ley y de caos, donde se
sienten a gusto los terroristas y los criminales, y florecen la piratería y el
tráfico de personas y drogas.
Por
cierto, nuestros colegas en su momento intentaron dirigir estos procesos,
utilizar los conflictos regionales y construir “revoluciones de colores” para
satisfacer sus intereses, pero el genio se les escapó de la botella. Parece que
ni los padres de la “teoría del caos controlado” saben qué hacer con el caos
provocado y cunde la división y  las
dudas entre ellos.
Seguimos
muy de cerca las discusiones en las élites dirigentes y entre los expertos.
Basta con leer los titulares de la prensa occidental durante el último año: la
misma gente a la que llamaban luchadores por la democracia después son
caracterizados como islamistas; al principio hablaban de revoluciones y después
de tumultos y revueltas. El resultado es evidente: una mayor expansión del caos
global.
Estimados
colegas: dada esta situación global es hora de comenzar por acordar sobre
ciertas cuestiones de principio. Esto es tremendamente importante y necesario,
y es mucho mejor que separarnos y regresar cada uno a su rincón. Tanto más
cuando nos enfrentamos a problemas comunes y estamos, como se dice, en el mismo
barco. El camino lógico para salir de esta situación es la cooperación entre
naciones y sociedades, buscando respuestas colectivas a los múltiples desafíos
y una gestión común en el manejo de los riesgos. Claro, algunos de nuestros
socios, por algún motivo, solo se acuerdan de esto cuando conviene a sus
intereses.
La
experiencia práctica muestra que las respuestas conjuntas a los problemas no
son siempre una panacea; por supuesto, hay que reconocerlo. Además en la
mayoría de los casos son difíciles de conseguir: no es fácil superar las
diferencias en los intereses nacionales y la subjetividad de los diferentes
enfoques, sobre todo cuando se trata de países con una tradición cultural e
histórica diferente.  Pero hay ejemplos que demuestran que cuando
hay  objetivos comunes y actuamos en base
a criterios unificados podemos conjuntamente lograr éxitos reales.
Permítanme
recordarles la solución del problema de las armas químicas en Siria, el diálogo
sustantivo sobre el programa nuclear iraní y nuestro trabajo en la cuestión
norcoreana, que también ha tenido algunos resultados positivos. ¿Por qué no
utilizar toda esta experiencia tanto para la solución de problemas locales como
globales?
¿Cuál
debería ser el fundamento legal, político y económico del nuevo orden mundial
que garantice la estabilidad y seguridad,  que garantice la sana
competencia y no permita la formación de nuevos monopolios que bloqueen el
desarrollo? Es poco probable que alguien pueda ahora dar una respuesta ya
hecha, absolutamente exhaustiva, a esta cuestión. Se necesita un largo trabajo
con la participación de un amplio círculo de países, empresas globales,
sociedades civiles y de foros de expertos como el nuestro.
Sin
embargo es evidente que el éxito y un resultado real solo será posible si los
participantes clave de la vida internacional pueden armonizar sus intereses
básicos, sobre la base de una lógica autolimitación, y dan un ejemplo de
liderazgo responsable y positivo. Hay que definir claramente hasta dónde pueden
llegar las acciones unilaterales y dónde y cuándo deben aplicarse mecanismos
multilaterales. Y para mejorar la efectividad del derecho internacional debemos
resolver el dilema entre las acciones de la comunidad internacional para
garantizar la seguridad y los derechos humanos y el principio de la soberanía
nacional y la no injerencia en los asuntos internos de los países.
Ese
tipo de colisiones llevan cada vez más a menudo a la injerencia extranjera
arbitraria en procesos internos muy complicados, y una vez tras otra provocan
peligrosos conflictos entre los principales actores mundiales. El mantenimiento
de la soberanía es un elemento supremamente importante para el mantenimiento y
reforzamiento de la estabilidad mundial.
Está
claro que la discusión sobre los criterios de utilización de la fuerza externa
es muy complicada; es casi imposible separarla de los intereses de los
diferentes países. Sin embargo es bastante más peligrosa la falta de acuerdos
comprensibles por todos, ccuando no se establecen claramente las condiciones
para que la injerencia sea necesaria y legal.
Añado
a lo anterior que las relaciones internacionales deben construirse sobre el
derecho internacional, en cuya base deben estar principios morales tales como
la justicia, la igualdad y la verdad. Quizás lo más importante sea el
respeto al socio y sus intereses. Es una fórmula obvia, pero que si se sigue
puede cambiar de raíz la situación en el mundo.
Estoy
seguro de que si existe voluntad podemos restablecer la efectividad del sistema
de instituciones internacionales y regionales. No es necesario ni siquiera construir
algo nuevo desde cero, esto no es un “greenfield”,  un terreno virgen, tanto más cuando las
instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial son universales y pueden
ser llenadas con contenidos modernos, adecuados para manejar la situación actual.
Esto
es verdad en relación al mejoramiento del trabajo de la ONU, cuyo papel central
es insustituible. Y de la OSCE, el Organismo para la Seguridad y la Cooperación
Europeas, que a lo largo de 40 años ha probado ser un mecanismo para garantizar
la seguridad y la cooperación en la zona euroatlántica. Hay que decir que ahora
mismo, en la solución de la crisis en el sureste de Ucrania, la OSCE juega un
papel muy positivo.
A la
luz de los cambios fundamentales en el ambiente internacional, la creciente
ingobernabilidad y las diferentes amenazas nos obligan a forjar un nuevo
consenso entre las fuerzas responsables. No se trata de cualquier acuerdo
local, o de una separación de esferas de influencia al estilo de la diplomacia
clásica, o de la dominación completa y global de algún actor. Creo que se
necesita una nueva versión de la interdependencia. No hay que tenerle miedo. Al
contrario, es un buen instrumento para armonizar posiciones.
Esto
es particularmente relevante si se toma en cuenta el fortalecimiento y
crecimiento de determinadas regiones del planeta, lo que comporta la
exigencia objetiva de institucionalizar la existencia de dichos polos
creando potentes organizaciones regionales y elaborando normas para su
interacción. La cooperación entre estos centros otorgaría una fuerza
considerable a la seguridad mundial, a la política y la economía. Pero para
conseguir éxito en tal diálogo hay que partir del supuesto de que todos los
centros regionales y los proyectos de integración nacidos a su alrededor deben
tener idéntico derecho a desarrollarse, de modo tal que puedan complementarse
mutuamente y nadie pueda forzarlos  a
incurrir en conflictos u oposiciones artificiales. Acciones  destructivas de este tipo romperían las
relaciones entre estados, y ellos mismos atravesarían por situaciones muy
difíciles, incluso llegando  hasta su
propia destrucción.
Quisiera
recordarles los sucesos del año pasado. Entonces les dijimos a nuestros socios,
tanto a los americanos como a los europeos, que  decisiones
apresuradas y a escondidas sobre, por ejemplo, la asociación de Ucrania a la
Unión Europea, comportaban grandes riesgos. No dijimos nada sobre política,
hablábamos solo de economía y decíamos que tales pasos, realizados sin ningún
acuerdo previo, afectaba los intereses de muchas otras naciones, incluyendo a
Rusia como el principal socio comercial de Ucrania, y que una amplia discusión
sobre estos temas era necesaria. Por cierto, les recuerdo en relación con esto
que el ingreso de Rusia, por ejemplo, a la OMC demandó 19 años. Esto supuso un
duro trabajo, pero se consiguió un consenso.
¿Por
qué traigo este tema a colación? Porque en la implementación del proyecto de
asociación con Ucrania nuestros socios vendrán hacia nosotros ingresando sus
bienes y servicios por una puerta trasera, para decirlo de algún modo, y
nosotros no estamos de acuerdo con esto y nadie nos preguntó que opinábamos
sobre esto. Tuvimos discusiones sobre todos los temas relacionados a la
asociación de Ucrania con la UE, pero quiero recalcar que eso tuvo lugar de una
manera totalmente civilizada, indicando los problemas posibles, mostrando
argumentos y razones. Nadie quiso escucharnos ni hablar con nosotros,
simplemente nos decían: “esto no es asunto vuestro; punto; fin de la
discusión.” En lugar de un diálogo amplio y comprehensivo, pero, subrayo,
civilizado, la controversia tomó otro rumbo y desembocó en un golpe de estado,
llevaron al país al caos y el colapso económico y social y provocaron una
guerra civil con muchísimas víctimas.
¿Por
qué? Cuando pregunto a mis colegas por qué, no hay respuesta. Nadie responde
nada, es así, punto. Todos quedan sin respuesta, o dicen que eso fue lo que
sucedió. Pero si no se hubieran alentado tales acciones y actitudes y las cosas
no habrían ocurrido como ocurrieron. Después de todo (ya hablé de esto) el
anterior presidente de Ucrania Viktor Yanukóvich había firmado y aceptado  todo. ¿Para qué hubo que hacer todo esto, qué
sentido tuvo? ¿Es esta una forma civilizada de resolver las cuestiones? Parece
que aquellos que organizan más y más “revoluciones de colores” se consideran a
sí mismos unos “artistas geniales” y no pueden parar.
Estoy
seguro de que el trabajo de asociaciones de integración, las estructuras de
cooperación regional deberán construirse sobre una base clara y transparente.
Un buen ejemplo de ello es el proceso de formación de la Unión Económica
Euroasiática. Los estados miembros de este proyecto informaron previamente a
sus socios de sus intenciones, de los parámetros de nuestra unión y de los
principios de su funcionamiento, que estaban totalmente de acuerdo con las
normas de la Organización Mundial de Comercio.
Añado
que también dimos la bienvenida al comienzo del diálogo entre las uniones
europea y euroasiática. Por cierto en esto también nos han rechazado casi
siempre, tampoco se entiende por qué: 
¿qué es lo que temen? Y claro, en este trabajo conjunto consideramos que
es necesario el diálogo (he hablado de ello muchas veces y he oído a muchos de
nuestros socios occidentales)  aceptar la
necesidad de la formación de un espacio único económico y de cooperación
humanitaria que se extienda desde el Atlántico al Pacífico.
Estimados
colegas: Rusia ha hecho su elección. Nuestras prioridades son el
perfeccionamiento de las instituciones democráticas y de economía abierta, un
desarrollo interno acelerado con todas las tendencias positivas actuales
en el mundo y la consolidación de la sociedad en base a los valores
tradicionales y el patriotismo. Tenemos una hoja de ruta
pacífica, positiva, de integración. Trabajamos activamente con nuestros
colegas en la Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de  Shanghai, los BRICS y otros socios. Esta
agenda está dirigida al desarrollo de las relaciones entre países, y no a su
separación. No queremos crear ningún bloque o vernos involucrados en un
intercambio de golpes.
No
tienen ninguna base quienes aseguran que Rusia trata de establecer algún tipo
de imperio, violando la soberanía de sus vecinos. Tal acusación carece de
fundamento.  Rusia no necesita  ningún lugar especial, exclusivo, en el mundo,
quiero recalcarlo. Respetando los intereses de otros, simplemente queremos que
se tengan en cuenta nuestros intereses y se respete nuestra posición.
Todos
sabemos que el mundo ha entrado en una época de cambios y transformaciones
globales, y todos necesitan tener cuidado y evitar dar pasos sin reflexionar.
En los años posteriores a la Guerra Fría los participantes en la política
mundial han perdido un poco esas cualidades. Ahora hay que acordarse de ellas.
En caso contrario las esperanzas de un desarrollo pacífico y estable son una
peligrosa ilusión, y las actuales conmociones serán un preludio del colapso del
orden mundial.
Si,
por supuesto que ya les he hablado de esto: la construcción de un orden mundial
más estable es una tarea complicada, se trata de un trabajo largo y difícil.
Fuimos capaces de crear unas reglas de interacción tras la Segunda Guerra
Mundial, y pudimos llegar  a un acuerdo en los años 70 en Helsinki.
Nuestra obligación común es encontrar una solución a esta tarea fundamental en
esta nueva etapa de desarrollo.
Muchas
gracias por su atención
Revisión
técnica y corrección: Atilio A. Boron
____________________
Nota de Telma Luzzani:

16 de Noviembre de 2014
Las conclusiones de los últimos debates del Club Valdai
El foro de
discusión nacido en 2004 por iniciativa de intelectuales, economistas y
políticos rusos fue el escenario que eligió el mandatario para lanzar duras
críticas hacia Estados Unidos y destacar la crisis de las instituciones globales.
Telma Luzzani
Los aniversarios siempre invitan a hacer balances.
En 2014, a 100 años de la Primera Guerra Mundial y a 25 de la caída de Muro de
Berlín, el arqueo del mundo da negativo porque, lejos de lo prometido, ni la
relación entre las naciones es más estable, ni la humanidad vive en un mundo
mejor, ni la paz es un horizonte posible. Por el contrario, hoy las leyes
internacionales se transgreden, las instituciones globales están en crisis y
las guerras se prolongan sin solución.
Este escenario de incertidumbre fue el eje central de los debates del Club
Valdai, un grupo de discusión nacido en 2004 por iniciativa de intelectuales,
economistas y políticos rusos. Este año, el encuentro no fue en la ciudad de
Valdai –famosa por su impactante Catedral del siglo XVII– sino en un hotel
enclavado a 1400 metros de altura, en las montañas del Cáucaso, a unos 50
kilómetros de Sochi, la ciudad donde se realizaron los Juegos Olímpicos de
Invierno.
Fueron tres días de discusiones intensas y de muy alto nivel. Bajo la consigna
«El orden mundial: ¿nuevas reglas o ninguna regla?», se debatieron
desde cuestiones muy concretas como la situación en Ucrania o la crisis
económica en Europa hasta temas más teóricos como el formato de los futuros
liderazgos mundiales o hacia qué tipo de multipolaridad va el mundo. En muchas
mesas se trataron asuntos que sonaban ajenos a los oídos del Sur (como el de
las armas nucleares) pero en otras, se planteaban discusiones que bien podrían
haber surgido en la CELAC o en Unasur: las violaciones contra la soberanía de
países débiles o el incumplimiento por parte de algunas potencias de las
decisiones de Naciones Unidas aparecieron una y otra vez como un problema serio
contra el equilibrio global.
Los momentos cumbre fueron las entrevistas con altos cargos rusos. El primer
día se conversó con el jefe de gabinete, Viascheslav Volodin. El segundo, el
canciller Serguei Lavrov proporcionó información de primera línea sobre los
principales sucesos internacionales. Finalmente, el último día, el mismísimo
presidente Vladimir Putin dio su opinión sobre los puntos más vulnerables del
actual orden mundial y respondió las preguntas del selecto auditorio del Club.
«Tenemos que discutir a fondo, sin tapujos, las razones por las que el
mundo es cada vez más inseguro y menos predecible», rompió el hielo el
presidente. «Lamentablemente hoy el sistema global ya no es una garantía
de protección frente a las actuales turbulencias mundiales. El sistema
internacional está seriamente debilitado. Las Naciones Unidas y el resto de las
instituciones que hoy nos contienen fueron creados después de la Segunda Guerra
Mundial. Fueron diseñados para un mundo bipolar y, como sabemos, ese mundo ya
no existe. Es necesario, entonces, reconstruir el sistema de manera racional,
adaptándolo a las nuevas realidades y a las nuevas relaciones
internacionales.»
En ese futuro sistema a Rusia no le interesa –según Putin– ningún liderazgo.
“Ser un superpotencia sería una carga extra para nosotros. Tenemos un
territorio inmenso. Necesitamos utilizar nuestro tiempo, energía y recursos en
crecer, en diversificar nuestra economía, en abocarnos a la sustitución de
importaciones y en desarrollar las zonas poco pobladas. No necesitamos
involucrarnos en temas ajenos ni darlesórdenes a otros sobre lo que tienen que
hacer. Pero, cuidado, tampoco vamos a permitir que nadie se meta en nuestros
asuntos.»
El mensaje soberano se reiteró a lo largo de los tres días. De diferentes
maneras, los rusos admitieron que las sanciones impuestas por Europa y Estados
Unidos, por el caso de Ucrania, los estaban perjudicando económicamente pero
también subrayaron una y otra vez que si el castigo tenía como fin debilitar a
Rusia o afectar el liderazgo de Putin, se equivocaban. «Cuanto más agredan
al país, más se une y se fortalece el pueblo ruso», repetían. Pruebas al
canto: desde la imposición de sanciones la popularidad del presidente ruso se
disparó al 80 por ciento.
Sin anestesia, las palabras más duras de Putin estuvieron reservadas para
Estados Unidos, a quien acusó de ignorar las leyes internacionales y generar,
con sus acciones irresponsables, la compleja situación global. «Perdón por
la analogía –dijo el presidente- pero quienes se autodenominaron triunfadores
de la Guerra Fría actuaron como nuevos ricos. De repente se encontraron con una
enorme cantidad de poder y en lugar de administrarlo sabiamente, incluso para
su propio beneficio, lo dilapidaron cometiendo muchas locuras: presionando y
forzando un rediseño mundial ajustado sólo a sus necesidades e intereses. La
objetividad y la justicia fueron sacrificadas en el altar de la conveniencia
política. Las interpretaciones arbitrarias remplazaron a las normas legales. Y
el control global de los medios de comunicación es usado para confundir a
millones de personas, haciéndoles creer que lo blanco es negro y lo negro,
blanco.»
Entre el auditorio, como invitados a debatir, se encontraban académicos de las
más prestigiosas universidades (Moscú, Tokyo, Tel Aviv, Georgetown, Londres y
Shangai, entre otras); investigadores de centros de estudio; miembros del
parlamento británico, ex asesores de la Casa Blanca, integrantes de think
tanks, historiadores, filósofos y periodistas (Rossiya TV, Le Figaro, Wall
Street Journal, The Guardian, BBC, Der Speigel, entre otros). También
estuvieron el embajador iraní en Moscú, Mahdi Sanaei, el ex primer ministro de
Francia, Dominique de Villepin, y el ex canciller ruso Igor Ivanov, quien
participó como invitado en la cumbre de Mercosur en 2003. En total había más de
un centenar de personas de 30 países diferentes (India, Turquía, Egipto, los
territorios palestino, Canadá, Corea del Sur, entre otros) en su mayoría de
perfil conservador en lo político y neoliberal en lo económico. Quien escribe
era la única representante de Sudamérica y del hemisferio sur del planeta.
La situación en Siria, en Irak y el avance del Ejército Islámico (EI) en zonas
petroleras de Oriente también fueron tema de debate y de severas acusaciones
por parte del Kremlin contra la Casa Blanca. «El presidente Obama ahora
dice que EI es una amenaza. Pero ¿quién los armó cuando peleaban contra el
presidente sirio?», retrucó Putin a una ex asesora en seguridad del
presidente Bill Clinton cuando ella se quejó de las críticas rusas a la
política exterior norteamericana. «Creo que su país tuvo una política
miope e incompetente, sin base en la realidad», continuó Putin. «La
supuesta oposición democrática y civilizada de Siria estaba, en gran parte,
compuesta por mercenarios que pelean por dinero y que van a donde les pagan
más. Yo escuché cuánto les pagan. Occidente les dio armas y asesoramiento y
¿qué pasó? Cuando el EI les ofreció más dinero, se fueron con ellos. ¿La Casa
Blanca no podía prever eso? Ahora el EI copó campos petroleros en Irak y Siria.
Están produciendo petróleo y contrabandeándolo a 30 o 60 dólares el barril.
¿Quiénes se lo compran? ¿Quiénes lo transportan? ¿Por qué no hay sanciones
contra los que realizan esas actividades? ¿No sabe EE UU que están involucrados
sus aliados? ¿No tienen poder para presionarlos o no quieren hacerlo?»
Probablemente, Putin se refería como «aliado» a Arabia Saudita.
Las críticas no terminaron ahí. El presidente analizó con la misma crudeza los
acontecimientos en Libia, en Irak y hasta en la ex Yugoslavia. «Las
acciones unilaterales se han vuelto frecuentes en la política norteamericana.
Luego buscan aliados en un intento de armar una coalición para que no parezca
unilateral. Nos oponemos a este tipo de política que creemos errada y dañina,
incluso para el liderazgo y prestigio de EE UU.”
En más de una ocasión, el líder ruso aprovechó las preguntas para mandar
mensajes a Washington. «Nosotros no queremos ni buscamos confrontación.
Pero si respetaran nuestros intereses evitarían muchos problemas. Y respetar
significa no presionar haciendo uso de su excepcional poder económico y
militar.»
Con un tono siempre distendido y amable, Putin se dio incluso el lujo de
enviarles recomendaciones. «Le pido que haga llegar al presidente, al
secretario de Estado  y otros funcionarios mis palabras», le dijo a
la ex asesora del poderoso Consejo de Seguridad Nacional presente en la sala.
«Creo que los pueblos ruso y el norteamericano tienen muchos y profundos
intereses estratégicos en común y es en nombre de ellos que necesitamos
construir  una base común. Pero EE UU no puede estar buscando chivos
expiatorios por sus propios errores. Tienen que revisar sus permanentes deseos
de dominación. Tienen que dejar de envenenar la mente de millones de personas
con la idea de que hay una sola política posible en EE UU y que esa es la política
de la ambición imperial.»
Después de 72 horas de debates maratónicos la pregunta sobre «El orden
mundial: ¿nuevas reglas o ninguna regla?» no tenía una única respuesta.
Todos coincidían en que el sistema internacional está atravesando una profunda
transformación de consecuencias impredecibles. Pero para los europeos y
norteamericanos, la vigencia del liderazgo de EE UU no está en discusión y las
instituciones internacionales vigentes (ONU, OTAN, FMI, etc.) y sus reglas
siguen siendo válidas «aunque hay que utilizarlas mejor». En cambio,
para la mayoría, el mundo marcha hacia la multipolaridad. Para el investigador
Chen Dongxiao, presidente del Instituto de Estudios Internacionales de Shangai,
China, por su tradición confusionista, propone tener en cuenta la diversidad de
concepciones políticas («el modelo occidental no es el único») y los
diferentes intereses así como las asimetrías entre países fuertes y débiles.
«Hay que crear mecanismos de balance», sostuvo.
Finalmente, dilucidar qué tipo de multipolaridad nos espera, qué naciones o
grupos podrán componerla y qué pasará con aquellos países (la mayoría) que no
puedan convertirse en polos de poder, fueron las cuestiones que quedaron
abiertas. Hay mucho trabajo por delante para encontrar las respuestas.  «
La frase
Superpotencia
«Ser un superpotencia sería una carga extra para nosotros. Tenemos
un territorio inmenso.»
La valentía de cristina
El «retiro político» en el Hotel Polyana, rodeado de montañas
nevadas, era el marco ideal para el intercambio de información «off the
record» y las conversaciones informales entre los invitados. En una
ocasión, el doctor Tarek Haggy, importante escritor egipcio y estratega en
temas petroleros se acercó a esta periodista para preguntarle si era de
Argentina. «Sólo quiero decirle que la felicito por su presidenta. Escuché
su discurso en la Asamblea General de la ONU y me impactó su valentía e
inteligencia. Dijo lo que muchos líderes piensan pero no se atreven a
decir.» No fue el único. Hubo varias personas que tuvieron palabras
elogiosas para con ella. Incluso un influyente politólogo chino que confesó.
«Xi Jingping y la doctora Kirchner tienen buena química. Mi presidente
aprecia mucho a las personas francas y directas como ella».